• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Carlos Franz

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Carlos Franz escribe para los ojos. Si te vieras con mis ojos*, la novela que aquí comento, tiene un carácter pictórico: escenas como cuadros que se suceden inagotables. Se avanza en ella “mirando”. Vista y lenguaje mantienen su abrazo a todo lo largo del relato. Paisajes, formas corporales, habitaciones, gestos de los cuatro protagonistas, encuentros amatorios: todo ello va encontrando un lugar preciso en la imaginación del lector. En Franz (1959) narrar es pintar –al menos en esta novela–, describir con pulso experimentado los perfiles, la coloración, los altibajos de la luz, la profusión de objetos. La oferta que Franz hace al lector es escópica: asistir como espectador y mirar hasta en los pliegues de una trama amorosa –tres hombres y una mujer– que, por su parte, reclama ser mirada. Y es que Carmen, la hembra-detonante de toda esta trama, vive para ser mirada. Para ser recorrida en sus contornos e intimidades.

Insisto: Carmen vive para ser mirada (“Píntame desnuda, Moro. Sí, quiero saber cómo me veo. Mírame cuanto necesites. Y después voy a mirarme yo, hasta que me canse”). Es suya la voz que narra. Suyo el control de lo que se cuenta –y de lo que no–; suyas las incitaciones, la plasticidad, la distancia con que se ejecuta el relato. Porque, además, Si te vieras con mis ojos está narrada en segunda persona. Por lo tanto, es ella la que autoriza con cuánta distancia o proximidad se visualiza la historia. A sus enormes habilidades narrativas debemos no solo la visualidad de la novela –su ocularcentrismo–, sino también y más decisivo, con cuánta justicia e injusticia (con cuánta generosidad) habla del pintor Johann Moritz Rugendas, de Charles Darwin todavía joven y del general Eduardo Gutiérrez, su esposo, figuras que rotan –sucumben, se inclinan– ante el magnetismo y la móvil firmeza de ella.

En los grandes y pequeños lienzos, en las escenas luminosas pero también en las penumbras de Si te vieras con mis ojos, hay un despliegue que tiene ese aire fundacional que cautiva en ciertas novelas del XIX y también del XX (como en Lord Jim, de Joseph Conrad). Son paisajes que presienten –son los presentimientos de Carmen–. Que parecen vislumbrar en el horizonte grandes acontecimientos. Solo que aquí, y esto resulta sorpresivo, lo que ocurre de forma predominante son los entrecruces de una historia de amor y no una recapitulación de aventuras –aunque haya capítulos, en la segunda mitad del libro especialmente, que se aproximan al género aventurero–.

Pero vuelvo a la cuestión amorosa, al coraje del autor que escoge escribir una historia de amor, con todos los riesgos que ello implica, el más notorio de ellos, el de repetir fórmulas agotadas de tanto uso. Me parece que Franz sale airoso porque su Carmen es una voz portentosa, quizás única en nuestra lengua. Voz femenina autónoma. Voz sensual y comprensiva. Exhibicionista –deseosa de ser mirada–, pero dotada al  mismo tiempo de una generosidad fuera de lo común. Gozosa de su estar en el mundo –su capacidad de mirar y registrar el mundo es inagotable–, pero sin que ese sentido de la inmediatez opaque su cultivadísimo talante memorístico (no he dicho hasta ahora que Si te vieras con mis ojos cuenta hechos que ocurrieron años atrás). Más allá de los vaivenes que se cuentan en la relación con cada uno de los tres caballeros; más allá de las turbadoras y cuidadas escenas que compartieron, está la compasión, la compasión inmensa, intuitiva, armónica, probablemente justiciera, con que Carmen Lisperguer mira al mundo: a través del prisma de una existencia cumplida.

Cierro con esto: es posible que en el marco de nuestra lengua, donde han sido muchos los hombres y pocas las mujeres que han adquirido el estatuto de paradigma –La Celestina; La Maga, de Cortázar; Doña Bárbara, de Gallegos; Bernarda Alba, de García Lorca– la voz de Carmen Lisperguer, su sentido de armonía, sus giros autocríticos, su anhelo de verse en los ojos de los otros, su mirar distante, su perfecta dignidad para sobreponerse o pronunciar la palabra perdón (“Piensa que mientras no me perdones seguirás amándome. Y mientras tú me ames, no podrás abandonar este lado del tiempo, caballero errante”), su recapitular liberado de resentimientos (Si te vieras en mis ojos puede ser leído como un extenso ejercicio de liberación de viejos fantasmas), nos obliguen a devolvernos a su voz, a su mirada a punto de desprenderse de sus objetos. Mi sensación: esta Carmen ha llegado para quedarse. Su relación con la realidad no es la de una víctima, sino la de alguien que se sirve de ella para comprenderse a sí misma.

 

*Editorial Alfaguara, España, 2016.