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Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: W. H. Auden (1/3)

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“Leer”, “Escribir” y “Hacer, conocer, juzgar”, los tres primeros ensayos del libro, son como desprendimientos del mismo tejido: si se acepta un enunciado puesto aquí con mucha precaución y flexibilidad, diré que, en el marco de esta colección, operan como líneas de una posible poética, y también como la vitrina donde se muestran los procedimientos mentales y el gusto predominante del poeta y ensayista Wystan Hugh Auden (1907-1973).

Más que dictados por instrumentos conceptuales y teóricos, el Auden ensayista parece movilizado por la práctica del buen pensar. Su enorme cultura no deriva en citas o referencias librescas. Su claridad expositiva es incomparable. El talante didáctico no le abandona: sus pasos son elocuentes y visibles. A este hombre nada le obliga: se tiene la sensación de que escribe solo sobre lo que le cautiva (en alguna parte señala que el placer es la guía más apropiada de lo que debemos leer): el tono determinado a su antojo sigue por rutas imprevisibles. Comento aquí la colección de ensayos El arte de leer (Editorial Lumen, España, 2013).

La primera frase de “Leer” es un aforismo: “Los intereses de un escritor y los de sus lectores no coinciden jamás, y si lo hacen, solo puede tratarse de un afortunado accidente”. Método recurrente: el pensamiento de Auden parte o concluye de breves fórmulas que irradian. Ante fenómenos como la corrupción de la lengua, fija posición: hay que atacarla en el terreno público. El oficio del escritor, que mantiene su primordial condición artesanal, consiste en luchar por zafarse de las obligaciones del estilo. El problema del poeta no está asociado al nudo entre verdad y falsedad, sino a la cuestión de la posibilidad: aquello que sobrepasa la conveniencia estética y se abre paso hacia el interés humano. Un peligro acecha al poeta: que su oído se pervierta. La idoneidad de lo que se nombra no puede ser nítida solo para el poeta, también para quienes son sus lectores.

Una cita de Valery, le sirve a Auden para darle forma a su propio terreno: “El poder del verso proviene de una armonía indefinible entre lo que se dice y lo que es. La indefinibilidad es indispensable para la definición. La armonía debe resistir a le definición: si puede es imitativa, y no sirve. La imposibilidad de definir la relación, junto a la imposibilidad de negarla, constituye la esencia de los versos”.

Auden recuerda sus inicios como poeta, asociado a la construcción de un censor interno. En el aprendiz habita la impaciencia, el esnobismo y lo que llama inmadurez mental (“las respuestas solo corresponden a las preguntas”). Pero en el nuevo poeta hay una curiosidad legítima, que lo lleva a leer con especial apasionamiento, quizás como no lo volverá a hacer en su vida, a los poetas de su propia generación.