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Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Alfonso Reyes

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Oración del 9 de febrero, texto conmovedor donde los haya, evoca al padre muerto bajo el fuego de metralla, el 9 de febrero de 1913, en las puertas del Palacio Nacional, México. 17 años más tarde, Alfonso Reyes (1889-1959) escribe estas breves y deslumbrantes páginas: la densidad al punto, la lengua vibrando en su perfección, la elegancia en el gesto repetido de hacer patente su indeclinable amor filial. El paso de los años no erosiona ni distancia. Algo hay aquí de lejanía que aproxima: un tiempo que ha sedimentado y cultivado la presencia del padre en las emociones de Reyes.

Bernardo Reyes surge como un hombre imponente, “porque era la suya una de esas naturalezas cuya vecindad lo penetra y lo invade y lo sacia todo”. Alfonso lo veía poco: el padre vivía en Monterrey mientras él estudiaba en Ciudad de México. Más que develar una ausencia, el escritor descubre el sedimento, las capas superpuestas de esa presencia irreversible que es la figura del padre. La escritura de la Oración del 9 de febrero (Ediciones Era, México, 2013) le sirve al hijo para “atraer” al padre hacia sí. Allí acepta que siempre supo que podría perderlo: Bernardo Reyes fue un militar irreducible: salió de la prisión para encabezar una insurgencia y dejar la vida.

Un fragmento del prosista maestro: “También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir en esclavizarme a la baja vendetta. Lo ignoré todo, huí de los que se decían testigos presenciales, e impuse silencio a los que querían pronunciar delante de mí el nombre del que hizo fuego. De paso, sé que he cercenado voluntariamente una parte de mí mismo; sé que he perdido para siempre los resortes de la agresión y la ambición. Pero hice como el que, picado de víbora, se corta el dedo de un machetazo. Los que sepan de estos dolores me entenderán muy bien”.

El dolor no clausura la evocación. Reyes hijo cuenta de las cuatro firmas sucesivas que tuvo su padre, que alguna vez fue herido en su mano derecha. Recuerda su biblioteca. Se aproxima a su rabia y a su derrota. Vislumbra al hombre que se fue quedando solo (“Iba camino de la desesperación, de agravio en agravio”). Hasta que el insumiso en crisis ingresa en la cárcel a luchar con el paludismo y la impotencia, separado de todo aquello que le importaba.

“Cuando la ametralladora acabó de vaciar su entraña, entre el montón de hombres y caballos, a media plaza y frente a la puerta de Palacio, en una mañana de domingo, el mayor romántico mexicano había muerto. Una ancha, generosa sonrisa le había quedado viva en el rostro: la última yerba que no pisó el caballo de Atila; la espiga solitaria, oh Heine que se olvidó el segador”.