• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Agota Kristof

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Voces que se levantan donde todo ha sido aplastado. A este enunciado podrían corresponder, como emblemáticos ejemplos, las obras de Aleksandar Tisma, Danilo Kis, Herta Muller y Agota Kristof, entre otros. Tienen en común que provienen de Centroeuropa; un respirar entrecortado –una especie de jadeo metafísico–; y que hay algo agónico, final, en sus narraciones. Una literatura de lo-último-por-decir. Literatura surgida entre las ruinas de los dos totalitarismos: primero, el de Hitler, y a continuación, el de Stalin.

Para quienes leyeron la trilogía que circuló en nuestra lengua con el nombre de Claus y Lucas (que reunía El gran cuaderno –1987–, La prueba –1988– y La tercera mentira –1991–), la publicación de La analfabeta: relato autobiográfico viene a ampliar el conocimiento sobre esta autora inquietante. En el meollo de lo que narra está la explicación de por qué las dos primeras novelas protagonizadas por los gemelos Claus y Lucas fueron escritas en húngaro, y por qué la tercera lo fue en francés. Kristof pasó muchos años aprendiendo a escribir en francés, luego de que en 1956 huyera de su país y lograra ser acogida, junto con su esposo y su hija bebé, en la Suiza francófona. Cinco años después de haber llegado a Suiza, habla, pero no lee ni escribe en francés. Aprender francés es su desafío. “El desafío de una analfabeta”.

Recorrido por un mundo precario, desde la primera infancia. La pequeña es una lectora enfebrecida. Vive en un pueblo sin estación de tren, ni agua, ni electricidad. Su padre es el maestro en una escuela de un aula. Contar historias parece en Agota una señal del alma. Cuando la internan, anota, consigna su reclusión en papeles diversos. El lugar tiene la opacidad, la perversión de la escuela revolucionaria: los niños cantan canciones que son propaganda; lee solo los libros que el régimen autoriza. No tiene ni lápiz ni papel. Cuanto la rodea es frío, hambre, vestidos rotos, degradaciones de la pobreza. Un día, de visita a su madre, piensa: “No tenemos nada más que decirnos”.

“La analfabeta: relato autobiográfico” (Ediciones Alpha Decay, España, 2015) cuenta las peripecias con la lengua: la niña que creció en el seno de la lengua húngara, se mudó a los 9 años. “Nos fuimos a una ciudad fronteriza en la que al menos la cuarta parte de la población hablaba la lengua alemana. Para nosotros, los húngaros, la lengua enemiga, ya que nos recordaba a la dominación austríaca, y también era la lengua de los militares extranjeros que en esa época ocupaban nuestro país”. Más adelante, llegarían los militares rusos, impondrían su lengua y las demás serían prohibidas. Su exilio en la Suiza francófona la obliga a estudiar el francés. Lo hace hasta el punto de haber podido escribir literatura con ella. Pero no deja nunca de ser una lengua ajena: una lengua que escribe con la ayuda de diccionarios. “Esa es la razón por la cual digo que la lengua francesa, ella también es una lengua enemiga. Pero hay otra razón, y es la más grave: esta lengua está matando a mi lengua materna”.