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Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Isaac Bábel

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Me ha hecho pensar en esto: que hay narradores que pueden producir con muy poco. Como si a partir de un puñado de datos de la realidad, no más que eso, se pudiese sembrar un campo y que de ello fuese posible generar árboles de primavera: coloridos, intensos, exuberantes, las emociones surgiendo en todas las direcciones.

Hablo del escritor judío Isaac Bábel, que nació hace 120 años en Odesa, en aquella Rusia de los zares (la de Bábel es una de las millones de vidas trágicas aniquiladas por el socialismo real: había nacido en 1894; de pequeño salvó su vida de dos pogromos –“¿Es que acaso no fue un error de Dios que los judíos se establecieran en Rusia para que sufrieran un tormento similar al infierno?”–; en 1917, ilusionado con las mieles de la Revolución bolchevique, se hizo miembro del Ejército Rojo donde fue soldado y reportero; duró poco: lo expulsaron a causa de su precaria salud; vivió en lucha con el régimen; incluso intentó cambiar su estilo de escritura, aproximarse al realismo socialista, pero aquel empeño resultó infructuoso; a partir de 1936 el régimen comenzó a perseguirle; en mayo de 1939, Laurenti Beria ordenó su detención, con lo que se rompió la conseja de que su popularidad lo protegía; sus papeles y la obra no publicada desaparecieron entonces; fue torturado salvajemente; el 26 de enero de 1940 fue llevado a un tribunal acusado de espionaje y terrorismo; al día siguiente fue fusilado).

Los Cuentos de Odesa fueron escritos entre 1923 y 1924. Recién publicados despertaron el interés de numerosos lectores, dentro y fuera de Rusia. Bábel vivía entonces del periodismo. Su admiración por Guy de Maupassant, además de haberlo incitado a escribir en francés, lo había vuelto un estudioso de las técnicas del relato. Aunque no era sino un aprendiz de escritor sin pretensiones de crítico, leía con minuciosidad. La lectura de Maupassant le impuso una doble comprensión: que el narrador debe saber con perfecta claridad lo que quiere decir y, asociado a esto, ese “querer decir” debía lograrse con el menor uso de palabras. Cabe decir: una estética.

Esta edición de Cuentos de Odesa (hay que decirlo: preciosa edición que incluye ilustraciones de Iratxe López de Munáin, Ediciones Nevksy, España, 2014), ofrece cuatro piezas, estrechamente articuladas unas a otras: “El rey”, “Qué sucedió en Odesa”, “El padre” y “Liubka la Cosaca”: son Bábel condensado, joyas de lo mucho narrado con pocas palabras. Odesa no es aquí una mera referencia literaria: es cotidianidad, estremecimiento, paradoja, modos de vivir. Es la memoria del autor, derivada hacia la ficción. Un yacimiento, del que Bábel escribió: “Si  puedo, las iré contando todas y en orden, porque son historias muy interesantes”.