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Natalia Springer

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Putin en Ucrania

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Cuando los imperios austro-húngaro y alemán se desintegraron en 1918, más de una decena de Estados independientes surgieron en el mapa de Europa central sin consideración de las divisiones étnicas o lingüísticas existentes. Algo muy similar sucedió luego de la caída del muro en 1991. En Rusia, tal como en la Alemania de entreguerras, estos eventos fueron considerados una vergüenza nacional, lo que explica la aparición de Putin y su promesa de rectificar esta injusticia histórica y restablecer la gloria del pasado

El avance ruso en Ucrania es un enorme desafío para la estabilidad europea, comparable a la invasión nazi de la región de los Sudetes en Checoslovaquia, en 1938. Sin embargo, es también una apuesta en la que Putin fracasó ya dos veces en forma espectacular: primero en 2004 con la “revolución naranja”, que instaló un gobierno prooccidental en Minsk, y ahora con la defenestración del presidente Víktor Yanukóvich.

Al igual que Hitler en 1938, Putin percibe que sus adversarios occidentales son débiles, están divididos y evitarán a toda costa una confrontación mayor, por lo que está más que dispuesto a pagar el precio de las condenas (verbales), sanciones (débiles) y la pérdida de algunos privilegios, como la participación de Rusia en el G8. El aislamiento político no es una desventaja, sino más bien un fin propio.

A Rusia no le interesa formar parte del proyecto europeo o compartir los valores occidentales. A los revolucionarios pro europeos que tomaron el poder en Kiev Putin los llama “fascistas” y los acusa de un golpe armado e inconstitucional con la ayuda de Occidente, que “está conduciendo experimentos de laboratorio como sobre ratas y no entiende las consecuencias de lo que está haciendo”. La propaganda nacionalista de los medios de comunicación oficiales rusos retrata a la Unión Europea y a Estados Unidos como una alianza cuyo propósito es debilitar a Rusia en todos los frentes y obligarla a aceptar el relativismo moral y el matrimonio homosexual.

La realidad es bien distinta. El Occidente unificado en contra de Rusia solo existe en la imaginación de los propagandistas. Basta con revisar la tibia reacción que la ocupación ha provocado hasta el momento. A pesar de esta debilidad, no está claro que la estrategia antioccidental de Putin vaya a tener éxito a mediano y largo plazo. Las grandes fortunas rusas tienen mucho que perder con las sanciones económicas y el bloqueo de sus activos en Occidente, y la gente del común, aunque susceptible a los brotes de entusiasmo patriótico, padece una gran aversión a las guerras luego de las duras lecciones aprendidas en Afganistán y Chechenia. Si la economía empeora, la aprobación del presidente se desmoronaría.

En el frente exterior, la apuesta de Putin es incierta. Ucrania es un país grande, con una población del tamaño de Francia. Una guerra allí sería ruinosa y larga. La Unión Europea y la OTAN, que hasta ahora dilataban la decisión sobre una eventual admisión del país como miembro, seguramente acelerarán este proceso. A diferencia de los nazis en Checoslovaquia, Rusia sabe que no podrá anexar toda Ucrania, por lo que el resultado más favorable sería una reforma constitucional en favor de una suerte de confederación de regiones semiindependientes, en la cual el oriente y el sur permanecerían en la órbita de Moscú, y el Occidente se mantenga bajo la influencia de Berlín y Bruselas. El peor escenario sería el de un Estado fracasado en Europa oriental y una nueva guerra fría entre Occidente y Rusia. Dependerá, y de allí el paralelo histórico, de la diplomacia.

¿Podrán Estados Unidos y Alemania evitar los errores del Reino Unido y Francia en 1938?