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Los últimos días de Pablo Neruda, según su chófer

Manuel Araya, víctima de la dictadura de Pinochet, denunció en 2011 el asesinato del Nobel. “Me pusieron una inyección y me estoy quemando dentro”, le dijo el poeta

Manuel Araya, víctima de la dictadura de Pinochet, denunció en 2011 el asesinato del Nobel. “Me pusieron una inyección y me estoy quemando dentro”, le dijo el poeta

Manuel Araya, cuarenta y dos años después, considera que debe cumplir una última misión con Neruda: “Ayudar a probar su asesinato”. 

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Unas cuatro horas antes de que Pablo Neruda muriese de “cáncer de próstata”, el domingo 23 de septiembre de 1973, el hombre que lo cuidaba no pudo cumplir su penúltima misión, interrumpida por los militares: comprarle “un medicamento que, supuestamente, aliviaría el dolor del poeta”. Cuarenta y dos años después, Manuel Araya considera que debe cumplir una última misión con Neruda: “Ayudar a probar su asesinato”. Está convencido de que el poeta no murió por las causas oficiales. Él es el único testigo directo de los últimos días del Nobel de Literatura que sobrevive de aquellos momentos inaugurales del túnel de la dictadura de Augusto Pinochet, iniciado el 11 de septiembre de 1973.

El diario El País reseñó que Manuel Araya tenía 27 años aquel domingo, víspera de un viaje de Neruda a México. Unos días que recuerda ahora por teléfono, desde Chile, a sus 69 años. Hacia las seis y media de la tarde, salió corriendo de la Clínica Santa María, de Santiago de Chile, cogió el Fiat 125 blanco y se fue a comprar el medicamento. Cuatro militares con metralletas lo detuvieron. Araya les explicó quien era: “Soy el secretario, el chófer y la persona que cuida de don Pablo Neruda, el Nobel de Literatura, y voy a comprarle un medicamento urgentemente”. Por toda respuesta lo hicieron bajar del auto, recibió insultos, golpes, un disparo en una pierna… Después se lo llevaron a una comisaría donde fue interrogado y torturado, para luego dejarlo en el Estadio Nacional, donde la dictadura enviaba a los opositores para ser maltratados o hacerles desaparecer.

Allí pasó la noche. Al día siguiente, el arzobispo Raúl Silva Henríquez lo reconoció. Tras la sorpresa inicial le dijo: “Manuel, fíjese que anoche murió Pablito, a las diez y media’. Araya exclamó: “¡Asesinos!”. El arzobispo pidió a los militares que sacaran al chófer del Estadio. Algo que solo se logró 42 días después, con ropas prestadas, una barba muy larga y 33 kilos de peso. Su calvario acababa de empezar.

Único testigo

Desde la muerte de Pablo Neruda hasta hoy, Manuel Araya ha estado prácticamente en la sombra, silenciado y, tal vez, se salvó una segunda vez de la muerte, cuando, el 22 de marzo de 1976, su hermano Patricio fue desaparecido al haber sido confundido con él, asegura. No volvieron a saber de él. Para reafirmar su teoría recuerda que mataron a Homero Arce, secretario personal de Pablo Neruda, en 1977. “A todos los colaboradores de Neruda los hicieron desaparecer. Yo soy la parte principal que queda viva”.

“Un día volví a Santiago para no seguir exponiendo a mi familia. Vivía casi escondido en la casa de unos amigos. No tenía carné de identidad, ni de conducir. Nadie me daba trabajo, hasta que en 1977 empecé de taxista. La dictadura terminó en 1990. Dos años después, empecé a trabajar en Pullmanbus, en la parte administrativa, hasta 2006, cuando me jubilé".

Manuel Araya, en los años de conductor de Pablo Neruda.

Su contacto con Matilde Urritia, la tercera mujer de Neruda, que falleció en 1985, continuó. “Ella nunca quiso hablar del asesinato. Rompí relaciones con ella por eso. Quedamos enemistados. Yo toqué muchas puertas en todo este tiempo. Incluso al presidente Eduardo Lagos. Nadie me escuchó”.

Llevaba varios años llamando a puertas para contar su versión sin que nadie le hiciera caso: “Ni los políticos, ni los medios de comunicación chilenos; tal vez tenían miedo, no sé por qué”. Hasta que un periodista de la revista mexicana Proceso publicó su historia en 2011. Después, el Partido Comunista y Rodolfo Reyes, sobrino de Neruda, presentaron una querella basada en su testimonio. En 2013, el cadáver del escritor fue exhumado, aunque los médicos forenses no encontraron rastro de veneno.

Para leer la nota completa de click aquí.

Vía El País.