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El último suspiro de Pablo Escobar

Pablo Escobar/ AP

Pablo Escobar/ AP

La preocupación por su familia delató al capo colombiano

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Hace un tiempo, conocí a un funcionario federal norteamericano que trabajaba -o decía trabajar- en el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, y, en medio de una conversación informal, me contó que él había estado en Colombia para el 2 de diciembre de 1993, fecha en que murió baleado el famoso capo colombiano Pablo Escobar, conocido como ‘El Patrón’.

Y no solo eso: el funcionario, quien supuestamente había sido asignado por el Departamento de Agricultura para ayudar a las autoridades agrarias colombianas, contaba que en la oficina en la que trabajaba había tenido la oportunidad de escuchar “en vivo” la interceptada conversación telefónica en la que se escucha a Escobar, que había cumplido 44 años el día anterior, diciendo: “Espérate que oigo algunos movimientos raros allá afuera”, poco antes de que estallara una lluvia de balas.

Minutos antes, otra conversación telefónica interceptada por las autoridades colombianas había permitido que estas rastrearan la llamada y localizaran a Escobar en una residencia de dos pisos que este había comprado unos 15 días antes en Los Olivos, un barrio de clase media en Medellín.

Lo irónico es que Escobar, quien llevaba años jugando al esconder con las autoridades antidrogas, era un experto en eso de eludir del rastreo electrónico: según se dice, además de poseer un teléfono inalámbrico –precursor del celular– también tenía la costumbre de hacer numerosas llamadas al día, moviéndose por diferentes puntos de la ciudad en que se encontrara, con el fin de confundir a la unidad policial llamada ‘Bloque de búsqueda’, que el Gobierno había formado exclusivamente con la misión de atraparle.

De hecho, esa unidad comando, adiestrada y ayudada por los Estados Unidos, llevaba 14 meses tratando de rastrear sus llamadas.

Para empezar, el año anterior, Escobar había escapado de la lujosa prisión llamada La Catedral, que las propias autoridades colombianas le habían dejado construir para que cumpliera una condena de cinco años a cambio de prometerle que no lo extraditarían a los Estados Unidos.

Esa prisión, de la que Escobar era el único prisionero, era a todas luces un lugar muy especial: tenía una barra, un jacuzzi, una piscina y hasta un campo de fútbol. Escobar se paseaba por ella tan a sus anchas, teniendo incluso el privilegio de escoger a sus propios guardias, y desde allí seguía dirigiendo cómodamente su imperio de narcotráfico, y hasta se hacía traer a sus enemigos para torturarlos o asesinarlos.

En determinado momento, el escándalo sobre este trato tan especial provocó que el gobierno del presidente César Gaviria tomara la decisión de mudarlo a una cárcel convencional... y Escobar se lanzó a la huida.

¿Cómo logró estar tantos meses en escapada?

Además de sus enormes recursos económicos y su ejército personal, Escobar había logrado labrarse entre un sector del pueblo colombiano una imagen de Robin Hood: el ladrón que ayudaba a los pobres.

Así, la gente no solo lo protegía, sino que su llegada a algunos pueblos provocaba que se arremolinara a su alrededor llamándolo ‘don Pablo’, y bombardeándole con su afecto y sus peticiones.

Y él respondía en grande: en los ochenta había llegado a construir urbanizaciones enteras para regalárselas a familias pobres, y también sufragó obras de reforestación e iluminación, así como la construcción de campos de fútbol.

De hecho, se sabe de casos en los que incluso los cuarteles policiacos pueblerinos le debían favores, al haberles comprado él flotas completas de patrullas nuevas.

Doblemente perseguido

Pero a fines de noviembre de 1993, todo cambió: Escobar sabía que no solo seguía sus pasos el comando policial, sino una agrupación en busca de venganza llamada Los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), un grupo financiado por el rival cartel de Cali y compuesto por parientes de algunos de los muchos que Escobar había asesinado o mandado a asesinar

Por consiguiente, él dedicaba buena parte de sus esfuerzos a tratar de sacar del país a su esposa y dos hijos. Estos esfuerzos, no obstante, parecieron desvanecerse el 28 de noviembre, cuando el gobierno de Alemania -el último de los consultados- rechazó acogerlos en su país.

Bajo esas circunstancias, Escobar envió a su esposa y sus hijos a Bogotá, donde se pusieron en manos de la Policía en busca de protección. A su vez, la Policía, bajo intensas medidas de seguridad para protegerlos de Los Pepes, los alojó en las exclusivas Residencias Tequendama, y fue al teléfono de esa dirección que, cada vez más desesperado y echando a un lado su cuidado habitual, Escobar llamaba una y otra vez desde Los Olivos.

En fin, a las 2:35 p.m. del jueves 2 de diciembre, instantes después de que rastrearan su llamada, el Bloque de Búsqueda envió tres furgones que contenían 17 de los mejores agentes de la organización, llegando a la escena a eso de las 2:50 p.m.

A esa hora, Escobar, que acababa de comer un plato de espaguetis, se había quitado los zapatos y se había tirado a la cama para hablar por teléfono cuando escuchó un ruido y le pidió a su entrañable guardespaldas, apodado ‘El Limón’, que echara un vistazo.

Al abrir la puerta y ver la avalancha policial que le venía encima, este salió disparando para que su jefe tratara de escapar y murió en el acto

Escobar, en efecto, huyó por una puerta trasera y encaramó al techo de la casa. Allí recibió 12 balazos: uno de ellos fue detrás de su oreja izquierda, por lo que muchos creen que se suicidó.

La sospecha tenía base: cuando era un ciudadano más o menos respetable, Escobar siempre se había opuesto a que se extraditaran a los Estados Unidos los principales criminales colombianos, haciéndose eco del lema de esa campaña: “Mejor en una tumba en Colombia que una cárcel en los Estados Unidos”.

A fin de cuentas, miles de personas asistieron a su sepelio y, según se dice, Pablo Escobar sigue siendo “el muerto más visitado de Colombia” en su tumba en el cementerio Montesacro, en Medellín.