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La última vez que Sudáfrica vio a Mandela

Miles de personas se congregaron para despedir a Nelson Mandela

Miles de personas se congregaron para despedir a Nelson Mandela

A cien metros de la entrada de la sede del Gobierno sudafricano, donde yace el héroe de la nación, comienza el breve calvario de quienes quieren despedirse personalmente del padre de su democracia, previo traslado en autobús desde diferentes puntos de la ciudad, porque no hay otra forma de aproximarse

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La última vez que Sudáfrica vio a Nelson Mandela iba vestido con una camisa de colores y parecía sonreír con el alivio de quien llega a casa tras un largo camino.

"Abrid bien los ojos", avisan los guardias que custodian la entrada al tálamo de Madiba, envuelto en el blanco de las flores y de los pañuelos en los que sus compatriotas enjugan la pena de despedirse de él en la capilla ardiente instalada hoy en Pretoria, a la que ha conseguido acceder Efe.

A cien metros de la entrada de la sede del Gobierno sudafricano, donde yace el héroe de la nación, comienza el breve calvario de quienes quieren despedirse personalmente del padre de su democracia, previo traslado en autobús desde diferentes puntos de la ciudad, porque no hay otra forma de aproximarse.

La gente que hace fila comienza a sacar las últimas fotos, a narra su expectación a los periodistas y relaja la vista en el espectáculo que ofrece la capital sudafricana sobre el horizonte.

Cinco minutos después hay que apagar los teléfonos móviles, las cámaras tampoco están permitidas: es un momento para la historia del país, del mundo y de su propia vida, así que hay que fijar bien el recuerdo en la retina.

Al cruzar el umbral del anfiteatro de la sede gubernamental, algunos ganan posiciones a la carrera, otros ceden el paso a los más emocionados y los trabajadores ayudan a quienes no pueden valerse por sí mismos, como un anciano que va en silla de ruedas.

Una vez que se visualiza el enorme altar blanco, abierto y suspendido en el cruce de dos canales de agua, todo el mundo comienza a adelantarle, con un ansia solo contenida por el respeto.

Un silencio distendido se apodera de los presentes cuando inician el recorrido que envuelve al ataúd, visto primero de espaldas y custodiado por militares uniformados con la cabeza gacha.

Entonces los carteles de Mandela caen al suelo, las banderas dejan de agitarse en el aire, las risas se contienen por una emoción que embarga por igual a sudafricanos, negros y blancos, judíos, italianos y españoles.

La cola, que se ha prolongado durante los 20 minutos más largos de la vida de muchos de los que allí han llegado, se divide en dos para poder contemplar solo uno de los dos perfiles de Madiba.

En la fila derecha la gente se despide más rápido, a la izquierda uno de los dolientes se ha tomado más tiempo del reglamentario, de apenas escasos segundos para adivinar la sonrisa de Madiba tras el cristal del lecho.

Es un anciano que logra levantarse de la silla de ruedas, se apoya en el bastón y se quita el sombrero ante Mandela, el hombre que luchó por su libertad.

Las lágrimas le caen por las mejillas cuando dos palmadas en la espalda le indican sutilmente que debe continuar y ceder paso a los miles de compatriotas que hoy, mañana y el viernes esperan pasar por aquí.

Los rizos blancos del Nobel de la Paz contrastan con su tez morena y se pierden en el fondo inmaculado que envuelve el interior del tálamo y el exterior en puntillas de algodón.

Ésa es la imagen que da tiempo a grabar en la memoria, apenas tres segundos antes de que un policía diga aquello de "siga caminando, por favor".

El anciano se resiste un poco más de lo permitido antes de volverse a sentar en la silla de ruedas y agradece el pañuelo que varias mujeres ofrecen a los plañideros.

Tata Madiba había elegido una alegre camisa de tonos marrones y amarillos, como las que solía llevar. "Está como siempre", comentaba a la salida una joven sudafricana. Y, a juzgar por el estampado, también debía de estar feliz, porque los hombres africanos se visten conforme a su estado de ánimo.