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Los trabajadores filipinos en el exterior se movilizan para enviar ayuda

Una madre sostiene a su bebé en medio del mal tiempo que persiste en la región | EFE

Una madre sostiene a su bebé en medio del mal tiempo que persiste en la región | EFE

Desde Hong Kong hasta Los Ángeles, pasando por Tokio y Dubái, los trabajadores migrantes filipinos trataron sin descanso, a menudo en vano, conectar con su familiares

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Tras pasar días de angustia sin noticias de sus familiares, los Filipinos en el extranjero se movilizan para enviar ayuda a los supervivientes del tifón Haiyan, a pesar de su temor de que sean desviados por políticos corruptos.

Los apocalípticos vientos y oleadas que sacudieron las costas orientales del centro de Filipinas el viernes destruyeron las redes de comunicación y aislaron a millones de personas del resto del mundo.

Desde Hong Kong hasta Los Ángeles, pasando por Tokio y Dubái, los trabajadores migrantes filipinos trataron sin descanso, a menudo en vano, conectar con su familiares. La única fuente de información de la que disponían han sido los medios de comunicación y las redes sociales.

Krima Molina, una profesora de 26 años originaria de la sacudida provincia de Leyte, hoy instalada en Tokio, recibió una llamada de sus padres el lunes por la noche, tres días después del paso del tifón por su ciudad nativa, Isabel.

Aliviada por saber que siguen vivos, no puede evitar pensar en su vivienda dañada.

Los trabajadores filipinos que migraron viven también en condiciones mínimas para ayudar a su padres, pagar los estudios de sus niños o construirse una casa, entre otros proyectos. En unas horas, el tifón se llevó por delante años de sacrificio.

Lo que preocupa a los emigrantes, más todavía que los daños materiales, es la extrema precaridad de los supervivientes, privados de techo, de agua potable, de alimentación.

"Algunos están enfermos", se preocupa Krima Molina, profesora de inglés. "Necesitan medicinas. Necesitan médicos voluntarios. Mucha gente ha resultado herida por los escombros".

Thelma Tomizawa, una profesora de colegio de 48 años, residente también en Tokio, se ha enterado de que sus dos hermanos y una hermana habían sobrevivido a la tempestad. Pero han perdido su casa.

"No tienen nada para comer, no les queda casa, ni tejado, ni suelo", se lamenta, pensando en sus primos de Tacloban, una de las ciudades más afectadas, en la que el tifón podría haber dejado más de 10.000 muertos, y quienes no han dado señalado de vida.

"La mayor tragedia sería el saqueo de los fondos de ayuda"

Más de 11 millones de personas, entre ellos 660.000 desplazados, han sido afectados por lo que parece confirmarse como la peor catástrofe natural de la historia de Filipinas, según Naciones Unidas.

En el exterior, son en torno a 10 millones, el 10% de la población del país, los que trabajan como empleados del hogar, obreros o marines. El año pasado, inyectaron 21.400 de dólares en la economía filipina, cerca del 9% del PIB nacional.

En Hong Kong, donde viven unos 150.000 filipinos, empleados en su mayoría en el servicio doméstico, la Cruz Roja ha puesto en marcha un centro de llamadas para recoger y entregar informaciones de los desaparecidos.

"El 80% de las llamadas venían de sus empleados, que querían ayudar", precisó a la AFP la portavoz de la Cruz Roja, Denise Wong.

Varias comunidades de Filipinos en el mundo lanzaron recaudaciones de fondos, aunque desconfiaban de sus autoridades. "Temenos que (si) enviamos (dinero) al gobierno, acabará en sus bolsillos y nunca llegará a sus destinatarios", explica Eman Villanueva, secretaria general de United Filipinos en Hong Kong.

Según esta asociación de trabajadores, algunos cargos electos sólo redistribuyen la ayuda a "sus electores".

"Pero la mayor tragedia sería que responsables corruptos en el gobierno aprovechen la catástrofe para saquear y desviar los fondos destinados a las víctimas y a los supervivientes", advierte Gary Martinez, presidente de otra asociación, Migrante International.