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Los rescatistas de las víctimas del tren vuelven a la rutina entre dudas

Al menos 35 muertos en la tragedia ferroviaria en Santiago de Compostela <br>Foto: La Voz de Galicia

Al menos 35 muertos en la tragedia ferroviaria en Santiago de Compostela Foto: La Voz de Galicia

Angrois es una zona residencial a escasos kilómetros de Santiago de Compostela, partida por la vía del tren, y cuyos vecinos fueron los primeros en acudir a socorrer a las víctimas en la noche del miércoles, sobresaltados por el enorme estruendo que produjo el accidente

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Los vecinos de Angrois, la pequeña localidad de Galicia en la que el descarrilamiento de un tren causó 78 muertos, vuelven a su rutina intentando superar los momentos dramáticos en los que muchos de ellos han hecho gala de generosidad y solidaridad.

Angrois es una zona residencial a escasos kilómetros de Santiago de Compostela, partida por la vía del tren, y cuyos vecinos fueron los primeros en acudir a socorrer a las víctimas en la noche del miércoles, sobresaltados por el enorme estruendo que produjo el accidente.

"Aquí tuvo que haber pasado algo, porque ese tren pasa todos los días lentito, como la seda", gesticula con el brazo Manuel, un vecino de mediana edad que no logra entender, como explica a Efe, la velocidad con la que el Alvia acometió la curva que precede a la entrada de los convoyes en la capital gallega.

Manuel es de los pocos que en la mañana de este viernes acudió a ver los trabajos de recuperación de la zona, donde todavía puede verse una de las máquinas del tren siniestrado.

A diferencia de la jornada de ayer, vecinos y curiosos son minoría respecto a los periodistas -europeos, estadounidenses y algún que otro asiático- que todavía pululan por las inmediaciones. Muchos de ellos, incluso, rechazan hablar con la prensa tras la sobreexposición mediática de la jornada precedente.

Entre los que acudió este viernes al lugar del accidente estaba Ricardo, un panadero de 47 años que el miércoles dormía, pasadas las 20.40 horas, para afrontar el madrugón diario.

Al saber lo que había ocurrido, Ricardo cogió una maza para romper los cristales de los vagones y bajó a la vía; fue uno de los primeros, según explica, en un suceso que califica de "tremendo" para un pueblo tan pequeño.

Este vecino de Angrois apunta que ayudó a sacar supervivientes de los trenes, y a otros que no tuvieron tanta suerte.

Paula, una treintañera madre de dos niños, y la abuela Josefa también acudieron a las vías momentos después de producirse la catástrofe. Ninguna de las dos entiende lo que ha pasado y consideran que lo ocurrido es "un poco difícil" de entender.

"Llegamos de los primeros, los del bar y nosotros. Ves personas en el suelo, los vagones ardiendo, las personas pidiendo auxilio", rememora con lágrimas asomando a los ojos.

Paula recuerda que la Policía no les dejaba bajar. "¿Cómo no vamos a bajar?, ¿que podía arder el otro vagón? Vale, por seguridad, pero qué vas a hacer, ¿dejar a la gente?... En cuanto el policía se dio la vuelta, bajamos".

Ella acompañó a una señora a la que, casualmente y debido a que trabaja en un hospital, buscó más tarde cuando se enteró de que estaba en el centro médico. Se llevó la alegría de verla con la cabeza llena de puntos de sutura, pero "bien".

Paula recuerda un accidente de hace quince años, cuando una niña pequeña fue atropellada por un tren -entonces no había vallas como la actual, coronada de una malla de espinas y hoy adornada con un lazo negro improvisado-, y Angrois se quedó sin una zona de columpios, retirada y nunca repuesta.

Por ello, ahora los niños juegan a diario en otro lugar, cercano a donde cayó el vagón que salió despedido por los aires en el accidente.

"Lo primero en que pensamos fue en la gente que estaba en los bancos y en los niños", rememora antes de apostillar que, en Angrois, la vida tardará en volver a ser igual, si alguna vez vuelve a serlo.