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La vida regresa lentamente a la ciudad mexicana de la muerte

Ciudad Juárez / REUTERS

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Enrique Peña Nieto, que asumió la presidencia en diciembre, lanzó un programa nacional de prevención del crimen con un presupuesto de 9.200 millones de dólares y ha puesto a Juárez como modelo a seguir

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Un grupo de jóvenes abarrota el bar "El Rudo", donde bailan al ritmo de Shakira, bromean y toman cerveza, como celebrando que ahora pueden salir de noche en la mexicana Ciudad Juárez, no hace mucho señalada como la urbe más peligrosa del mundo.

Hace un año, esta treintena de jóvenes universitarios se hubieran quedado encerrados al caer la noche, como muchos en Juárez, por el temor a ser alcanzados por una bala perdida, les robaran o fueran secuestrados en medio de la violencia desatada por la lucha entre cárteles de la droga.

Pero después de los más de 10.500 asesinatos registrados en seis años, las cifras de muertes violentas finalmente empiezan a disminuir, los comercios reabren sus puertas y la gente empieza a salir de noche en esta ciudad enclavada en el desierto y fronteriza con Texas (Estados Unidos, sur). "Básicamente era temor de salir a la calle, no podíamos hacer nada.

Pero ahora que las cosas han cambiado, podemos divertirnos", comenta a la AFP Vicente Martínez, estudiante universitario de 21 años mientras bebe una cerveza acompañado de cinco amigos en "El Rudo", decorado al estilo de la popular "lucha libre". Según cifras oficiales, la carnicería ha disminuido de un pico de 3.116 muertes violentas en 2010, cuando un mes superó los 300 asesinatos, a 759 en 2012 en esta urbe de 1,3 millones de habitantes. "Era una ciudad fantasma", comenta a la AFP el alcalde Héctor Murguía.

"Hoy podemos decirlo claramente: Ciudad Juárez es como Palermo, Medellín, Nueva York, Chicago. Se tardaron 10 años en bajar índices delictivos, lo que nos tomó a nosotros dos años", asegura. La razón de la relativa paz en Ciudad Juárez desata debates. Las autoridades locales la atribuyen a la llegada, en 2011, de un nuevo y duro jefe de la policía que ha dotado con mejores armas y equipo a la fuerza municipal de 2.600 hombres, a leyes más duras y a la multplicación de los arrestos.

Pero expertos en seguridad y las propias autoridades señalan que la violencia ha disminuido porque el poderoso cartel de Sinaloa, de Joaquín "El Chapo" Guzmán, ganó la guerra que libraba con el cartel de Juárez por las lucrativas rutas del narcotráfico.

"Es la razón más creíble", comentó a la AFP un funcionario que pidió no ser identificado. Mientras la tranquilidad regresa a Ciudad Juárez, el resto del país sigue sumido en la violencia y el balneario de Acapulco (sur), en el Pacífico, se ha convertido en la nueva capital de la muerte. Más de 70.000 personas han muerto en México en los últimos seis años, uno de cada siete en esta urbe fronteriza.

Enrique Peña Nieto, que asumió la presidencia en diciembre, lanzó un programa nacional de prevención del crimen con un presupuesto de 9.200 millones de dólares y ha puesto a Juárez como modelo a seguir.

La llamada masacre de Salvacar, en la que 14 jóvenes fueron asesinados en enero de 2010, se convirtió en el modelo de la violencia sin sentido que golpeaba a la ciudad. El entonces presidente Felipe Calderón lanzó un programa con 473 millones de dólares denominado "Todos somos Juárez" para reparar el tejido social.

Según un estudio de 2010 de la ONG Observatorio de Seguridad y Convivencia Ciudadana, unas 230.000 personas dejaron la ciudad para escapar de la violencia. Pero ahora los negocios, no hace mucho blanco de extorsiones, reabren sus puertas. Según cifras oficiales, unos 115 restaurantes, bares y clubs vuelven a trabajar. Las fábricas ensambladoras, pulmón económico de la ciudad, empleaban 230.000 personas en 2007, cayeron a 143.000 en 2010 y ahora están en 210.000.

Javier Zarragoicoechea, de 28 años, copropietario de "El Rudo", reabrió a principios de año. "Pienso que la ciudad va a mejorar. Fue una prueba muy dura y pienso que esa prueba va estar en la conciencia de todos los ciudadanos y va crecer, va estar mejor", comenta.

Su amigo Marcos Enriquez, de 30 años, explica que su bar "La Playita" registró pérdidas durante la ola de violencia, pero los clientes están regresando. "Lo abrimos a raíz de que la situación mejoró en la ciudad", dice. Pero el sacerdote Oscar Enriquez, director del Centro de Derechos Humanos Paso del Norte, dice que la ciudad sigue plagada de las raíces del crimen: pobreza, desempleo y una juventud desencantada.

"Todavía hay crímenes, desapariciones de mujeres jóvenes, trata de personas. No para el consumo y venta de drogas", sostiene el sacerdote al denunciar que nueve mujeres han desaparecido desde enero. A diferencia de las autoridades, que exaltan a la policía, Enriquez señala excesos como detenciones arbitrarias. Algunos expertos sostienen que la violencia cedió luego de que el ejército y la policía federal salieron de la ciudad con un lastre de acusaciones de abusos.

Ahora la policía local se encarga de patrullar las calles. "La policía pasa por aquí y nos sentimos más seguros", dice Ramón Barraza, un comerciante de ropa en la céntrica Plaza de Armas. Pero el peligro sigue acechando. Un comandante policial se acercó al equipo de la AFP para advertir que pidió refuerzos porque "mucha gente armada" se encontraba cerca de la plaza.

"Ya no aparecen tantos muertos ni son tantas balaceras. Pero no se acaba y eso nunca va a se acabar", se lamenta Rosario Hermosillo, una abuela de 70 años mientras fuma un cigarro.