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Mi recuerdo de Madiba

Nelson Mandela junto al presidente de la República Carlos Andrés Pérez | Archivo

Nelson Mandela junto al presidente de la República Carlos Andrés Pérez | Archivo

Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela entonces, lo recibió en el aeropuerto de Maiquetía con honores de Jefe de Estado

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Venía de sufrir 27 años de prisión, buena parte de ellos en solitario y la otra picando piedras de sol a sol. Su delito era haber defendido como abogado las causas de muchos negros surafricanos sin recursos y haber participado muy activamente en la resistencia contra la opresión feroz del régimen racista blanco. Ahora visitaba a los gobernantes que se habían solidarizado con esa lucha que lo había convertido en el líder más emblemático de los derechos del hombre negro en una tierra expoliada desde hacía siglos por la codicia europea.

Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela entonces, lo recibió en el aeropuerto de Maiquetía con honores de Jefe de Estado y le dio este tratamiento  durante los días que permaneció en el país. Yo, como ministro de Relaciones Exteriores, tuve la oportunidad afortunada d­e acompañar en muchas ocasiones al legendario visitante. Fue una experiencia personal única, imborrable.

Recuerdo que lo que primero, y lo que más me llamó la atención del visitante, fue la sensación de paz consigo mismo y con el mundo que transmitían su mirada y su sonrisa. Conocía la historia de sus tormentos y desolaciones, y sospechaba que aquel hombre alto y medianamente corpulento que descendía del avión que lo traía desde La Habana, transmitiría a su paso la eléctrica tensión acumulada a lo largo de años de acoso, torturas y sinsabores. Sin embargo, nada más estrecharle la mano y expresarle mi satisfacción por verlo pisar suelo venezolano al fin como un hombre libre, comprendí que mi presunción nada tenía que ver con la realidad. El hombre que me devolvió el saludo con una sonrisa de inaudita humanidad, no era una persona dominada por rencores personales ni ansias de venganza social sino todo lo contrario.

Esa fue el primer impacto que me produjo Mandela a su paso por Venezuela.

Al despedirlo días más tarde me dije con razón que nadie nunca me había impresionado tanto como él. Recién salido de su larga y dolorosa prisión, ya daba la sensación de ser la persona de más importancia y mayor poder de todas las personas importantes y de gran poder que en muchos años de servicio público llegué a conocer.

Tengo la certeza de que ese talante de hombre seguro de sí mismo, dueño absoluto de sus sueños, que conocí en Caracas hace más de 20 años, fue lo que le permitió alcanzar, tras la ejemplar faena de olvidar el pasado y dialogar hasta con sus peores enemigos, sus metas más ambiciosas. Diría yo que ese es el principal rasgo de su grandeza como líder indiscutible de pueblos. Y la razón de la admiración que a partir de hoy mantendrá vivo su recuerdo en la conciencia democrática del mundo.