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El pontífice que se agotó

El papa Benedicto XVI, cuya renuncia se hará efectiva mañana, tendrá el título de Papa Emérito o de Pontífice Romano Emérito | Foto: Michael Kappeler/EFE

El papa Benedicto XVI | Foto: Michael Kappeler/EFE

Desde joven, Ratzinger consideró que la defensa de la Iglesia tenía que articularse intelectualmente. Aunque se codeó con la generación de teólogos progresistas de Vaticano II, con el tiempo viró hacia posturas conservadoras

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Desde tiempos medievales, los papas han sido no solo el núcleo visible de la fe de los católicos, sino también su baluarte ante lo que ellos consideraban los enemigos de la Iglesia.
La ortodoxia católica se construyó como la elaboración intelectual de la fe sencilla de la gente para protegerla de las “amenazas externas” de una modernidad que empezó a dudar de la validez intelectual y la relevancia ética de la fe católica. Muy poco se decía de los problemas internos que afectaban a la Iglesia y muy pocos se atrevían a plantearlos públicamente. Con Benedicto XVI esto ha comenzado a cambiar.
Desde joven, Ratzinger consideró que la defensa de la Iglesia tenía que articularse intelectualmente. Aunque se codeó con la generación de teólogos progresistas de Vaticano II, con el tiempo viró hacia posturas conservadoras.
Como cardenal, se convirtió en el adalid de la doctrina ortodoxa, pero con una notable profundidad teológica. A pesar de ello, corrientes progresistas como la Teología de la Liberación sufrieron su implacable desaprobación.
Fue casi un “vicepapa” durante el reinado de Juan Pablo II, pues mientras éste conquistaba con su carisma a las masas, Ratzinger controlaba férreamente la estructura interna de la Iglesia.
Como Benedicto XVI, tuvo que enfrentar dos crisis que se habían incubado: la pederastia de algunos sacerdotes y el oscuro manejo de las finanzas vaticanas. Intentó asumir el rol de moralizador, pero no contó con el respaldo de la jerarquía, lo que precipitó su renuncia.
El fin de su papado deja a la Iglesia Católica en una de las crisis más graves de su historia y con un creciente desprestigio ante el mundo. Era iluso esperar grandes reformas en su pontificado, pero al menos inició un proceso de limpieza interna que el nuevo papa debe continuar.
Con la renuncia de Benedicto XVI, la ortodoxia parece haberse agotado como respuesta de la Iglesia ante álgidas cuestiones contemporáneas: pobreza, violencia, equidad de género, diversidad sexual, etc.  También puede haber iniciado un punto de inflexión para la Iglesia. Ahora solo le queda reformarse y abrirse al mundo o seguir encerrándose en sus muros dogmáticos para empezar a morir dentro de ellos.