• Caracas (Venezuela)

Mundo

Al instante

“Es necesario hablar de acuerdos y compromisos y no solo de diálogo”

Miguel Ángel Meucci | Foto cortesía

Miguel Ángel Meucci | Foto cortesía

El politólogo explicó que de acuerdo con las características del país aplica el mecanismo de los buenos oficios como vía para resolver la crisis

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El especialista en Conflicto Político y Procesos de Pacificación, Miguel Ángel Meucci, afirma que el gobierno ha aprendido que el diálogo es un mecanismo dilatorio y muestra de ello son los resultados de los procesos vividos en Venezuela en 2003 y 2014, razón por la cual considera que el eventual éxito del diálogo dependerá de la voluntad política, de exigir el cumplimiento de la Constitución y de una mediación internacional que no responda a los intereses de las partes.

—¿Cuál es el alcance del diálogo entre el gobierno y la oposición  promovido por actores internacionales? 

—Los actores internacionales pueden intentar promover el diálogo entre el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición, pero el alcance de esas iniciativas llegará hasta donde llegue la voluntad política de dialogar y de alcanzar acuerdos. Para ir más allá de ese punto se requeriría algún ejercicio de diplomacia coercitiva, posiblemente multilateral.

—¿Qué se puede lograr y qué no? 

—La naturaleza de los procesos de negociación y resolución de conflictos es tal que resulta imposible responder esa pregunta desde un inicio. Si se desarrolla adecuadamente podrían obtenerse grandes resultados, pero ello exigiría, precisamente, que desde un principio el proceso estuviera bien planteado y que cada paso que le siga sea sólido y funcional.

—¿Cuál de esos mecanismos aplica en estos momentos en Venezuela?  

—En mi opinión, un intento de ejercer buenos oficios eventualmente podría derivar en una facilitación si las partes así lo convinieran.

—¿Qué características debe tener el mediador o facilitador internacional para que sea efectivo? 

––Por lo general, en el caso de conflictos intraestatales o interestatales se espera que cuente con una gran experiencia política, talante conciliador, habilidad diplomática, buena relación con las partes enfrentadas y un conocimiento profundo del caso en el que acepta intervenir. Lo ideal es que hable el idioma de las partes en conflicto y que no provenga de un país limítrofe con aquel donde desempeña su labor facilitadora. Igualmente, y para decirlo en criollo, no debería tener “rabo de paja” que afecte la confianza de las partes.

—¿Cómo superar la polarización para lograr el diálogo con resultados efectivos entre los actores enfrentados? 

—Se obtienen resultados cuando existe o se desarrolla la voluntad de las partes de convivir bajo reglas comunes. Difícilmente se alcanzarán o cumplirán acuerdos si cada una intenta imponer a ultranza su visión a la otra. Por eso es necesario hablar de negociación, de acuerdos y compromisos, y no solo de diálogo. La idea es ceder en lo secundario para concordar en lo fundamental, que por lo general es la convivencia pacífica en el marco de un Estado de Derecho, de los principios de la democracia y de un programa económico mínimamente racional. El problema es que a menudo, en este tipo de situaciones, esos elementos tan básicos de convivencia son inaceptables para ciertos actores que se encuentran seriamente comprometidos por los hechos que han cometido o piensan cometer, o bien por visiones ideológicas tan extremas que les impiden el ejercicio del más elemental pragmatismo político

—¿Por qué cree usted que el gobierno rechazó la mediación del Vaticano y  aceptó la de los ex presidentes José Luis Rodríguez Zapatero y Leonel Fernández? 

—No creo que el gobierno haya “aceptado” los buenos oficios de Rodríguez Zapatero y Fernández, sino que deliberadamente los buscó. Recordemos que ambos tuvieron excelentes relaciones con el gobierno de Hugo Chávez. Tampoco creo que el oficialismo haya rechazado definitivamente la participación del Vaticano, lo que intenta es marcar su posición con claridad. Está claro que el gobierno tuvo la iniciativa de plantear este espacio, que siempre llama de “diálogo” y nunca de “negociación” o “acuerdos”, y que no quiere que se convierta en algo distinto a lo que expuso inicialmente.

—¿Cuál es el aprendizaje que dejó la mediación internacional en la Mesa de Negociación y Acuerdos que encabezó César Gaviria, después del golpe de 2002? 

—Esa Mesa fue un intento serio y bastante bien planificado de canalizar la conflictividad política y social que se desató en el país en el primer gobierno de Hugo Chávez. Ese proceso contó con muchas virtudes. Sin embargo, yo sacaría varias conclusiones, planteadas en mi libro Apaciguamiento. Primero: el chavismo ha demostrado su disposición de asumir costos muy altos con tal de seguir en el poder. Dos: el oficialismo solo se permite estos espacios de “diálogo” cuando está bajo gran presión, y los desecha en cuanto esa presión cesa o disminuye. Tres: el debate entre “votos” y “calle” en la oposición es absurdo y la debilita, pues ambos aspectos han de formar parte de una línea de acción política en estas circunstancias. Y cuarto: la resolución de nuestro conflicto no puede ser única o principalmente electoral, porque en unas elecciones hay un grupo que gana y otro que pierde; la solución incluye la construcción de grandes acuerdos de convivencia entre las fuerzas políticas y sociales del país sobre reglas comunes y la articulación de un modelo económico aceptable para una gran mayoría de venezolanos.

—¿Qué otras experiencias de mediación en la promoción del diálogo pueden ser útiles para afrontar la crisis venezolana? 

—La política es el reino de la contingencia. Cada hecho político es único e irrepetible, por lo cual la facultad de pensar políticamente requiere la capacidad de comprender cada realidad en su particularidad. No obstante, el conocimiento de lo sucedido en otros casos nos permite entender aspectos de carácter general que se presentan siempre o casi siempre en este tipo de situaciones, y nos ayuda a no caer en el engaño de que “somos distintos al resto del planeta”. No destacaría casos en particular, sino una enseñanza común a todos: nadie negocia lo que puede obtener sin negociar.

—¿Qué implicaciones tiene que la oposición haya adelantado que el diálogo es exclusivamente para fijar la fecha del revocatorio? 

—Para mí es una respuesta dirigida, principalmente, a la opinión pública nacional e internacional. El mensaje es claro: por principio estamos abiertos al diálogo, pero no vamos a perder tiempo desviándonos de la salida electoral. Como mensaje está bien; sin embargo, creo que la fecha del revocatorio no es ni debería ser materia por negociar, sino que debe definirse en apego a lo que dictaminan la Constitución, las leyes y reglamentos vigentes. 

—¿Cómo impedir que la participación externa para la promoción del diálogo sea utilizada por el Ejecutivo solo para dar la impresión de que es un gobierno democrático? 

—Exigiendo el cumplimiento de lo que establece la Constitución y las leyes de la República, y no negociando su contenido. El Estado de Derecho no es un obstáculo sino un requisito para la resolución de conflictos. Si no es el liderazgo opositor el que denuncia las violaciones de esas normas y exige su cumplimiento al pie de la letra, no será el entorno hemisférico el que lo haga, y a los ciudadanos solo les quedará defender sus derechos por sus propios medios. 

—Hay quienes consideran que el gobierno solo habla de diálogo para ganar tiempo. ¿Usted lo cree así? 

—Lamentablemente, creo que la experiencia le ha enseñado al gobierno que el “diálogo” sin compromisos le permite ganar tiempo. Así pasó en 2003 y en 2014. Y a pesar de lo que digan la Constitución, las leyes, los votos, la calle, las encuestas y la comunidad internacional, para mucha gente en el alto gobierno es vital que Maduro siga en la Presidencia, por lo menos, hasta 2017.