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La guerra de Calderón

Felipe Calderón, ex presidente de México

Felipe Calderón, ex presidente de México

El mandatario que hizo de la lucha contra el narcotráfico el eje de su gobierno terminó apoyando el debate sobre la legalización de las drogas

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No se cumplieron los malos augurios. A pesar de los gritos de "Va a caer, va a caer, Felipe va a caer", proferidos por los diputados opositores del Partido de la Revolución Democrática durante su brevísima (sólo duró cuatro minutos) toma de posesión de la presidencia de México, Felipe Calderón logró culminar su sexenio sin ningún sobresalto institucional.

Su mandato no estuvo marcado por la crisis de gobernabilidad que muchos intuían provocaría el desafío de su rival Andrés Manuel López Obrador, autoproclamado presidente legítimo del país en un acto multitudinario en el zócalo de Ciudad de México, sino por la preeminencia total de uno de los tres temas fijados en su agenda: la lucha contra el crimen organizado.

En sus primeros días de mandato, Calderón movilizó a miles de militares para poner fin a los sangrientos enfrentamientos entre bandas de narcotraficantes y así restaurar la seguridad pública. La operación, que inicialmente iba a centrar su primer año de gobierno, marcó todo su sexenio.

El combate a los grupos criminales trajo una escalada de violencia. Entre diciembre de 2006 y octubre de 2012 hubo en México 101.199 homicidios, de los cuales 50% se presume están vinculados con el narcotráfico. Estas cifras representan un aumento de 37% en relación con los asesinatos ocurridos durante el mandato de Vicente Fox, según el centro de análisis de políticas públicas México Evalúa.

Homicidios con decapitaciones, desmembramientos y masacres dañaron severamente la imagen del país. La prensa anglosajona comenzó a preguntarse si el país se estaba convirtiendo en un Estado fallido.

Aunque analistas como el ex canciller Jorge Castañeda cuestionaron la guerra de Calderón por ser "sangrienta y fútil", la violencia asociada a las bandas de narcotráfico venía creciendo en México desde finales de la década de 1990, cuando se rompieron los acuerdos de no agresión entre las bandas.

La situación se exacerbó durante el gobierno de Fox. Como un logro de la gestión de Calderón se ha señalado que hasta septiembre de 2012 habían sido capturados o habían muerto 22 de los 37 capos más buscados. Paradójicamente, el descabezamiento de las grandes bandas derivó en una mayor fragmentación de los grupos y en una mayor violencia.

La lucha contra la narcoviolencia fue también el eje de la diplomacia de Calderón hacia Estados Unidos. El mandatario exigió a Washington mayores esfuerzos en la lucha contra el consumo interno de drogas y, en especial, el aumento del control sobre la venta de armamento de alto calibre, del que se apertrechan las bandas mexicanas.

El gobierno de Barack Obama admitió su corresponsabilidad por la narcoviolencia y respondió con más recursos para apoyar a México en su lucha contra los grupos criminales y con un reforzamiento de la vigilancia de las fronteras. No obstante, no aplicó ninguna reforma legal eficaz para limitar la venta y el tráfico de armas hacia México.

La frustración ante la falta de cambios en Estados Unidos y el incremento de la violencia en México, llevó a Calderón a asumir una posición cada vez más flexible frente a la legalización de las drogas. Pasó de admitir la conveniencia de una discusión regional sobre esa opción ­a la que aseguraba oponerse­ a postular en 2011 que si Washington era incapaz de reducir el consumo de drogas al menos debería buscar arrebatarle las ganancias exorbitantes a los carteles por medio de "soluciones de mercado". Un eufemismo para referirse a alguna fórmula de legalización. Una alternativa que llega seis años y decenas de miles de muertos más tarde.