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Colombia: el progreso económico no ha resuelto la desigualdad social

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos | EFE

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos | EFE

Apoyo de la izquierda al presidente Santos genera opiniones encontradas sobre un posible cambio de rumbo

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Colombia era vista hace 25 años como un país con tantos problemas económicos que había tenido que renunciar a ser la sede del Mundial de Fútbol de 1986. Con tantas falencias institucionales que era incapaz de garantizar la seguridad ciudadana ante la amenaza que representaban los grupos guerrilleros y los carteles del narcotráfico. La visión actual, sin embargo, difiere mucho de esa imagen.

Las reformas aplicadas tras el Consenso de Washington (1989) y la apertura comercial al mundo en las últimas décadas han permitido estabilizar la situación macroeconómica –la inflación se redujo a un dígito, el desempleo también– y atraer suficiente inversión extranjera –más de 17 millardos de dólares en 2013– para convertir a Colombia en una potencia emergente.

La nación es la cuarta economía de América Latina (detrás de Brasil, México y Argentina), tiene más de una decena de tratados de libre comercio (los más importantes con Estados Unidos y la Unión Europea) y forma parte de los llamados Civets (Colombia, Indonesia, Vietnam, Egipto, Turquía y Suráfrica), acrónimo usado por The Economist para agrupar a los mercados que se perfilan como más dinámicos en los próximos años.

En materia de seguridad, el Plan Colombia –en conjunto con Estados Unidos– permitió detener la expansión de los cultivos de droga y la política de seguridad democrática del expresidente Álvaro Uribe (2002-2010) logró desmovilizar a los grupos paramilitares y debilitar a los guerrilleros, que ahora están negociando con el gobierno de Juan Manuel Santos para poner fin a un conflicto armado que comenzó hace 50 años.

Y aunque el país sigue teniendo índices delictivos altos (en 2012 hubo 30,8 homicidios por cada 100.000 habitantes, la séptima peor tasa del mundo), la percepción tanto de los colombianos como de los extranjeros es que ahora es más seguro que hace un cuarto de siglo. Una muestra es que el número de visitantes de otros países aumentó de 500.000 en 2003 a 2,2 millones en 2012, según la Organización Mundial de Turismo.

Desigualdad y desencanto. A pesar de los avances experimentados durante los últimos años, Colombia –como toda potencia emergente– no ha logrado resolver los problemas característicos de los países en desarrollo, empezando por la pobreza. Las cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas muestran que 32,2% de la población colombiana es pobre, es decir, casi 14,7 millones de personas.

El alto porcentaje de pobreza en un país cuya economía ha crecido un promedio de 5% anual en la última década –y que promete mantener ese ritmo durante los próximos años– se debe a que los ingresos generados por ese boom llegan a pocas manos: 1% de la población concentra la quinta parte de la riqueza, según la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales de Colombia.

La consecuencia obvia de la combinación entre un elevado índice de pobreza y una alta concentración de la riqueza es la desigualdad social. Un estudio elaborado entre 1990 y 2010 por el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos, ONU-Hábitat, muestra que Colombia es la tercera nación más desigual de América Latina, por detrás de República Dominicana y Brasil.

“El gran drama del país es que la bonanza económica no ha logrado convertirse en una bonanza social”, apunta la internacionalista Beatriz De Majo. Agrega que la persistencia de la desigualdad social ha traído como consecuencia el desencanto político, reflejado en el hecho de que 53% de los votantes colombianos se abstuvo de participar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebradas el 16 de junio.

El internacionalista Luis Daniel Álvarez coincide en que el desencanto político se ha convertido en una regla. “La abstención electoral es un fenómeno recurrente. Por eso la participación de 47% no generó preocupación. Más bien hubo alegría porque subió 7 puntos en comparación con la primera vuelta. Hay una gran indiferencia en muchos sectores, que ven la política como algo alejado”.

¿Cambio de rumbo?. De Majo señala que el descuido del aspecto social también ha permitido ganar espacios a los grupos políticos de izquierda, cuyo apoyo a Santos en la segunda vuelta electoral resultó vital para que el mandatario lograra la reelección. “El gobierno colombiano se olvidó del país que está al margen del progreso, pensó que la economía iba a halar al resto de la sociedad y no ha sido así”, comenta.

Álvarez comparte la preocupación que tienen algunos sectores –en Colombia y en el extranjero– por el avance de los izquierdistas y el respaldo que le dieron al presidente reelecto. "Creo que el retroceso institucional que hubo durante el primer período de gobierno de Santos se profundizará por toda la mescolanza ideológica que acompaña ahora al mandatario”.

El internacionalista recuerda que el acierto de Colombia para llegar hasta donde está fue establecer reglas claras y fortalecer la independencia de poderes. "La reversión de ese proceso no sólo es posible, sino que ya se está dando: la actuación polémica del Poder Ejecutivo frente al Judicial, el uso de la mayoría en ambas cámaras del Congreso, el control de instituciones como la Fiscalía y la Procuraduría".

De Majo reconoce que el panorama político es complicado, pero descarta que suponga algún riesgo para el modelo económico. "Colombia tiene un empresariado sumamente sólido, una economía muy diversa, que nunca ha dependido de un solo producto, y Santos hizo una cosa muy inteligente: puso al país a competir con el mundo. Quizás pasarán por malos momentos, pero eso no tiene vuelta de hoja".

El objetivo es la paz

Los internacionalistas Beatriz de Majo y Luis Daniel Álvarez dicen que el diálogo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –al que el Ejército de Liberación Nacional piensa sumarse– se ha convertido en una obsesión del presidente Juan Manuel Santos y advierten que eso puede resultar contraproducente.

“Santos, en su afán de convertirse en el gran fabricante de la paz, se ha olvidado de que ese objetivo no se puede conseguir a cualquier precio. Esa actitud ha fortalecido a las FARC desde el punto de vista político, no desde el militar, y hay un riesgo de que la izquierda se aproveche de eso”, señala.

Considera, sin embargo, que el hecho de que solo uno de cada cuatro colombianos haya votado por la reelección del mandatario representa un contrapeso. “El país estará muy vigilante del proceso de paz, de que haya reparación a las víctimas del conflicto armado, que ha dejado 220.000 muertos y más de 4 millones de desplazados”.

Álvarez piensa que Santos ha estado tan obsesionado con la paz que no ha gobernado como debe ser y eso ha tenido consecuencias para el país, como que se comiencen a perder los niveles de institucionalidad que se habían alcanzado. “Creo que Colombia le quedó grande y lo más probable es que eso se confirme durante el segundo mandato”.