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"Las aguas bajaban agitadas y Dios parecía dormido"

El papa Benedicto XVI

El papa Benedicto XVI

Liberado de la pesada cruz de dirigir una Iglesia sacudida por los escándalos, Ratzinger se mostró el miércoles más cercano que nunca a sus fieles

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“Las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra, y Dios parecía dormido...'. Antes, mucho antes de ser papa, el cardenal Joseph Ratzinger era un teólogo reconocido, hablaba con fluidez seis idiomas y conocía otros cuatro, leía griego antiguo y hebreo, tocaba al piano piezas de Mozart y escribía libros rasgando el papel con su letra diminuta. El miércoles, sin embargo, al dirigirse a los fieles que vinieron a despedirlo a la plaza de San Pedro, Benedicto XVI dejó a un lado todo eso y utilizó las palabras sencillas del párroco de pueblo que se jubila.

Habló del cansancio y de la duda, de la fe y de la oración, y su voz a veces temblorosa del anciano que a los 86 años acepta con una sonrisa que la vida ya no da más de sí, se sobrepuso a todo lo demás. A los escándalos de los últimos meses, al lujo y al boato que rodea cualquier celebración en el Vaticano. Con palabras sencillas, el párroco Ratzinger se despedía de Roma: “Sentía que mis fuerzas disminuían y le pedí a Dios que me ayudara”.

Liberado de la pesada carga de dirigir una Iglesia golpeada por los escándalos y las herencias envenenadas, tomada ya la gran decisión, Ratzinger se mostró más cercano que nunca. Desde que el 11 de febrero anunciara por sorpresa que renunciaba al papado, sus últimas intervenciones dieron pie a ser leídas entre líneas. Benedicto XVI quiso dejar su legado de manera oral, en directo, para que no fuese susceptible de ser manipulado. Habló del sufrimiento y la corrupción que golpean a la Iglesia y envió lejos del Vaticano a quienes, desde puestos relevantes de la Curia, fueron piedra de escándalo y no ejemplo de conducta. “El diablo trabaja sin descanso para ensuciar la obra de Dios...”, advirtió en un encuentro con cardenales.

El miércoles, sin embargo, a cielo abierto, con la plaza de San Pedro llena de fieles y francotiradores apostados en las azoteas, Ratzinger dedicó la tradicional audiencia general de los miércoles -la última de su pontificado- al adiós sencillo e, incluso, a la confidencia: “En los últimos meses, he sentido que mis fuerzas habían disminuido y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me iluminara para hacerme tomar la decisión más justa, no por mi bien, sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso con la plena conciencia de su gravedad, y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo”.

Dijo que ya en 2005, cuando fue elegido papa, sintió sobre sus hombros un gran peso, pero añadió que nunca se sintió abandonado por Dios: “Me ha guiado, ha estado cerca, cada día he sentido su presencia”.

Ratzinger abandona el Vaticano ligero de equipaje. Solo lleva sus documentos personales, primero a Castel Gandolfo y después -se calcula que dentro de dos meses- al convento de monjas en el interior del Vaticano.

Cuando el papa emérito -así será considerado Ratzinger ahora- regrese a Roma, otro papa estará en funciones. Es una situación extraña. Dos papas conviviendo en el Vaticano. Sobre esto, aunque sin citarlo expresamente, también quiso hablar el miércoles: “Mi decisión de renunciar al ministerio petrino no revoca la decisión que tomé el 19 de abril de 2005 [su llegada al papado]. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, encuentros, conferencias. No abandono la Cruz, sigo al lado del Señor crucificado, pero de una nueva manera...”.

Hasta ahora, los papas no se despedían. Dios los recogía en su seno y, pasados unos días, el Espíritu Santo sobrevolaba la Capilla Sixtina para que los cardenales reunidos en cónclave acertaran al elegir al nuevo sucesor de Pedro.

La renuncia de Benedicto XVI abre un tiempo nuevo, de dudas y también de peligros. Tal vez por eso, las decenas de miles de fieles que el miércoles se acercaron a la plaza de San Pedro se conmovieron cuando Benedicto XVI, el papa teólogo, tan frío en comparación con el carisma de su antecesor, Juan Pablo II, o la bonhomía de Juan XXIII, quiso mostrarse ante ellos como el párroco que se despide de sus vecinos. Como el abuelo que le cuenta al nieto las batallitas de sus naufragios. “Hubo días de sol y ligera brisa, pero también otros en los que las aguas bajaban agitadas, el viento soplaba en contra, y Dios parecía dormido”.