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Ruanda, el origen de un genocidio

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Hoy se cumplen 20 años de uno de los sucesos más crueles del siglo XX.  La vida de 800.000 personas fue segada brutalmente, en 3 meses, ante la mirada atónita del sistema internacional y la impotencia de África: el Genocidio de Ruanda, consecuencia de la instrumentalización política del discurso del odio y la división social como mecanismo de dominación, situación que aún no logra concretar un proceso de reconciliación que permita la construcción de la paz en la región africana de Los Grandes Lagos y cuyas heridas se abren cada mes de abril.

Las causas que intentan explicar este hecho fratricida tienen su origen en el período precolonial cuando en los territorios actuales de Ruanda y Burundi, los grupos hutus, primero, y tutsis, después, convivieron con los originarios twas/pigmoides. Estos grupos, entre los que existía cierta homogeneidad cultural y lingüística, se definían socialmente de acuerdo con su oficio no por su etnia, con una fuerte movilidad e interacción social.
Los hutus (bantúes) se dedicaban a la agricultura, los tutsis (nilóticos) a la ganadería y los twas a la caza. La estratificación social venía marcada “por quien tuviese la vaca”, aclaró el africanista de la Universidad de Estrasburgo, Mbuyi Kabunda, quien explicó que se consideraba rico a todo aquel que, para el momento, tuviese ganado.
Los grupos dependían de un jefe tradicional (Nwami) que en el ejercicio del poder terminó por crear una conciencia étnica de superioridad en la minoría tutsi (ricos), en quienes se apoyaba para gobernar.

Agravio colonial

Alemania y, posteriormente, Bélgica retomaron esta conciencia para convertir a los dos grupos socioprofesionales en castas y razas. Se creó, durante la colonia, “una falsa polarización entre hutus y tutsis”, enfatizó el especialista, quien comentó que para ello se utilizaron los cánones europeos de belleza, es decir, a la estratificación social se añadió el componente biodeterminista y religioso. “Se definió al tutsi como una persona alta y esbelta a quien se le hizo creer que era un blanco con piel negra e intelectualmente superior, y al hutus como una persona robusta de baja talla destinada a ser gobernado”, dijo Kabunda.

El experto sobre el tema, Augustin Mvuyekure, añadió que “se creó una raza hamítica a la que se confió una misión política y religiosa para sentar la dominación del poder colonial”. 


Independencia sesgada

En 1959 se produjo una revolución en la que los hutus se rebelaron contra los tutsis que se vieron obligados a exiliarse en Zaire (hoy República Democrática del Congo) y Uganda, donde se organizaron para responder al ataque. Los colonos belgas, ante la pérdida de poder en la región consecuencia del proceso de descolonización en África, se cambiaron de bando y apoyaron a la mayoría hutus. En 1962, Ruanda se independizó con una sociedad dividida.

Luego del golpe de Estado de 1972, llegó al poder Juvénal Habyarimana (1973-1994). Se mantuvo, en Ruanda, la dominación hutus que se reforzó a través del sistema de cuotas para ocupar puestos públicos. Los tutsis solo tuvieron 10% de representación. “Era una forma de apartheid sobre la base del peso demográfico y no de la meritocracia”, señaló Kabunda, quien explicó que, además, fue una mala señal que en los documentos de identidad se mencionara el grupo étnico al que pertenecía la persona cuando en África lo que realmente define lo étnico es la lengua. En este caso, todos hablan kiñaruanda.


El detonante

En la época de los noventa, los tutsis refugiados en los países vecinos desde la revolución de 1959 ocuparon el norte de Ruanda con el apoyo de Uganda. Zaire, con Mobuto Sese Seko al mando, y Francia intervinieron a favor de la mayoría hutus, lo que desencadenó en los Acuerdos de Paz de Arusha (Tanzania) que establecieron un reparto equitativo del poder aceptado a regañadientes por las partes que no se desarmaron. En este contexto, se atentó contra el avión del presidente Habyarimana, hecho que no ha sido aclarado (unos dicen que fueron los radicales hutus descontentos con lo acordado en Arusha, otros que fue responsabilidad de los extremistas tutsis o los militares franceses y belgas con intereses en la región). Este suceso fue el desencadenante de la eliminación sistemática de 800.000 tutsis y hutus moderados sin distinción de sexo o edad. “Contrariamente a las guerras en las que se mata a una persona por lo que hace, aquí se mataron por lo que son”, concluyó Kabunda.