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Promesas incumplidas ensombrecen rescate de favelas de Río de Janeiro

Una favela en Río de Janeiro | Fotografía: Internet

Una favela en Río de Janeiro | Fotografía: Internet

La llamada "pacificación" de Río de Janeiro está encontrando problemas. El esfuerzo de retomar enormes partes de la ciudad en control de los criminales mediante ocupaciones policiales de los barrios históricamente violentos no está logrando el apoyo de la población

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Desde que la policía tomó hace tres años por asalto las laderas donde vive su familia, Caroline Oliveira ha estado esperando que las cosas mejoren.

Y es cierto, las bandas de narcotraficantes que controlaban en el pasado su barrio de Río de Janeiro son menos dominantes. Pero pocas de las demás cosas que le prometieron se cumplieron.

Aunque vive en una zona metropolitana de esta ciudad de 11 millones de habitantes, su suministro de agua es interrumpido a menudo. El transporte público queda tan lejos que Oliveira aún depende de costosas furgonetas para desplazarse. Y las escuelas y servicios de salud pública que les prometieron los creerá el día que realmente los vea.

"No ha cambiado mucho", dijo la mujer de 20 años, madre de dos hijos, que ha pasado las últimas semanas pidiendo donaciones a sus vecinos para montar una guardería en su pequeño rincón del Complexo do Alemão, un enorme conjunto de viviendas de ladrillo visto al norte del centro de Río de Janeiro, donde las cloacas están a cielo abierto y la basura se acumula.

"Todavía vivimos como si realmente no fuéramos parte de esta ciudad", dijo.

La llamada "pacificación" de Río de Janeiro está encontrando problemas. El esfuerzo de retomar enormes partes de la ciudad en control de los criminales mediante ocupaciones policiales de los barrios históricamente violentos no está logrando el apoyo de la población.

Las autoridades esperaban que la pacificación mejorara el nivel de vida de los residentes, calmara el sufrimiento de los vecinos y mostrara un Brasil próspero y pacífico en el Mundial de este año y los Juegos Olímpicos del 2016.

Tras medio siglo de negligencia, parecía que el gobierno finalmente se preocupaba por las favelas de Río de Janeiro. Cinco años después de lanzado el programa, la policía mantiene ocupadas 37 grandes favelas donde viven unos 1,5 millones de personas.

Debido al éxito inicial en expulsar a los traficantes, la iniciativa se transformó en un experimento seguido de cerca y que funcionarios en otros países emergentes pensaron en replicar.

También se transformó en una forma de evaluar si la mayor nación de América Latina sería o no capaz de cumplir con las ambiciosas metas de desarrollo social que se auto impuso durante la reciente década de boom económico.

Muchos de los proyectos emblemáticos lanzados durante esos años dorados están ya dejados de lado, incluyendo un tren bala para conectar Río con Sao Paulo y mejores aeropuertos, ambos proyectos que se suponía estarían listos para la apertura del Mundial el 12 de junio.

Pero más mortificante para muchos es el hecho de que los funcionarios de Río de Janeiro todavía no han cumplido promesas más modestas, como cloacas y servicios básicos de agua para las comunidades más pobres.

Los atrasos, agravados por culpa de la corrupción, falta de presupuesto y otras prioridades políticas, hacen que hasta el jefe de las fuerzas de seguridad del estado de Río de Janeiro tema que la pacificación esté siendo socavada.

"Esto es como un procedimiento médico en el que nosotros suministramos la anestesia", dice el secretario de Seguridad del estado de Río de Janeiro, Mariano Beltrame. "Si después no hay cirugía, el paciente se despierta con los mismos problemas".

Y últimamente el paciente ha estado agitado.

La violencia ha rebrotado en muchas favelas. Funcionarios de seguridad y sociólogos advierten que sin una mayor presencia del estado en los barrios, es más probable que los jóvenes y otros residentes de esas zonas pobres acepten el regreso de los narcos y otras bandas criminales.

En el Complexo do Alemão y sus alrededores, bandas armadas mataron a cuatro policías en emboscadas recientes. En Pavão-Pavãozinho y Cantagalo, dos favelas en las colinas que miran sobre las playas más populares de Río de Janeiro, volvieron a estallar tiroteos tras cuatro años de paz.

Algunas zonas "pacificadas" están tan fuera de control que la presidenta Dilma Rousseff aprobó la semana pasada un pedido del gobernador de Río de Janeiro para reforzar a la policía con tropas federales.

Antenas sin señal

Con la seguridad otra vez amenazada, muchos residentes ya no tienen fe en las promesas de una mejor salud y educación.

"Para muchas personas aquí la realidad es todavía la completa falta de servicios", dijo José Martins de Oliveira, un líder comunitario en Rocinha, la favela más densamente poblada de Río con 70.000 personas.

El y decenas de otros activistas se reunieron recientemente para planear una campaña exigiendo cañerías para el lodo fétido que aún corre por las alcantarillas abiertas de la Rocinha. El sonido seco de los disparos más arriba en la colina retumbaba en la habitación.

Al otro lado de la calle, una guardería pública está siendo terminada después de años de retrasos.

Leandro Lima, quien estudia para ser realizador de documentales, señala una antena encima de un farol en la calle, una de muchas instaladas en el 2010 por el estado para llevar la Internet de banda ancha a la comunidad, un proyecto denominado "Rocinha Digital".

"Busque la señal", dijo. "No existe", sentenció.

Como ocurre con los barrios pobres en otros lugares, las favelas de Río de Janeiro surgieron como consecuencia de las desigualdades sociales y el desarrollo errático.

Inmigrantes de las zonas rurales, sobre todo del nordeste históricamente pobre, llegaron a la ciudad en el último siglo en busca de trabajo y se instalaron en las colinas sobre los distritos más ricos. Allí la demanda de mano de obra era mayor y, además, tampoco había muchas otras opciones en una ciudad atrapada entre el mar, las lagunas y las montañas.

El alcalde de Río, Eduardo Paes, dijo el año pasado que las favelas eran una "solución" orgánica para la vida urbana.

Su densa y laberíntica arquitectura, resultado de un desordenado desarrollo a medida que las personas construían donde podían, ofrece una lección para poblaciones densas de otros lugares, explicó.

Pero los urbanistas critican las favelas tal cual están hoy, en especial los riesgos para la salud y la seguridad por culpa de los deshechos no tratados, cables de electricidad empalmados y construcciones irregulares.

"Claro, son una solución para los espacios reducidos. Pero no se pueden ignorar los problemas que ocurren", dice Luiz Carlos Toledo, un arquitecto que ganó en el 2005 un contrato para proponer un "plan rector" para Rocinha.

Los intentos por mejorar las favelas empezaron en la segunda mitad de la década pasada, cuando el boom económico de Brasil coincidió con un cambio en la marea de la política en Río de Janeiro. Por primera vez en décadas, las autoridades de la ciudad y el estado se aliaron con el gobierno federal.

El estado, que está a cargo de la seguridad, comenzó las pacificaciones a fines del 2008. Coincidiendo con el boom, la ofensiva de la policía dio a Río de Janeiro un brillo no visto desde los días de la bossa nova y los años dorados del fútbol, hace medio siglo.

Pero la euforia llevó a un exceso de auto confianza.

"Fueron hechas muchas promesas imposibles de cumplir", dice Eduarda La Rocque, presidenta de una agencia municipal que reúne datos y evalúa las necesidades sociales de las favelas. "Están habiendo inversiones, pero no al ritmo que muchos esperaban".

Los escépticos que viven en las favelas creen que lo poco que se logró hasta ahora es para mostrar resultados y dicen que las pacificaciones son una ilusión que se desvanecerá después de los Juegos Olímpicos.

Barrios no planificados

Un problema serio es la burocracia.

Diferentes agencias y niveles del gobierno son responsables por distintos aspectos del desarrollo. Mientras el estado se ocupa de la seguridad y del agua, por ejemplo, la municipalidad está a cargo de las escuelas y el transporte por carretera. Gran parte del financiamiento para proyectos de infraestructura, por otro lado, proviene de agencias federales.

Y la planificación es difícil en áreas que en el pasado ni siquiera existían a efectos oficiales.

Tareas aparentemente simples, como la recolección de basura, resultan difíciles en callejones desconocidos que no aparecen en los mapas. Las favelas, con sus casas mal edificadas y marañas de cables de electricidad improvisados, no son un terreno virgen donde los funcionarios pueden construir una ciudad planificada.

Eso significa que muchos proyectos demorarán todavía años.

Y luego están las dificultades imprevistas.

En Rocinha, el plan rector ideado por Toledo contemplaba una serie de tranvías para transportar a los residentes que viven en las colinas. El único intento, que remonta una colina conocida como Roupa Suja, o ropa sucia, es hoy poco más que una franja de concreto sin terminar, llena de basura.

"La topografía en estos lugares resultó mucho más difícil de lo que se pensó inicialmente", dice Ruth Jurberg, una arquitecta que coordina el uso de los fondos federales por parte del estado de Río de Janeiro.

Sin embargo, explica, los proyectos continuarán con fondos adicionales. Otros 1.300 millones de dólares en inversiones del gobierno federal están pendientes.

Algunos proyectos de desarrollo de alto perfil fueron de hecho entregados.

Desde el 2008 y con ayuda de fondos federales, el estado de Río de Janeiro ha gastado unos 360 millones de dólares en nuevos proyectos en el Complexo do Alemão, en particular un teleférico rojo que conecta la cima de seis colinas a lo largo de más de 3 kilómetros.

En Rocinha el estado gastó más de 110 millones de dólares en desarrollos como un centro de deportes comunitario, una clínica y un complejo de 144 apartamentos para alojar a los residentes cuyas viviendas fueron demolidas porque sus abarrotadas calles eran un foco de tuberculosis.

Pero hasta entre esas personas hay sentimientos encontrados.

Los residentes del complejo de apartamentos, por ejemplo, se quejan de que hay filtraciones. Las bombas y cañerías, explican, son tan débiles que los apartamentos están a veces sin agua.

"Esto parece muy lindo, pero es como si hubieran hecho lo mínimo necesario y después se olvidaran de nosotros", dice Rui Carrijo, un conductor de autobús escolar de 49 años que apila muebles y cajas en un lado de su dormitorio para mantenerlos a salvo del agua que se filtra por una pared.

Aunque el teleférico es popular entre los turistas y otras personas que quieren aprovechar la vista panorámica desde esos barrios antes inaccesibles, muchos en el Complexo do Alemão se encogen de hombros.

Las góndolas, dicen, complican el tránsito por el difícil terreno de las laderas. Y ahora el estado de Río de Janeiro quiere construir uno en Rocinha.

Anuncios en la favela denuncian el "telefante", un híbrido entre teleférico y elefante blanco. "Necesitamos alcantarillas, necesitamos escuelas, no algo para los turistas", dice Flavio Mendes, un empleado de una biblioteca de 37 años.

En el Complexo do Alemão, las rústicas calles debajo del teleférico contrastan con la espectacular vista desde las góndolas.

Escombros de una estación en construcción continúan apilados casi tres años después de que el teleférico fue construido. Una comisaría de policía tiene señales de un reciente tiroteo.

Cerca de la última estación, Patricia Pinheiro, una mujer de 24 años y madre de tres niños, se queja de que se pasó el verano yendo y viniendo para llenar un tanque de 20 litros en un grifo a 10 minutos de su casa.

Aunque las autoridades construyeron una cisterna para aumentar el flujo de agua, el servicio todavía falla, en parte porque algunos vecinos ansiosos rompieron parte del tanque al intentar acceder al agua.

"¿Puede ser tan difícil de arreglar?", pregunta. "Todos los barrios alrededor nuestro tienen agua".

Más hacia adentro de la favela, Oliveira, la mujer que aspira a trabajar en la guardería, está sentada junto con su abuela, Bemvinda, de 59 años, que ayuda a la familia con su jubilación de 380 dólares al mes.

Su esquina de la comunidad, a unos 20 minutos a pie de la mayoría de las tiendas y a una colina de distancia de la parada más cercana del teleférico, es pobre hasta en el contexto de la favela. Un caudal de desechos corre desde viviendas cercanas a lo largo de su casa.

"Vine aquí buscando una vida mejor", dice Bemvinda, recordando su llegada desde un estado distante hace casi tres décadas. "Y en realidad nunca lo encontré".