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Papa Francisco y el papa Benedicto XVI inauguraron el Año Santo

El papa emérito Benedicto XVI estuvo presente en la ceremonia dirigida por el papa Francisco | Foto: AP

El papa emérito Benedicto XVI estuvo presente en la ceremonia dirigida por el papa Francisco | Foto: AP

Al abrir la puerta de Santa de la Basílica de San Pedro junto al Papa emérito Ratzinger, Francisco rompió un protocólo que data desde 1475, cuando empezó la celebración del también llamado Jubileo Extraordinario

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El papa Francisco inauguró hoy el Jubileo Extraordinario de la Misericordia con una ceremonia en el Vaticano, a la que asistieron miles de fieles de todo el mundo y que concluyó con la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, que cruzaron él mismo y su antecesor, Benedicto XVI.

Es primera vez en la historia de la Iglesia Católica en la que dos papas, Jorge Bergoglio y el emérito Joseph Ratzinger, cruzan el umbral de esta Puerta Santa que permanecerá abierta durante todo el periodo jubilar, hasta el 20 de noviembre de 2016.

Más de 50.000 fieles de todos los rincones del mundo, según cifras ofrecidas por la delegación del Gobierno en Roma, acudieron al Vaticano para vivir una jornada histórica, la inauguración de un Año Santo que no sucedía desde el 2000, cuando entonces era papa Juan Pablo II, ahora santo.

La tradición del Año Santo se remonta al 1300, bajo el papado de Bonifacio VIII, quien decretó celebrarlo cada siglo. En el año 1475 se pasó a convocar cada 25 años para permitir a cada generación vivir al menos un Jubileo ordinario, mientras que los extraordinarios son anunciados a raíz de un acontecimiento de especial relevancia.

La ceremonia duró cerca de dos horas, desde su inicio a las 9.30 hora local (8.30 GMT) hasta que el papa Francisco cruzó el umbral para concluir su camino frente a la tumba del Apóstol San Pedro.

El Papa aseguró que entrar por la Puerta significa descubrir la misericordia del Padre y auguró un año para crecer en la convicción de la misericordia.

En su pronunciamiento destacó que fue "Un encuentro marcado por el poder del espíritu que empujaba a la Iglesia a salir de los escollos, que durante muchos años la habían recluido en sí misma, para retomar con entusiasmo el camino misionero".