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Retos del segundo mandato exigen la transformación de Dilma Rousseff

La presidenta de Brasil junto a su hija / EFE

La presidenta de Brasil junto a su hija / EFE

La presidenta de Brasil debe enfrentar una economía desacelerada, con una alta inflación y las cuentas públicas fuera de control, y un enorme escándalo de corrupción que paralizó a la Petrobras, la mayor empresa del país, y que amenaza con salpicar a varios aliados

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Dilma Rousseff, la economista de 67 años de edad que dependiendo de la época ha sido descrita como guerrillera, tecnócrata, gerentona, "mujer de Lula" y primera presidenta de Brasil, necesita una transformación para enfrentar los retos que le esperan en su segundo mandato de cuatro años, que inició hoy.

Una economía desacelerada, con la inflación en el límite máximo tolerado por el Gobierno y las cuentas públicas fuera de control, y un enorme escándalo de corrupción que paralizó a la Petrobras, la mayor empresa del país, y que amenaza con salpicar a varios aliados, figuran entre los desafíos que tendrá que superar en los próximos cuatro años esta mujer de fuerte carácter y fama de autoritaria.

Después de imponerse en octubre pasado al senador socialdemócrata Aécio Neves en las elecciones presidenciales más ajustadas y polarizadas en la historia de Brasil, Rousseff también tendrá que enfrentar a una oposición más fuerte en el Congreso y envalentonada por lo cerca que estuvo de impedir la reelección de la mandataria.

El apetito por cargos públicos cada vez mayor de la amplia alianza de partidos que sustenta su gobierno y un Partido de los Trabajadores (PT) sin un claro sucesor para la Presidencia tras 16 años en el Gobierno, incluyendo los cuatro del segundo mandato de Rousseff, también exigirán transformaciones de esta economista que nunca había disputado una elección antes de ser elegida jefa de Estado de Brasil en 2010 y reelegida en 2014.

Si en su primer mandato tuvo que luchar para dejar atrás la imagen de marioneta de Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente (2003-2010) que la apadrinó y la impuso como sucesora, en su segundo mandato, la llamada "Dama de hierro" tendrá que mostrar personalidad propia para hacer frente a desafíos inimaginables hace un año.

Pero esta hija de un inmigrante búlgaro y de una profesora brasileña nacida en un hogar de clase media del conservador estado de Minas Gerais ha demostrado desde muy joven su capacidad de transformación para superar desafíos.

La Rousseff de la década de los sesenta que los militantes del PT revivieron en la campaña electoral del año pasado con la fotografía de una joven erguida ante los militares que la interrogan es totalmente diferente a la presidenta que exhibió proyectos sociales que sacaron a millones de brasileños de la pobreza como argumento para ganarse otros cuatro años de mandato.

Entre esas dos Rousseff pasaron la que fue torturada y estuvo algunos años en prisión por su colaboración con grupos guerrilleros; la que se afincó en el sur del país para trabajar como técnica en gobiernos regionales y la que se destacó como tecnócrata en el primer Gabinete de Luiz Inácio Lula da Silva.

También irrumpió la "gerentona" que terminó coordinando el Gobierno de su antecesor como ministra de la Presidencia, la que se presentó prácticamente como "la mujer de Lula" para disputar por primera vez un cargo electivo y la severa jefa de Estado famosa por su carácter fuerte y por la forma como comanda con dureza el gobierno desde 2011.

"En mi vida personal enfrenté situaciones del más alto grado de dificultad, situaciones que llegaron al límite físico, soporté agresiones físicas que fueron casi insoportables y nada me sacó de mi rumbo, nada me sacó de mis compromisos ni del camino que tracé para mí misma", aseguró la jefa de Estado cuando miles de personas le corearon insultos durante la ceremonia de apertura del Mundial de Fútbol Brasil 2014.

Fue una alusión no sólo a las torturas de que fue víctima durante la última dictadura brasileña sino también al cáncer linfático que le fue diagnosticado en 2009 y del que se curó en 2011.

Dos veces divorciada y con una hija y un nieto, Rousseff apoyó en su juventud a grupos armados clandestinos que se oponían a la dictadura que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. Acusada de "subversión" por esa militancia, fue arrestada a los 22 años de edad y pasó casi 3 años en la cárcel, donde fue torturada durante semanas.

Ya en la democracia inició su carrera política como una de las fundadoras del Partido Democrático Laborista (PDT) en el sureño estado de Río Grande do Sul y sólo muchos años después, en 2001, se afilió al PT, donde algunos militantes del partido de Lula aún la ven como una extraña en el nido.

Su llegada al Gabinete de Lula en 2003 le permitió iniciar una meteórica carrera en el Gobierno que en ocho años la llevó también al Ministerio de la Presidencia, la cartera más influyente, y luego a su debut electoral como candidata presidencial en 2010.

Pese a que la oposición alegaba que el primer mandato de Rousseff sería una especie de tercer mandato de Lula o de protectorado del antecesor, imagen reforzada por los constantes encuentros entre padrino y ahijada para tratar sobre diferentes asuntos, la jefa de Estado supo mostrar una imagen propia, de gobernante eficiente.

Sin el carisma ni la experiencia política de Lula, Rousseff no sólo logró ganar una imagen de buena administradora en su primer mandato sino que mantuvo la de técnica eficiente, ambas demostradas al tratar crisis como la que surgió por escándalos de corrupción en su primer año de Gobierno y la generada por las manifestaciones por mejores servicios públicos que sacudieron a Brasil en 2013.