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Niño fue en busca de trabajo y murió en la frontera de Texas

Francisco Ramos Diaz, en el centro, padre de Gilberto Francisco Ramos Juarez / AP

Francisco Ramos Diaz, en el centro, padre de Gilberto Francisco Ramos Juarez / AP

El niño guatemalteco que encontraron muerto en el desierto es uno de miles que hacen el viaja Estados Unidos solos en busca de una mejor vida

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Gilberto Ramos querían dejar su frío y remoto pueblo montañoso para viajar a Estados Unidos, trabajar y ganar dinero y pagarle un tratamiento contra la epilepsia que padece su madre.

Ella le rogó que no se fuera. "Mi hijo me decía que se iba para ayudarme a curar mi enfermedad, pero yo le decía no te vas hijo", dijo Cipriana Juárez Díaz entre lágrimas en una entrevista con The Associated Press. "Yo no quería que se fuera porque con él tenía yo consuelo".

Como no logró convencerlo, le puso un rosario blanco que le garantizara un viaje seguro a través de la frontera.

Un mes más tarde, su cuerpo, en descomposición, fue encontrado en el desierto de Texas. El niño ahora se ha convertido en un símbolo de los peligros que enfrentan un éxodo de menores solos que cruzan la frontera ilegalmente con Estados Unidos provenientes de Centroamérica.

Las autoridades dijeron el lunes que Gilberto, de 11 años, ha sido uno de los infantes más pequeños que murió cruzando ese desierto. Pero sus padres dijeron el martes que Gilberto tenía 15.

Explicaron que les había tomado varios años hacer el trámite del registro de su nacimiento debido a que viven en una remota aldea en las montañas del norte de Guatemala. Cuando lo hicieron, se olvidaron de la fecha de nacimiento de Gilberto así que lo registraron con el día en que nació su hermano menor.

"Era un buen hijo", dijo Juárez. "Que Diosito que me dé valor para poder soportar cuando él venga (el cadáver sea repatriado)".

El cuerpo del muchacho fue encontrado sin camisa. Probablemente murió de insolación, pero aún conservaba el rosario que su madre le había dado.

Durante décadas, los adolescentes que salen en busca de trabajo en Estados Unidos constituyen buena parte de la población de hombres jóvenes que salen de América Central escapando de la pobreza y la violencia de las pandillas. Pero la cantidad de niños inmigrantes que viajan solos, sin compañía, y cruzan la peligrosa frontera ha visto un aumento en los últimos tres años.

Un aumento que se explica por el rumor que los inmigrantes han escuchado de manera insistente: que los niños que viajan solos o lo hacen con sus padres, son liberados por las autoridades fronterizas para darles una citación para comparecer a una corte de inmigración. Luego son liberados. En su aldea, Gilberto escuchó el rumor y pensó que si lograba cruzar la línea fronteriza se podía quedar en Estados Unidos, dijo su familia.

A los mexicanos que son atrapados en la frontera son capturados y devueltos a México, que usualmente está a unos cuántos kilómetros.

Ramos nació y se crio en San José de las Flores en una modesta casa de madera y metal laminado construida en la sierra de Cuchumatanes, en la provincia de Huehuetenango, fronteriza con México. Es un lugar hermoso, ubicado a unos 2,000 metros sobre el nivel del mar, con picos y cañones de exuberante belleza que contrastan con la pobreza extrema en la que viven sus habitantes.

No hay agua potable ni acueducto. El hogar tiene sólo una letrina. Comen tortillas y atole de trigo, una bebida similar a la avena, disuelta en agua o leche y que se toma caliente. Pero nunca hay suficiente para alimentar a todos.

El modesto grupo de casas donde Gilberto vivía sólo es accesible a pie, una caminata de kilómetro y medio en un camino rocoso, lleno de fango, entre cañones y las montañas. Gilberto hacía esa ruta, de casa a la escuela, todos los días. Cursó hasta el tercer grado antes de abandonar sus estudios.

"Él tenía que trabajar para ayudar a su familia", dijo Francisco Hernández, unos de sus profesores, que recordó que a Gilberto le encantaba dibujar. "Por eso dejó la escuela".

Gilberto y su padre, Francisco Ramos, cosechaban y limpiaban el maíz. Las cosas mejoraron cuando el hijo mayor de la familia, Esbin Ramos, logró llegar a Chicago y se empleó en un restaurante. Enviaba entre 100 y 120 dólares, cuando lo podía hacer. Ese dinero le permitió a su familia construir una casa de bloque de cemento de dos habitaciones, pintarla de verde y rojo brillante, y así reemplazar la casucha de madera.