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Mursi, el islamista pertinaz se enfrenta al desquite de la justicia egipcia

Mohamed Mursi, presidente de Egipto / EFE

Mohamed Mursi, presidente de Egipto / EFE

El proceso que se abrió contra Mursi y 14 dirigentes islamistas por la muerte de manifestantes el pasado diciembre se convierte así en un epítome de la convulsa relación del depuesto presidente con la judicatura, a la que intentó burlar en varias ocasiones para tratar de sortear sus trabas

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Tan poco carismático como pertinaz en sus decisiones, el expresidente egipcio Mohamed Mursi dividió en un año de mandato a su país y se enfrenta ahora al desquite de la justicia egipcia, con la que no dejó de tener desencuentros a lo largo de su presidencia.

El proceso que se abrió contra Mursi y 14 dirigentes islamistas por la muerte de manifestantes el pasado diciembre se convierte así en un epítome de la convulsa relación del depuesto presidente con la judicatura, a la que intentó burlar en varias ocasiones para tratar de sortear sus trabas.

Mursi fue recibido por el pueblo como el primer presidente del país elegido democráticamente, pero su experiencia terminó de forma abrupta, el pasado 3 de julio, cuando fue desalojado a la fuerza por el Ejército, después de que masas de egipcios tomaran las calles para exigir su marcha.

Alcanzó la jefatura del Estado en junio de 2012 gracias al poder y la capacidad organizativa de los Hermanos Musulmanes, tras vencer en una apretada segunda ronda electoral al ex primer ministro del depuesto presidente Hosni Mubarak, Ahmed Shafiq.

El presidente aglutinó no solo el voto islamista, sino también el de muchos que temían la victoria de alguien como Shafiq, a quien se veía como una figura del antiguo régimen de Mubarak (1981-2011).

Desde el comienzo, Mursi puso gran empeño en identificar su mandato con el triunfo de la Revolución del 25 de Enero de 2011, que derrocó a Mubarak, y en subrayar su condición de egipcio de a pie.

Además, como había prometido durante la campaña, su primera medida fue renunciar a la militancia en los Hermanos Musulmanes y en el Partido Libertad y Justicia (PLJ, islamista), que presidía.

En su primer discurso, en la emblemática plaza Tahrir, Mursi abrió su chaqueta para mostrar que no llevaba chaleco antibalas y se presentó como "el presidente de todos los egipcios".

Los millones de egipcios que tomaron las calles los últimos días de junio no podrían discrepar más.

Su entrada fue de carambola en la carrera por la Presidencia después de que el candidato principal de la Hermandad, Jairat al Shater, fuese descalificado.

De maneras sencillas y escasa estatura, este hombre profundamente religioso no oculta sus raíces rurales e hizo de la humildad una de sus bazas para conectar con el ciudadano.

En una de las escasas entrevistas que concedió como presidente, Mursi hizo gala ante los periodistas de Efe de la ambigüedad que tanto ha irritado a sus compatriotas, pero se mostró como un hombre tímido y afable.

Nacido el 20 agosto de 1951 en el pueblo de Al Adwa, en el delta del Nilo, nunca dejó de medrar dentro de la cofradía islámica, carrera que transcurrió en paralelo a su trayectoria profesional como ingeniero.

Entre 1985 y 2010 fue jefe del departamento de Ingeniería de la Universidad de Zagazig, adonde regresó después de haber trabajado durante tres años como profesor universitario en California (EEUU).

Tras ingresar en 1979 en los Hermanos Musulmanes, escaló en su organigrama hasta que en 1995 se convirtió en miembro del Consejo Consultivo, su máximo órgano de decisión.

Diputado entre 1995 y 2005, ese año perdió el escaño y al siguiente fue encarcelado durante seis meses por apoyar las manifestaciones de jueces reformistas.

Durante la revuelta que derrocó a Mubarak, fue recluido en una prisión al norte de El Cairo, de donde logró escapar dos días más tarde gracias al caos en los presidios tras la desbandada de los guardianes, por lo que también será juzgado próximamente.

Su victoria en los primeros comicios presidenciales democráticos en Egipto despertó temores en los sectores más opuestos al islam político y entre la minoría cristiana, aunque sus primeras decisiones, como apartar a la cúpula militar que gestionó el país tras la caída de Mubarak, fueron recibidas con aprobación.

Sin avances en sus promesas electorales, pero tampoco sin grandes fracasos, la desconfianza que le guardaba buena parte de la población estalló el pasado 22 de noviembre.

Ese día, Mursi blindó sus poderes ante la justicia hasta la entrada en vigor de una nueva Constitución, lo que motivó grandes protestas de la oposición, que lo calificó de "nuevo faraón".

Solo dos semanas después, al menos diez manifestantes opositores murieron supuestamente a manos de seguidores de la Hermandad, en el suceso que ha llevado a Mursi hoy al banquillo.

Desde entonces, fue incapaz de conseguir sentar en la mesa de negociaciones a la oposición, que, por otra parte, nunca mostró demasiadas intenciones de dialogar.

Como recordaba hoy a Efe el abogado islamista Mohamed Selim al Awa, que pretende defender a Mursi en el proceso, el expresidente está "muy animoso, y sigue tan tozudo como siempre...".

La polarización en el país fue en aumento hasta las masivas manifestaciones del 30 de junio para pedir su renuncia y la convocatoria de elecciones anticipadas.

La sorprendente irrupción de las Fuerzas Armadas con un ultimátum de 48 horas significó el comienzo del fin para Mursi, quien hasta el final reivindicó, al igual que hizo hoy en el juicio, su carácter de "presidente legítimo de la república".