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Londres también crece hacia abajo

Cuando esta tendencia se inició a finales de los años 1990, se trataba, sobre todo, de hacer pequeñas ampliaciones por debajo de la calle | Foto: AFP

Cuando esta tendencia se inició a finales de los años 1990, se trataba, sobre todo, de hacer pequeñas ampliaciones por debajo de la calle | Foto: AFP

Desde la recesión de 2008, la empresa de Schaaf crea grandes espacios en las casas de los opulentos barrios del sur y el oeste de Londres

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Cuando no se puede agrandar una casa hacia arriba por culpa de las reglas estrictas de las instituciones que velan por el patrimonio, los ricos de Londres optan por perforar el suelo para darse auténticos lujos.

En el barrio señorial de Westminster los obreros se ponen manos a la obra, ayudados de excavadoras, en lo que parece una mina bajo una lujosa mansión. Dice una leyenda, alimentada por los tabloides, que a veces estas máquinas se quedan en el fondo cuando terminan de excavar y nadie se molesta en recuperarlas porque costaría más de lo que valen.

Cuando esta tendencia se inició a finales de los años 1990, se trataba, sobre todo, de hacer pequeñas ampliaciones por debajo de la calle porque era más barato eso que mudarse, dijo a la AFP Paul Schaaf, socio del estudio de arquitectura The Basement ('el sótano') Design Studio.

Sin embargo, desde la recesión de 2008, la empresa de Schaaf crea grandes espacios en las casas de los opulentos barrios del sur y el oeste de Londres. Las solicitudes de permisos para este tipo de obras se han disparado: en 2013, el ayuntamiento del distrito de Kensington y Chelsea recibió 450 demandas frente a las cerca de veinte de hace 10 años.

"Hablamos de construir de dos a tres niveles, que se extienden bajo el jardín e incluso bajo la calle", se indigna Murad Qureshi, un miembro laborista de la Asamblea de Londres, el organismo integrado por miembros electos que controla las actividades del alcalde de Londres.

A menudo, este nuevo espacio alberga una lujosa piscina de mármol, un cine en casa o un garaje para los coches clásicos. "Son realmente los super ricos los que agrandan las ya muy grandes propiedades", dijo, calificando el resultado de "casas iceberg". El año pasado, intentó, sin éxito, imponer límites a este tipo de obras en toda la capital.

Daños estructurales y ruido

"Muchos residentes están preocupados por los daños estructurales que pueden causar estas obras, sin contar con que la construcción de estos sótanos profundos es muy molesta para los vecinos", explicó Qureshi a la AFP. Los trabajos pueden durar meses o incluso años.

En la muy de moda plaza Orme de Westminster, unas cloacas se derrumbaron por donde habían pasado cientos de camiones cargados con la tierra retirada al excavar el sótano de una casa, propiedad de un famoso presentador de televisión inglés.

Dos vecinas enfurecidas, que desean permanecer en el anonimato, se pasean por el barrio en que el que viven desde la infancia y muestran su desagrado ante las obras por las que pasan.

Es extremadamente raro que en una calle no haya ninguna y la mayoría las acumulan. "Nos enfrentamos a la perspectiva de vivir en una zona de construcción durante décadas", suspira una de ellas. Al pasar por una calle cercana, se encuentran a una vecina que se suma gustosa a la conversación. El ruido, las restricciones de estacionamiento, el cierre de calles, el polvo: la lista de molestias parece interminable.

Todos esperan que su distrito acabe imitando a Kensington y Chelsea, el primero de Londres que, en 2014, adoptó finalmente normas para limitar estas construcciones: de ahora en adelante sólo se permitirá un nivel y no extenderse más allá del 50% de la superficie del jardín.

Derecho a la propiedad contra el derecho a la paz 

"Llevamos a cabo una amplia consulta que llevó a la idea de que no había que prohibir los sótanos sino reducir su tamaño", dijo a la AFP Timothy Coleridge, el concejal conservador que ocupa el puesto de responsable de urbanismo del ayuntamiento del distrito de Kensington y Chelsea.

Hasta los residentes más enfadados saben que una prohibición total devaluaría el valor de su casa. "Soy conservador, normalmente me opongo a las restricciones a la propiedad (...) El problema principal no es que alguien quiera construir un sótano sino el efecto acumulado de cientos de sótanos construidos en nuestro barrio al mismo tiempo".

El ayuntamiento necesitó dos años para convencer a la agencia gubernamental a cargo de urbanismo, que por primera vez, explica Coleridge, aceptó "que hay que tener en cuenta las molestias causadas por las obras".