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Lina Ron, a la española

La fundadora de la ONG La tierna esquina caliente, dedicada a la defensa en Barcelona, de la revolución bolivariana,  confiesa amar a Hugo Chávez por sobre todas las cosas y asegura que el espíritu de Ron se esparció entre mujeres bolivarianas y revolucionarias como ella

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Madrid.-Bolivariano. Para ella todo es bolivariano. Su vida, sus compañeros, los saludos, los encuentros, las despedidas, el futuro, la vecina, su familia, y hasta las melodías de su teléfono celular. El rojo es el color de cada una de sus camisetas, del esmalte de sus uñas, de la gorra que lleva puesta y del labial que repone con vanidad y entusiasmo. Hugo Chávez. Su dios, el comandante, el nuevo Libertador, la esperanza, su guía y protector.

Llegar a ella no es fácil. Sus camaradas la protegen con un anillo de seguridad riguroso y muchas veces intangible. Son como capas de cebolla que van quitando a medida que te miran, examinan, interrogan, fotografían y cuestionan. La duda sigue siempre en pie. Pero finalmente abren el círculo para que conozcas a quien para ellos es la resurrección de Lina Ron. Eso sí, a la española.

Se trata de Omaira González, una mujer que nació en La Guaira, en un año que confiesa ya haber olvidado. Sus padres, canarios, huyeron en la época de la post guerra española. Ella luce una melena marcada por un tinte amarillo. Pero amarillo pollito. Su atuendo cuenta con la simbología de un Chávez sano, animado, desafiante, con el puño arriba como en los buenos tiempos. Lleva además consigo una carpeta repleta de folios que detallan las misiones del Gobierno y las copias de los últimos discursos del Presidente. Su lema de vida es: Rodilla en tierra con mi comandante.

Se siente Lina Ron. Con ella estableció una relación marcada por el intercambio de mensajes vía Twitter. "Yo no le llego ni al dedo meñique a Lina Ron, pero sé que el día que ella murió repartió su espíritu en un montón de mujeres revolucionarias y bolivarianas, yo soy una de ellas, y me siento atrapada en su espíritu, en su lucha".

González confiesa que cada día enciende una velita a Lina. Le pide fuerzas, cierra sus ojos y recuerda como un credo las últimas dos frases que le dijo: "A estos (la oposición) no hay que creerles ni el padrenuestro" y "Somos muchos y no mochos".

Para sus compañeros en España es Omaira. Pero también es Lina. Son dos nombres que se entremezclan con orgullo. Es la líder, es la comandante, es la presidente. Sólo basta con asistir a algunas de las concentraciones para conocer como Ron es evocada continuamente en España.

La sucursal

Pero no sólo Ron ha ganado una doble en la península ibérica. La conocida Esquina Caliente del centro de Caracas también. Pero con un nombre más suavizado: La Tierna Esquina Caliente, una asociación que reúne a unos 80 venezolanos adeptos al gobierno del presidente Chávez.

Cada martes, estiran una bandera tricolor - con sus ocho estrellas - en la entrada del Consulado de Venezuela en Barcelona, donde reparten materiales informativos del Gobierno nacional, escuchan canciones revolucionarias y critican con especial cuidado los últimos pasos del que consideran su enemigo: la oposición.

"Llevamos dos años despejando mentiras de la oposición, dando "compotas" de la revolución bolivariana, tenemos nuestra propia esquina caliente para que la gente venga a despejar sus dudas", apunta.

Es esta misma asociación la que ha protagonizado una investigación por las principales ciudades españolas para conocer a los venezolanos que han sido víctimas del desempleo, los desalojos, la pobreza crítica. Omaira González había esquivado todas estas circunstancias, pero la crisis española también ha tocado su puerta. Hoy está desempleada, a punto de abandonar su casa y con el futuro incierto.

Propone la creación de una ciudad socialista para todos aquellos venezolanos que vivan en el exterior, que quieran regresar. Lo pide alto y claro: casa y trabajo.

Adecos disfrazados

Nadie le paga ni un centavo. Esta Lina Ron española se las arregla con ayuda de sus camaradas. Ella misma prepara los sándwich, traslada a las personas, convoca los actos y redacta la propaganda política.

Acusa con despecho a algunos representantes diplomáticos de ser adecos disfrazados, porque en los dos años de actividad política y épocas de elecciones no le han brindado apoyo alguno. "Tú vas a Venezuela y en cada dependencia del Gobierno todos los trabajadores llevan con orgullo su chaqueta roja, con el sello de la revolución bolivariana y en los consulados de aquí hay muchos que no viven ese sentimiento, están pegados al puesto y nada más".

La red que apoya a González comienza con su marido, quien la acompaña a cada acto, le sostiene los móviles, le fiscaliza los encuentros, y en muchas ocasiones es el principal custodio de su seguridad. Es musculoso, alto y 10 años menor que ella. "Creció en Petare, donde antes los niños no jugaban, sino que vendía periódicos", detalla con orgullo ella.

Los recursos de la asociación salen de su propio bolsillo. "Cada traslado al Consulado para hacer una actividad cuesta 75 euros, imagínate como vivimos, cuando tenemos un ingreso de 1.000 euros al mes entre mi esposo y yo".

Para González esto es parte de ser bolivariano. El deber que exige la patria. "Tenemos que cuidar la independencia que tanto costó a Simón Bolívar, y la liberación del capitalismo que tanto ha costado al comandante".

Una sola realidad

Cada encuentro con González significa un recuento de lo que considera que son los logros de la revolución chavista. Con ella no hay plan B. Basta estar con ella 60 minutos para que te enumere 60 aspectos positivos de su comandante. Una y otra vez. Es su estrategia. Está orgullosa de las políticas para jubilados, de la nacionalización de las empresas, del reconocimiento de la faja del Orinoco como la mayor reserva de petróleo, de Barrio Adentro, entre otros que repite con total solemnidad.

Eso sí, todo aquello que se diga en contra tiene un responsable. Se trata del canal de televisión, al que bautiza Globoterror.

Para esta mujer ha llegado la hora de volver a ese "sueño venezolano" que pregona. Ha vivido los últimos 15 años entre Estados Unidos y España. Ya conoce Disneyworld y la Sagrada Familia, ahora González quiere volver a la cuna de su líder, a la esquina de Lina Ron y a la vida de sus camaradas. "Por ahora", sonríe y se despide.