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Los rehenes de Unasur

Rafael Roncagliolo, Canciller de Perú

Rafael Roncagliolo, Canciller de Perú

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La renuncia del canciller de Perú Rafael Roncagliolo confirma que los presidentes en ejercicio que representan la Unión de Naciones Suramericanas se han convertido, sin quererlo, en rehenes del autocrático mandatario de Venezuela, Nicolás Maduro.

No hay nada que pruebe lo contrario a la presunción de quien esto escribe que la salida de Roncagliolo del cargo respondería a un pedido de Maduro, trasmitido, sabe Dios bajo qué códigos sutiles, suficientes como para que Ollanta Humala y Roncagliolo entendieran que así son las reglas de nuestro trato bilateral con Venezuela.

Hay sin duda una vieja factura de apoyo político que no ha terminado de cancelarse y que el chavismo no olvida de cobrársela en cuotas de sangre que esta vez tocan, en su fuero más íntimo, a una institución que no se merece ese trato: nuestra Cancillería. Lástima que el vejamen de por medio lo haya encarnado Roncagliolo y su afán por reencausar Unasur, cuyas convocatorias solo pueden concretarse por consenso.

O sea nunca la Unasur podrá reunirse para un llamado de atención mínimo a Maduro, pues él tendría siempre el poder de veto con solo no dar el consenso.

Esa es la Unasur que pretende reemplazar a la OEA. Brasil, auspiciador número uno, se equivocó junto con países realmente demócratas como Colombia, Chile y Perú, en caer en el juego venezolano, que no quiere que esa institución funcione como un foro de igual a igual y en defensa de la democracia sino como la corte regional dócil que sirvió a Hugo Chávez y que ahora tendría que servir Maduro, incondicionalmente.

“¡Roncagliolo, has cometido el peor error de tu vida!”. Estas fueron las palabras de Maduro (pronunciadas como lo haría cualquier matón de barrio) dirigidas al jefe de la diplomacia de Perú.

¿Qué cosa tan grave había cometido Roncagliolo? Pensar en voz alta sobre la necesidad de una nueva convocatoria de Unasur para plasmar un llamado al nuevo gobierno venezolano para que en aras de la democracia que pregona hacia afuera garantizara cierto grado de diálogo y tolerancia hacia la oposición.

Rocagliolo no había intentado sino ser coherente con la reunión anterior de Unasur, convocada por el presidente Ollanta Humala, para avalar la cuestionada elección de Maduro. La lógica política elemental aconsejaba que Unasur no podía servir, a nombre de la democracia de la región, únicamente para tranquilizar a Maduro en su sillón presidencial, sino para garantizar los derechos humanos de una sociedad que siente conculcados sus fundamentales derechos como el de elegir libre y limpiamente a sus gobernantes.

La inmolación de Roncagliolo, aunque haya contado con su colaboración final, tendría que servir para que los mandatarios democráticos en Unasur no vuelvan a prestarse a una payasada más de Maduro. Todos estos mandatarios (y Humala no se salva) van a ser con el tiempo el hazmerreir de una diplomacia madura y respetable que se merece mejores opciones de representación regional.