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Frank Vogl: Los más pobres son los que más sufren la corrupción

Frank Vogl, cofundador de Transparencia Internacional | Foto: GDA / La Nación/ Argentina

Frank Vogl, cofundador de Transparencia Internacional | Foto: GDA / La Nación/ Argentina

El cofundador de Transparencia Internacional señala que hay que generar oportunidades para que la sociedad se involucre, se movilice y reclame cambios. Se preguntó: "¿Cómo convertimos el rechazo a la corrupción en algo positivo?"

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No hay necesidad de insistirle a Frank Vogl para que diga su posición sin vueltas. Y no sólo sobre el azote de la corrupción. También sobre instituciones y sociedad civil. Cofundador de Transparencia Internacional en 1993, desde entonces Vogl lidia con regímenes opresores, funcionarios corruptos, organismos internacionales pasivos y, a menudo, comunidades que prefieren mirar para otro lado.

—¿La metodología de la corrupción es hoy más compleja que décadas atrás, cuando se apelaba a maletines repletos de dólares en vez de involucrar transferencias electrónicas secretas entre paraísos fiscales?

—Eso es cierto sobre el lavado de dinero, que hoy es mucho más sofisticado. Pero la matriz de la corrupción sigue siendo la misma: empresas que ganan contratos gubernamentales y entregan dinero negro a los funcionarios que definen esos contratos. Por eso, ayer y hoy, el principal foco de corrupción siguen siendo los contratos de los gobiernos más locales, sean de construcción, de servicios como la basura u otros. Y ni hablar de los contratos militares. Los gobiernos ocultan todo ese dinero bajo la cortina de la seguridad nacional y dejan cientos de billones de dólares dentro de una cajita negra.

—¿Siempre ha sido así?

—Oh, sí. Y tendrás que hacer un enorme esfuerzo para convencerme de que los gobiernos de China, Rusia, Francia, Gran Bretaña, entre otros países poderosos, ignoran los actos de corrupción cuando se trata de controlar los recursos naturales disponibles en África, por ejemplo, cuando esa operación va en línea con sus intereses.

—Y en cuanto al corrupto y el corruptor, ¿hay algunas características que aparecen una y otra vez cuando se los detecta?

—Voy más allá de las personas en sí. Los vínculos entre negocios y política siempre comienzan a enturbiarse cuando de por medio hay que financiar una campaña electoral. Porque a cambio siempre exigirán algo.

—¿Está a favor de la financiación pública de las campañas?

—Estoy a favor, como mínimo, de la transparencia absoluta y total del financiamiento electoral y de la fijación estatal de los límites al dinero que empresas e individuos pueden aportar.

—¿Hay algún país o alguna cultura con tendencias más corruptas que otra? 

—Le daré una respuesta muy inusual a su pregunta. Cuando eres la única superpotencia del mundo, tienes que ser muy astuto para lidiar con países que consideras de importancia geoestratégica vital, pero que son gobernados por cleptocracias. Y a eso se suma que la información circula hoy mucho más que décadas o años atrás. Sólo durante el último año se publicaron varios libros sobre cómo Pakistán ha operado en contra de Estados Unidos en Afganistán. Y aún así Estados Unidos entregó más de 25 millardos de dólares en ayuda a Pakistán durante los últimos años sin saber cuál fue el destino final de ese dinero. Estados Unidos también aportó 100 millardos en Afganistán y sabemos que mucho de ese dinero se fue a pasear. Entonces, antes de meternos con las "culturas" más o menos corruptas, es preferible hablar de la interacción entre "cleptocracia" y "democracia".

—Dado precisamente esos montos gigantescos, ¿cree posible que algún día desaparezcan los paraísos fiscales?

—Por completo, no. Pero sí creo que estamos ante una oportunidad única este año, cuando se reúna el G-20 en noviembre, en Australia. Entre otros motivos, porque los países del G-7 afrontan serios déficits fiscales y necesitan recaudar más, por lo que ven con interés avanzar sobre estos paraísos, aunque sea para reducir la evasión fiscal que los perjudica.

—Ahí surge la relevancia de los ciudadanos.

—Absolutamente. Sin el reclamo social, nada es posible. Porque la comunidad financiera no tiene interés alguno en cambiar los ejes del debate. Tiene que haber un movimiento de abajo hacia arriba para que el status quo cambie. Le doy un ejemplo: Burger King compró hace poco una pequeña firma canadiense y anunció que migraría su sede central a Canadá, por lo que pagaría menos impuestos. El reclamo social fue tan grande que, en su última aparición pública, Barack Obama debió afrontar preguntas de la prensa sobre Irak, Afganistán, Irán y?... Burger King. Se convirtió en un tema relevante porque el público así lo quiso.

—¿Hay algunas técnicas para movilizar más y mejor a la opinión pública en este tipo de asuntos?

—Ese es el desafío más grande: ¿Cómo lidiar con la complacencia ciudadana? La prensa puede publicar muchas investigaciones sobre corrupción, y los lectores pueden decir "esto es fascinante" o "esto es terrible", pero no hacen nada. Y eso lleva a políticos y empresarios a pensar "bueno, esto es lo normal". Por eso creo que las circunstancias de cada país deben generar respuestas diferentes. Por supuesto que desde la sociedad civil podemos recurrir a todas las herramientas con que ahora contamos para organizar y estimular a los ciudadanos, pero la clave es cuando se llega al punto de inflexión y la gente dice basta. Y mi impresión es que esos momentos ocurren cada vez más rápido, porque la gente está mejor informada que nunca.

—Con derivaciones insólitas. Gracias a la globalización, hoy es más fácil obtener información oficial sobre sociedades constituidas en Panamá o en Suiza que en Argentina. 

—La pregunta es si Argentina quiere terminar como Venezuela. Quiero decir, ¿es esa la referencia? 

—Si usted sigue en esto, tras todos estos años, es un optimista. 

—No es cuestión de ser o no optimista. Tengo amigos que trabajan en lugares peligrosos como Venezuela, Zimbabue, Rusia, Sri Lanka. ¿Por qué lo hacen, cuando son personas muy inteligentes y con otras opciones? Por un sentido de deber, porque sienten que ellos tuvieron una oportunidad y quieren lo mismo para sus hijos y para el resto.

—¿Cree que con eso alcanza para generar resultados? 

—Nadie sabe nunca cómo termina el juego. Hay que generar oportunidades para que la sociedad se involucre, se movilice y reclame cambios. La pregunta es: ¿cómo convertimos el rechazo a la corrupción en algo positivo? Y cuando se trata de las empresas, el planteamiento es: gracias a la sociedad civil, a Internet y a la globalización, hay un tren saliendo de la estación que reclama más transparencia y mejor rendición de cuentas. ¿Van a subirse a ese tren o van a verlo pasar? Porque, eso sí, no pueden parar el tren. Por eso, si sólo quieren ver pasar el tren, entonces los estándares de vida en ese país van a bajar. Tendrán cada vez menos socios en el mundo. Habrá menos y menos empresas invirtiendo. No por razones localistas, sino porque son marcas globalizadas.

—¿Cuál es la consecuencia de la corrupción?

—La indignidad humana. Creo con pasión que cualquiera debería estar en condiciones de progresar de manera honesta a lo largo de su vida. Es indigno que alguien tenga que sobornar a alguien para conseguir un teléfono de última generación, por ejemplo, que puede comprarse sin problemas en el extranjero. Pero es muchísimo más indigno lo que afronta una persona en una pequeña villa, que cada día tiene que pagar una coima al policía o funcionario, para que lo dejen vender en la calle. Y no olvide: la Primavera Arabe comenzó con el muchacho que se prendió fuego en Túnez porque era humillado cada día. Todo lo que quería era trabajar y la policía le decía
que no lo dejaría, salvo que le pagara una coima. Su muerte generó la indignación que generó todo lo que generó. La gente es siempre víctima de la corrupción. Y por lo general son personas fuera de la luz pública. Porque las personas más pobres son las que más sufren los estragos de la corrupción. Son escuelas que no abren, hospitales que no existen, pésimas redes cloacales y malas oportunidades laborales. Todo eso porque se roba tanto dinero público, impidiéndoles vivir una vida digna que es un derecho humano básico.  La prensa puede publicar muchas investigaciones sobre corrupción, y los lectores pueden decir "esto es fascinante" o "esto es terrible", pero no hacen nada. Y eso lleva a políticos y empresarios a pensar "bueno, esto es lo normal".