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Colombia abre la primera "universidad de minas antipersona" del mundo

Esta iniciativa es fruto de ese empujón, que intentará cumplir la ambiciosa meta impuesta por el Gobierno de librar al país de todo artefacto explosivo para 2025

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En las afueras de Bogotá se prepara para abrir sus puertas un pionero complejo que aúna investigación y entrenamiento para formar a los militares y civiles que limpiarán el suelo de Colombia de minas antipersona, un proyecto definido por sus responsables como una suerte de "universidad".

Son 18 hectáreas ubicadas en la fábrica de explosivos Antonio Ricaurte, en la localidad de Sibaté, donde se ultiman los detalles del bautizado oficialmente como "campo de pruebas técnicas y científicas para el desminado humanitario", una tarea que se ha priorizado en el país tras el acuerdo alcanzado con las FARC para eliminar estos artefactos.

De hecho, esta iniciativa es fruto de ese empujón, que intentará cumplir la ambiciosa meta impuesta por el Gobierno de librar al país de todo artefacto explosivo para 2025.

Para avanzar en ese objetivo se formó el Comité Científico y Técnico para el desminado humanitario, que alumbra este innovador complejo con la idea de que se convierta en banco de proyectos científicos y centro de experimentos.

El Comité está compuesto por representantes de cuatro universidades colombianas (Nacional, Javeriana, Los Andes y Militar Nueva Granada), Parques Nacionales Naturales de Colombia y la Industria Militar del país (Indumil), que se reunirán al menos una vez a la semana para analizar nuevas formas de acabar con las minas.

No se sabe cuántos de estos artefactos se encuentran sembrados en Colombia, donde según estimaciones del Gobierno están afectados 688 municipios, pero lo que sí se sabe es que por su detonación han resultados muertas o heridas 11.139 personas en los últimos 25 años.

Precisamente uno de esos supervivientes codirige el revolucionario proyecto. Es el capitán Óscar Buitrago Rueda, gerente de desminado humanitario para la industria militar de Colombia, que tiene muy presente su amarga experiencia a la hora de apuntar los objetivos del nuevo centro.

"El punto fuerte es desarrollar técnicas orientadas a desminar sin afectar a la comunidad y desarrollar productos científicos de las universidades de todo aquel colombiano que desee elaborar y desarrollar su propio producto para desminar el país", dijo.

Actualmente, para eliminar las minas hay que detonarlas "in situ", una tarea que puede ocasionar un ruido de hasta 280 decibelios que generan inquietud en comunidades rurales temerosas tras padecer hostigamientos y combates entre militares y guerrilleros demasiado cerca de sus casas.

Entre las alternativas que se estudian en este centro destacan el propelente, un químico que genera altas temperaturas y destruye la mina sin detonarla, casi derritiéndola, y el uso de microorganismos que se alimentan del material del que están hechos los artefactos.

Así lo explica el jefe del grupo de ingeniería de la fábrica de explosivos, Carlos Enrique Sarmiento, que comenta que en ambos casos se tiene "un avance significativo" que permite esperar que al menos el propelente esté desarrollado para final de año.

Sacarlo adelante será tarea del área de laboratorio electrónico, uno de los apartados del enorme complejo que incluye un centro de estudio de suelos al que se traerán diferentes terrenos de Colombia en los que se hayan encontrado minas antipersona, algo esencial si se tiene en cuenta que la orografía es el primer obstáculo para encontrarlas.

Por este motivo la capacitación incluye una importante "recreación" (ocupa casi el 99 % total de las instalaciones) de los terrenos selváticos donde los grupos armados siembran los explosivos, un laberinto de matorrales y complejos desniveles en los que los aprendices deberán buscar indicios de minas antipersona.

Otra parte del complejo está dedicada al entrenamiento de animales para rastrear los explosivos, en los que no se descarta la presencia de roedores para afrontar los nuevos retos de un arma que no ha dejado de evolucionar.

"Inicialmente se encontraban artefactos explosivos o minas con contenido metálico, pero han ido evolucionando y se han encontrado artefactos de plástico que hacen más difícil la detección", resume el subteniente del Ejército Carlos Alberto Niño, que dirige el laboratorio de química en el Centro Nacional contra Artefactos Explosivos y Minas.

Niño visita el complejo con curiosidad por las oportunidades que puede ofrecer para actualizar herramientas que permitan hallar los explosivos, su principal dolor de cabeza.

El campo de pruebas estará completamente abierto a finales de año para todo aquel que desee compartir lo que sabe y aprender porque, como indica el capitán Buitrago, "se puede decir que esta es la universidad de minas antipersona".