• Caracas (Venezuela)

Mitzy Capriles de Ledezma

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El peligro de jugar a la guerra

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La cúpula que controla el régimen venezolano hace sonar, otra vez, las trompetas de la guerra con un país vecino. Se trata de Colombia, con cuyos ciudadanos compartimos una misma historia presidida por las hazañas del Libertador Simón Bolívar. Somos alumbrados por un mismo sol, y nos cruzan los mismos ríos que compartimos. También hemos sobrellevado dificultades, como es natural que ocurra entre vecinos. Lo deplorable es llegar a los extremos, lo peligroso es “jugar a la guerra” irresponsablemente, cuando lo que debería privar es la sensatez, y utilizar cívicamente los medios diplomáticos para remediar cualquier malentendido.

Estas escenas de zozobra en las líneas que separan los territorios de Venezuela y Colombia se han venido repitiendo en los últimos 16 años, ya suman 4 veces el anuncio entre fanfarrias –y en algunos casos aderezado con la pólvora de los cañones– del cierre de la frontera. Las pérdidas económicas son muy altas para ambos países y, desde luego, lo que más duele es ver a esos seres humanos amontonados tratando de cruzar riachuelos, cargando sus enseres y huyendo de la violencia con que son tratados.

Escribo estas líneas desde el exterior, donde miles de compatriotas experimentan el exilio, tal como lo viven más de 1 millón de venezolanos aventados de su patria por el cúmulo de dificultades que nos atormentan. Como nunca, ahora escarmentamos en cabeza propia los trajines de los inmigrantes que llegaron a esta tierra y nos ayudaron a forjar el país que ahora extrañamos con nostalgia. Por eso y muchas otras razones de valor histórico y moral, no somos xenófobos, los colombianos están enraizados en nuestro tejido histórico y social. Insólito que se pretenda encender la mecha de un conflicto que busca crear un escenario que justifique establecer en todo el territorio nacional un estado de excepción que apunta, más que a “defender nuestra soberanía”, a esquivar la pauta electoral fijada para el próximo 6 de diciembre.

La victoria de la unidad es clara. No hay manera de que el régimen se saque de encima esa inmensa mayoría decidida a producir un cambio político en el país, comenzando por darles a los venezolanos un parlamento que responda al interés de la nación, y no de un grupito que usa nuestras instituciones para apuntalar un proyecto político que nada tiene que ver con los sueños de las familias venezolanas.

La diferencia es clara: los señorones del régimen amanecen todos los días inventando pleitos. Cuando no es con la Iglesia, es con los empresarios o ganaderos, o con los obreros de sindicatos que son tachados de apátridas si osan protestar por el alto costo de la vida. Peleas con Estados Unidos, con Panamá, con España, y muy de seguidas con Colombia. Nosotros, la alternativa unitaria, amanecemos pensando en la reconstrucción del país y de sus instituciones, en la concordia nacional.