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Mitchell A. Orenstein

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Mitchell A. Orenstein

El FMI se arriesga a perder Ucrania

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Para ganar la reelección en una economía estancada, el gobierno en ejercicio debe alentar el crecimiento. Es uno de los principios fundamentales de la política moderna. Pero aunque el deseo de Occidente es ayudar a sus aliados en el gobierno provisorio de Ucrania a ganar la elección general del 25 de mayo, parece que se olvidó de este principio.

En cambio, se ha puesto en marcha un plan para imponer a Ucrania el mayor paquete de austeridad jamás visto en Europa del Este. Medidas como estas no ayudan a ganar votos. El FMI pretende sumar caos al caos que ya generaron en Ucrania las acciones de Rusia. Alguien debería recordarle al FMI que la prioridad número uno debe ser la estabilidad política, no la aplicación de un discutible manojo de reformas de emergencia.

Hace tiempo que el FMI quiere imponer “reformas” económicas en Ucrania. Algunas de ellas son razonables, pero otras no; y los antecedentes del FMI con este país no son brillantes. Algunas de las que ya quiso hacerle adoptar, como la privatización de las jubilaciones, se intentaron en otros lugares y fueron un fiasco. El FMI a veces se equivoca. Ahora, el principal error que se arriesga a cometer en Ucrania se refiere a los subsidios al consumo y los pagos de transferencias.

Es cierto que hay que cortar la dependencia de las familias ucranianas respecto de unos exorbitantes subsidios a la energía, que en 2012 equivalieron a 7,5% del PIB. Pero en un país de clima frío, donde la mayor parte de la población necesita que la calefacción esté subsidiada para sobrevivir, y donde aumentar la eficiencia energética exige realizar enormes inversiones, retirar estos subsidios de un día para el otro es políticamente inviable. Ningún gobierno que lo haga sobrevivirá. Los subsidios se tienen que eliminar en forma gradual y compensando su eliminación con la entrega de ayudas en efectivo solo para quienes las necesiten (según cálculos del gobierno ucraniano, corregir la política energética del país costará 100.000 millones de euros, es decir, 139.000 millones de dólares); y estas reformas se deben aplicar después de la próxima elección.

Además, un tercio del ingreso oficial de las familias ucranianas procede de diversas clases de “transferencias” estatales, especialmente pensiones para mujeres ancianas, ya que los hombres ucranianos rara vez viven muchos años después de la edad oficial de retiro. En muchos casos, las beneficiarias de esas pensiones las usan para subsidiar a sus hijos y nietos, de modo que en definitiva son un beneficio para la mayor parte de la población del país, y muchas familias dependen de ellas.

Sin embargo, lo que el FMI pretende y lo que el gobierno provisorio de Ucrania planea hacer es precisamente recortar las pensiones (o anunciar futuros recortes drásticos) justo antes de la elección; según expresó el primer ministro Arseniy Yatsenyuk: “No tenemos otra opción”. Puede que Yatsenyuk esté dispuesto a tirar su futuro político por la borda, pero Occidente no debería permitírselo. No ahora.

El FMI y los gobiernos occidentales deben dar a Ucrania un respiro. Antes de la crisis financiera global, la economía ucraniana venía creciendo a buen ritmo, impulsada por la exportación de bienes industriales básicos como el acero; ahora, cualquier paquete de ayuda financiera de emergencia que se aplique debe permitir al gobierno sobrevivir a la elección de mayo y dar señales de un compromiso con impulsar de nuevo el crecimiento económico.

Luego, las instituciones financieras internacionales deberán concentrarse en diseñar un paquete de ayuda que no demande equilibrar el presupuesto a costa de los pobres. En vez de recortar subsidios al consumo, el FMI podría ayudar a Ucrania a mejorar la recaudación impositiva, ya que más de la mitad de la actividad económica se desenvuelve en el sector informal y no paga impuestos. También se puede pedir a los oligarcas hacer aportes a algún programa como condición para que sus regiones o industrias reciban apoyo. Y el FMI puede encontrar modos de alentar la eficiencia energética, por ejemplo, dar un crédito fiscal a las familias que compren calefactores de alta calidad.

A ningún gobierno exitoso de Europa del Este se le pidió aplicar un programa drástico de reformas y austeridad antes de una elección democrática, y sería una locura empezar ahora. En Polonia (la reformista estrella de la región) y en el resto de la Europa poscomunista, primero se esperó a que el gobierno obtuviera mandato popular y después se les pidió a los ciudadanos hacer los sacrificios necesarios para la reforma económica.

En la política ucraniana todavía falta lo primero. Si el FMI insiste en que el gobierno provisorio imponga medidas de austeridad inmediatas, obligará al país a entrar en territorio desconocido en un momento particularmente peligroso.

En síntesis, la estrategia de Occidente para Ucrania debe ser estimular la economía del país hasta la elección de mayo y entonces negociar un paquete de reformas con el gobierno que surja de las elecciones. Las reformas económicas de emergencia pueden esperar dos meses, la unidad y estabilidad de Ucrania, no.

*Profesor y director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Northeastern y asociado en el Centro de Estudios Europeos Minda de Gunzburg y el Centro Davis de Estudios Rusos y Euroasiáticos de la Universidad de Harvard.

Copyright: Project Syndicate, 2014.