• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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El teatro en Venezuela

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A la amistad de Grecia Meléndez, admiradora de Andrés Bello

 

El 17 de diciembre de 1843 circuló el primer número de la revista El Entreacto. Se publicó en Caracas y estuvo destinada a obsequiar momentos de solaz a las damas en –como indicaba su nombre– el entreacto de la función teatral. Fue el medio que encontraron sus editores (entre los que creo identificar al cubano José Quintín Suzarte, a quien me he referido en otras oportunidades) de impedir la circulación en los palcos de la prensa política, como El Relámpago o El Diablo.

Sus contenidos serían la música, la literatura, la moda, las costumbres, las biografías de artistas, las novedades. Pero, en la práctica, hubo escasa producción literaria y mucho de modas y novedades (bailes y reuniones privadas, sobre todo).

En lo personal, me habría gustado que trataran con mayor empeño la materia teatral, pero no era este el caso. En pocos momentos lo hacía y, cuando abordaba el asunto, era para orientar la conducta en el teatro. Por ejemplo, aconsejaban a las señoritas que disponían de un palco no dar la espalda a otra dama; en ese sentido, les sugerían no sentarse en la primera fila. También orientaban a los caballeros para que no obsequiaran a las señoras o señoritas los “cartuchos” (conos) de dulces. Les parecía penoso ver “manos delicadas sosteniendo esas pirámides de Egipto que podrían servir de armas ofensivas en un combate”.

Entre consejo y consejo, el gusto por el teatro siguió incrementándose. Fue en aumento el interés de los sectores menos favorecidos por la fortuna. Pero la gente hacía economías y lograba comprar la entrada. Dentro del recinto, se comenzó a sentir como en casa. Y, si estaban en recinto hogareño, no se cohibían al manifestar entusiasmo. En una columna en la que traté el uso de bastones y garrotes, comenté que esta última extensión de la mano se usaba en la representación actoral para exteriorizar la opinión.

Tanto si estaban contentos como si había molestias los golpes en el piso generaban intenso alboroto. No se sabía qué sentimiento era más desestabilizante de la paz teatral. Con esto me refiero a que si había molestia, se generaban escándalos y si había satisfacción por la escena que se presenciaba o la canción que escuchaban, también había escándalo.

El estrépito que generaba el regocijo se complementaba con los “bises”, como decía un comentarista molesto con la bullaranga teatral. Si la escena alcanzaba intensidad dramática, estos espectadores que pagaban 37 centavos por la entrada no esperaban que concluyera la actuación cuando todos, a coro, pedían la repetición. La pobre Margarita Gautier podía morir varias veces en una noche.

Alguien llegó a comentar por la prensa que si los actores seguían complaciendo a estos demandantes de bis, las funciones durarían el doble, serían “gemelas”. Así, la Compañía Blen, de España, que visitaba Caracas en esos días quedaba advertida. La molestia estaba justificada por cuanto había otra costumbre que era rechazada por los asistentes que se definían como “cultos”. Esa costumbre consistía en el estruendo de los aplausos que se escuchaban en el patio central, cuando algún momento generaba agrado. Eran aplausos que se oían en los momentos más inesperados y, para molestia de un comentarista habitual de la prensa, estallaban “en algunos pasajes que reclaman por su delicadeza un completo silencio”.

Ese patio central donde se producía la general conducta que he descrito lo llamaban “gallinero”. Sin embargo, en los palcos la conducta de los asistentes no era como para ser elogiada. Con frecuencia, los mozos hablaban, comían y reían durante la representación. ¿Qué comían?, me preguntarán. Pues, consumían importantes cantidades de maní, los que adquirían en conos diseñados para esos fines. Para rematar la conducta inapropiada, insistían en llevar los sombreros ajustados en la cabeza, con lo que impedían a quien estaba detrás ver la función.

Todavía debo tratar la cuestión referida a las obras que generaban mayor interés de público y las que eran rechazadas. Pero, pensándolo mejor, dejo la materia para otra ocasión.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com