• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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El sitio de Guayana

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A mi amigo Sady Silva (que nació en Upata)

 

Cuando se busca demostrar las experiencias más terribles vividas durante la guerra de Independencia hispanoamericana, uno de los hechos que se cita habitualmente es el bloqueo a Cartagena. Consecuencia de ese asedio, la ciudad amurallada cae en manos de Pablo Morillo el 6 de diciembre de 1815.

Si alguno de mis lectores ha tenido ocasión de leer mi Mujeres e Independencia: Venezuela 1810-1821, habrá tenido ocasión de conocer algunos detalles sobre esos hechos tan terribles. También habrán entrado en conocimiento a través de esas páginas de que, en Venezuela, hubo varias ciudades que sufrieron bloqueo en los años de lucha libertaria. Uno de los sitios que recuerdo en ese volumen publicado en 2013 es el que sufrió la capital de la Provincia de Guayana. El tal asedio fue impuesto por Manuel Piar en 1817.

Para aquel tiempo, esa capital era Santo Tomás de Guayana (también conocida como Nueva Guayana o Angostura). El sitio había comenzado el 12 de enero y terminó en julio de 1817. Es decir, duró seis meses y siete días.

Poco a poco se fueron agotando las provisiones. Cuando el hambre les arañaba las entrañas, uno de los testimonios que transcribí en mi libro fijaba este recuerdo: “Hasta nos comimos cuantas matas y raíces de plátanos y de otras plantas había en la población. Yo mismo vi muchas veces a señoras principales macilentas, pero valerosas y leales a España, recoger en las calles, acompañadas de sus escuálidos y hermosos niños, las yerbas que brotaban por entre las piedras, para cocerlas y comérselas”.

No solamente comieron hierbas que gozaban de poco prestigio culinario, pues tampoco despreciaron perros, gatos, zamuros y ratas. Cuando no quedaban animales con vida, echaron mano a un recurso desacostumbrado: los cueros que había en los almacenes y los que servían de forro a algunos baúles.

En fecha posterior a la escritura y publicación de mi libro, he dado con otros testimonios que hablan del bloqueo o sitio de Angostura. Siendo así, el día de hoy tomaré en cuenta lo dicho por testigos que no me habían sido familiares en tiempo atrás.

Según esos testigos, la idea surgió de los militares; a final de cuentas estaban más acostumbrados a sortear penalidades extremas. En efecto, aguzaron el ingenio y consiguieron ampliar la base alimentaria al considerar como único plato los cueros de vaca y novillos. Con el paso de los días, la técnica de cocción la fueron complejizando.

Al principio tostaban el cuero, lo pelaban con navaja y, después, lo ponían a cocinar con verduras y otras hierbas. Cuando se agotaron las vituallas, se les ocurrió un procedimiento más elaborado.

La nueva técnica consistió en tostar la pelambre en las llamas. Después de quemar el pelo lo raspaban bien hasta dejar el cuero totalmente blanco. Seguidamente introducían lo obtenido en una olla con agua. El remojo se prolongaba por 24 horas. Durante ese tiempo cambiaban el líquido 3 veces. “Cuando lo ponían a cocer –añade el testigo– le mudaban también el agua 2 o 3 ocasiones a los primeros hervores y luego lo dejaban hasta que estuviese bien cocido, echándole la salsa que a cada uno acomodaba, de modo que se hizo tan general que los comían los enfermos del hospital, y por las calles se vendía cuero con pira, cuero guisado, cuero con sopa, etc., etc.”.

Cuando el plato salió de los cuarteles y fue aceptado entre los pobladores, los encontró tan mal alimentados que en “cuerpos tan débiles empezaron a experimentarse hinchazones y disenterías que mataban a mucha gente”.

Al cabo de esos seis meses, la mitad de los vecinos murió de hambre. Cuando el jefe realista decide dejar la plaza en poder de los patriotas (los “insurgentes”, como los llamaban) alegó varias razones fundamentales. No contaban con víveres ni pertrechos de guerra; “solamente la sostenían un corto número de esqueletos ambulantes”.