• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

¿El rostro de Bolívar?

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A mi amiga Lulú Giménez Saldivia,

por su inteligencia y don de gentes.

 

Me había propuesto escribir sobre el tema que apunto en el título de hoy desde hacía algún tiempo. Para ser más exacta, desde el primer día que vi el supuesto retrato de Bolívar. Puesto en la mesa mi propósito, sirvo algunos argumentos para que mis receptores valoren esa imagen la próxima vez que la planten ante sus ojos.

En primer lugar, voy a tomar en cuenta el color de la piel que muestra el representado en esa iconografía. Para ello, comienzo por recordar que los hermanos Bolívar-Palacios llegados a la adultez fueron cuatro: María Antonia, Juana, Juan Vicente y Simón.

Quienes los conocieron han observado que la mayor y el último tenían semejanzas en sus rasgos físicos, sobre todo en el color de la piel y en lo oscuro del cabello. Los caracterizaba, además, un ligero prognatismo. Juana y Juan Vicente, por su parte, eran de piel blanca y tenían el pelo muy fino (si por fino entendemos su delgadez) y amarillo.

Si el autor del pretendido retrato de Simón Bolívar quiso elegir un tono de piel más oscuro (tal vez para darle “color local”) quiero invitarlo a mirar el conocido retrato de María Antonia y, sobre todo, los muchos  existentes con el rostro del Libertador. Quizás de esa manera advierta lo errático de su representación pictórica.

También pudo haber tomado en cuenta lo dicho por algún coetáneo del caraqueño. A tal propósito, traigo a cuento lo dicho en la Autobiografía del general José Antonio Páez. En el primer volumen, el llanero apuntó este detalle que no podemos perder de vista a los efectos que tratamos: “La tez, tostada por el sol de los trópicos...”. Es decir, esa piel no era originalmente oscura, fue “tostada por el sol”, a posteriori.

Y no se trata de esgrimir una defensa obtusa para decir que una figura de tales quilates no puede ser moreno, zambo o mestizo, sino blanco. Aquí de lo que se trata es del rigor histórico. No vaya a ser que ahora se le ocurra a alguien en el sector oficial decir que Bolívar llevaba un tatuaje en la frente y, a partir de ahí, poner a circular monedas donde aparezca el rostro del Libertador con un alacrán (o cualquier bichejo) estampado en el rostro, como bien podría ocurrir si seguimos con estos dislates.

El otro aspecto que quería tocar en relación con ese malhadado retrato tiene que ver con la fisonomía de quien se pretende representar. Con esto me refiero a un sello característico que observó todo aquel que conoció y trató de cerca a Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios. Es un signo que está ausente en la imagen objeto de este cuestionamiento.

O sea, uno de los rasgos más característicos de ese rostro es totalmente ignorado tanto por el dibujante como por quienes elogian los pretendidos méritos de esa representación. Apunto aquí a los ojos de Bolívar. La profundidad de esos ojos y el brillo de esa mirada eran marcas que lo particularizaban. La mayoría de quienes escribieron sobre él (como señalé) no pudieron dejar de observar ese sello que lo individualizaba. Veamos algunos de esos testimonios.

H. L. V. Ducoudray Holstein –quien tuvo trato inmediato con el autor del Manifiesto de Cartagena– apuntó en sus Memoirs of Simon Bolivar President Liberator of the Republic of Colombia que el venezolano tenía ojos de regular tamaño pero profundamente hundidos (“His eyes are of middle size, and sunk deep in his head”, fueron sus palabras precisas).

También Daniel Florencio O’Leary puso cuidado en describir los ojos del amigo: “Son profundos, ni pequeños ni grandes”, nos dejó consignado. En el Diario de Bucaramanga, Luis Perú de Lacroix coincidió con O’Leary y agregó otros detalles: “Sus ojos, que han perdido el brillo de la juventud, han conservado la viveza de su genio: son hondos, ni chicos ni grandes; las cejas son espesas, separadas, poco arqueadas y están más canosas que el pelo de la cabeza. La nariz es proporcionada, aguileña y regularmente plantada”.

José Antonio Páez pasó por alto el hundimiento de las cuencas pero sí tomó en cuenta otro punto de interés. Leamos las palabras que dedicó al aludido: “Sus dos principales distintivos consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de los ojos, que eran negros, vivos, penetrantes e inquietos, con mirar de águila”.

Podría ofrecer otras remembranzas de los coetáneos de Bolívar para demostrar las impropiedades del pretendido rostro al que apunto el día de hoy. Hay lugar para tratar, por ejemplo, la forma de la nariz. Perú de Lacroix la describe aguileña. No hay sino que comparar y sacaremos nuestras conclusiones.

Pero ese rostro espurio que nos han pretendido colar como imagen fiel del original es un atropello histórico, por decir lo menos. Basta hablar solo de los ojos del retrato. Esa mirada apagada, sin el brillo que nos han descrito los coetáneos del protagonista, entre ellos Páez; esos ojos que más parecen recién salidos del quirófano por manos de un mal cirujano, incapaz de eliminar las llamadas patas de gallo, esos no reproducen las cuencas hundidas que llamaron la atención de O’Leary o de Perú de Lacroix.

Si se habla de veracidad histórica, es evidente que no se ha tomado en cuenta lo expresado por el mismo interesado a propósito de los numerosos retratos que le hicieron en vida. El 29 de octubre de 1825 escribe a sir Robert Wilson, padre de su edecán Belford Hinton Wilson, desde Potosí. En esa carta dice al destinatario que se vale del general Miller, en viaje a Europa, para escribirle. De seguidas, agrega: “E igualmente me tomo la libertad de dirigir a vuestra merced un retrato mío, hecho en Lima con la más grande exactitud y semejanza”.

Apuntaba, desde luego, al retrato que le hizo el peruano José Gil de Castro. Recuerda Vicente Lecuna que, posteriormente, el coronel Belford Wilson regaló el cuadro al general Ballivián, presidente de Bolivia. No se detiene ahí el recorrido de la pieza pictórica, pues sigue Lecuna con un dato de sumo interés actual: “En el Palacio Federal de Caracas existe otro igual, del mismo autor, enviado por Bolívar a su hermana María Antonia”.

A pesar de los datos conocidos, ¿pretenden convencernos a los venezolanos interesados en la historia de nuestro país que esa imagen representa el rostro de Simón Bolívar? En mi opinión, esa pretensión no es sino una soberana falta de respeto para el Libertador y, desde luego, para quienes estimamos en lo que vale su memoria.