• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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El ¡gua! de las caraqueñas

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A mis colegas y amigos

María Josefina Barajas-Pausides González

La semana pasada no vacilé en definir la escritura de Francisco de Miranda como la inauguración de un nuevo estilo en la prosa nacional. Todavía más, me atrevería a asegurar que su sello ensayístico abre nuevo cauce a la prosística hispanoamericana. Siendo así, no lo califico de 'precursor' (como se le ha definido malamente en los ámbitos político e ideológico). Es mi opinión que, en el campo que destaco, nos hemos encontrado con un revolucionario.

Decía en aquel momento que su producción escrita superaba el estilo de escritura de su tiempo, donde el humor constituía uno de los recursos más socorridos. Ciertamente, a finales del siglo XVIII son frecuentes estos discursos que exploran las posibilidades de la risa.

En esa oportunidad, mencioné a Juan Antonio Eguiarreta como ejemplo elocuente de lo señalado. En efecto, este presbítero caraqueño logró en su tiempo celebrada notoriedad a propósito de unos versos que muchos no han vacilado de calificar como humorísticos. Antes de mostrar algunos de ellos, preciso ofrecer una noticias preliminares.

No está fijada la fecha exacta de su nacimiento, pero se estima que Eguiarreta nació alrededor de 1712. Este presbítero tuvo la ciudad de Caracas como lugar natal. Hombre dedicado al estudio, en 1732 obtiene el bachillerato en Artes y, en 1742, la licenciatura y el doctorado en Teología. Además, era dado a la escritura de versos, como veremos.

Cercano a cumplir nuestro eclesiástico los 61 años, llegó a la capital de la provincia un nuevo gobernador. El recién nombrado funcionario era natural de España, del reino de León, para ser más exacta. Se llamaba don Felipe Fondarviela (otro autores lo identifican como Fonsdeviela) y Ondeano. Era mariscal de campo y marqués de la Torre. Puso el pie en Caracas en 1771.

No llegó solo al nuevo destino. Tampoco había partido de España. Se hizo acompañar del regimiento Lombardía, cuando zarpó de Cuba a asumir la gobernación caraqueña. Lamentablemente para él, su desempeño estuvo empañado por razones administrativas. Ese proceder fue el detonante que marcó la pronta salida del cargo. A los seis meses de estar en funciones –el 20 de octubre de 1771–, fue obligado a regresar con el regimiento Lombardía a La Habana.

Queda claro que los oficiales (y las caraqueñas) no habían perdido el tiempo. Varios noviazgos surgieron en aquellos seis meses. Muy pronto en La Habana se comenzó a hablar del desconsuelo de las novias solitarias. No quedó allí el asunto. Casi de inmediato se dieron a conocer unos versos satíricos contra las habitantes de la capital provincial.

Bien mirados, no son rimas satíricas las que vamos a leer. La verdad sea dicha: más que ridiculizar, que hacer mofa, la idea es el insulto y la vejación. Digan si estoy mal encaminada, cuando lean la primera estrofa de la composición:

"Caraqueñas, que lloréis/ De Lombardía la ausencia,/ Y que con tal impaciencia/ Suspiros al cielo deis,/ Justo será: ¿mas no veis/ Que aquesa furia imprudente/ Manifiesta claramente/ A todo el orbe entendido/ Que vosotras no habéis sido/ Jamás tratadas por gente?".

No quedaban ahí las apreciaciones. El asunto seguía en una segunda estrofa que fue resuelta de esta manera: "Juzgabais a lo que entiendo/ Que Lombardía os amaba;/ Mas de vosotras burlaba,/ Según lo que estamos viendo,/ Pues que a cada instante riendo/ De vuestro trato está acá/ Porque nos dicen que allá/ La dama más melindrosa,/ A una expresión amorosa/ Corresponde con un 'Gua'".

No sólo se burlaban de las mujeres a quienes, en algún momento, los oficiales aseguraron amar. También la befa llegó hasta la ciudad. Un fragmento de la quinta estrofa, decide comparar La Habana con Caracas. El resultado fue éste: "Que esto es vida, y eso muerte,/ Eso es limbo, esto la gloria,/ Eso olvido, esto memoria,/ Esto es todo, eso la nada,/ Esto ciudad celebrada,/ Y aquello del mundo escoria". Sigue los elogios a la capital cubana que me excuso de transcribir en este momento.

Y ahí fue cuando Eguiarreta, lector de los versos habaneros, decide responder. La pretensión humorística es equivalente, como semejante es la intención manifiesta de vejar. Un fragmento de la primera estrofa la concibió para definir a las habaneras: "Habladora, bachillera,/ Desvergonzada, importuna,/ Hija de la vana luna;/ Pues desde allá te acomodas". No quedó ahí, lo que les dice en la segunda estrofa es peor: "Si es corte la gran Habana/ Por su trato y por su porte,/ Y estás sana en esa corte,/ Debes de ser cortesana". ¿Dónde fue a parar el respeto?

Y, acto seguido, queda expuesto a la luz un sentimiento que comenzaba a madurar: el sentido de pertenencia, el orgullo de lo propio. Sólo visto de esa manera despliega toda su fuerza expresiva la tercera estrofa de Eguiarreta: "No creo que los Lombardos/ Hablen mal de esta ciudad./ Pues es en la realidad/ De los lugares gallardos:/ Y son dicterios bastardos/ Que a creer no me acomodo,/ Pues su estructura, su modo,/ Su aire, su extensión y brío,/ Sus calles y su plantío/ No los tiene todo el mundo".

Después siguen varias estrofas donde se refiere al 'Guá' de las caraqueñas. ¿Cómo explica la expresión?, con apoyo histórico: "Es el 'Gua' expresión civil/ Que en Caracas se dispuso,/ Autorizada del uso/ Allá de los años mil:/ No es término bajo, vil". Siguen las razones lingüísticas: "Cualquiera conocerá,/ Aunque esté con frenesí,/ Que algún misterio hay aquí/ Reconcentrado en el 'Gua';/ Guanare se dice acá,/ Guarenas, Guaire, Guatire,/ Guaire, Guaiguasa y admire,/ Guacara, Guanaguanares, /Guaitoco, y diez mil a pares,/ Para que al 'Gua' no le tire".

Pero no vio nuestro presbítero la procedencia indígena de esas voces. Prefirió buscar los antecedentes en España cuando expresa en unos versos finales: "Vaya a España y hallará,/ Guadaña, Guadalajara,/ Guadarrama, y si no para,/ Guadalupe encontrará".

Para el momento de la polémica, Miranda ya estaba en España. Probablemente en esa oportunidad habría estado de acuerdo con esta explicación de Juan Antonio Eguiarreta. Pero también, estoy segura, al cabo de pocos años habrá visto con limpia inteligencia que eran voces indígenas las que daban soporte a ese Guá de las caraqueñas.

A partir de Eguiarreta, sabemos que en el habla de ellas era habitual el uso de esa interjección. De manera que cuando usted vea una película o asista a una obra de teatro o tenga ante sí una novela o poema ambientadas en esos años, esté atenta(o). En algún momento tendrá que aparecer la expresión que vengo tratando. De no ser así, sabremos que la investigación histórica fue deficiente.

alcibiadesmirla@hotmail.com