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Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Una cronista valenciana: Luisa Úslar de Lugo

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Por razones que no vienen al caso considerar en este momento, desde 1839 los redactores de periódicos y revistas venezolanos acentuaron el interés por atender el campo de la moda en el vestir. Como no era fácil encontrar especialistas en el área, optaron por dos modalidades. De un lado estuvieron los escritores que decidieron cubrir esas expectativas; del otro, se cuenta la reimpresión de ese tipo de columnas que tomaban de impresos europeos, sobre todo hispanos. Hay que señalar que la primera opción fue la mayoritaria.

En cuanto al otro caso, los aportes sobre el particular de las españolas Pilar Sinués de Marco, Josefa Pujol de Collado o la baronesa de Wilson se reprodujeron en todo el país. Ellas hablaban de la última tendencia en trajes, peinados, arreglos del cabello, calzados, abrigos, bolsos y joyas. Decían cuáles eran los cafés de moda en Europa o los paseos que privilegiaban las clases acomodadas de su vecindario continental.

En nuestro país, algunas de esas orientaciones eran tomadas con desenfado. Por ejemplo, lo relacionado con la indumentaria era aceptado en la medida que lo permitían las circunstancias (costo y clima, desde luego). Pero en cuanto a paseos, no eran atractivos para lectores y lectoras porque, en ese campo de competencia, nuestras costumbres eran otras.

Esa diferencia estaba marcada, desde luego, por las imposiciones que la fachada urbanística de nuestras ciudades imponía. En ellas no había grandes paseos ni abundaban los teatros. Por ello, eran conscientes de la distancia que nos separaba de Londres o París. Fue así como, mientras en esas ciudades europeas se apostaba por las salidas fuera de la casa de habitación, en Maracaibo, Caracas o Valencia se optaba por las reuniones en el recinto hogareño. Era lo que se llamaban “tertulias”.

De tal manera, aquellas crónicas decimonónicas privilegiaron en nuestro país la descripción de las fiestas privadas, las consideradas de abolengo. Es decir, mayoritariamente esas reseñas sociales atendieron la diversión en el espacio privado. La descripción de alguna fiesta: decoración, platos y bebidas ofrecidas a los invitados, indumentaria de los asistentes (sobre todo de las damas), era asunto al que se dedicaba atención. En la década de los ochenta, esos escritos eran más extensos que en décadas anteriores, pues abundaban en la prolijidad de sus observaciones.

Valga la pena señalar la larga nota publicada en Valencia en 1880, donde se describía la fiesta ofrecida por Antonio Guzmán Blanco y su esposa, Ana Teresa Ibarra de Guzmán Blanco, en ocasión del inicio de año. Por mediación de la prensa, los lectores se enteraron de que la fiesta (el “sarao”, como se llamaba entonces) había comenzado a las 10:00 de la noche del 1º de enero.El ojo observador no perdió detalle cuando llegó a la Casa Amarilla, lugar de la recepción.

Todos los espacios fueron adornados con arreglos florales en los que tuvieron protagonismo tanto ejemplares tropicales como los propios de la naturaleza europea. Cada bouquet se presentaba cuidadosamente dispuesto en jarrones de porcelana de Sevrés y en cristales de Bacarat. Ni qué decir de la iluminación. Era radiante la luz que provenía de miles de bujías que, como señalaba la crónica, “convirtieron aquella noche feliz, en el día más claro y más hermoso de nuestro cielo americano. ¿Y de qué modo?; que al llegar la aurora con sus esplendentes rayos, nadie de ella se apercibiera, porque esa noche toda fue una aurora continua”.

En cuanto al arte culinario, hubo profusión de manjares exquisitos buscados “en todos los países del mundo, y con riquísimos vinos que se hacían paladear sabrosamente, traídos de las cavas europeas”. Por lo que toca a la armonía, no se ocultaba el propósito de deleitar “nuestras almas, nuestros oídos con sorprendente y melodiosa música”.

Acto seguido, los lectores encontraban detalladas descripciones de los trajes y adornos llevados por algunas de las damas asistentes al sarao. Se abrió el catálogo con la exquisita indumentaria que engalanaba el fino paso de la anfitriona. Hela aquí:

“¡La señora del señor Presidente de la República, vestía un traje de un gusto y de un costo, si se quiere extraordinario! ¡Qué tela, qué corte, cómo lo sabía llevar! Sin duda alguna que bien podía lucirse en cualesquiera de los regios bailes de las cortes europeas. Era de fino raso, terso y brillante, de la China, de un color perla indefinido, estampado con hermosísimas flores de suavísimos colores; con una larga y bien dispuesta cola, que la sabía llevar con una maestría y elegancia admirables. Su peinado estaba aderezado rigurosamente a la última moda; esmaltado con ricos y lucientes brillantes. En su hermosa y contorneada garganta lucía un collar de famosos brillantes, que era una verdadera Riviére. Pendiente de sus orejas lucían dos grandes y refulgentes estrellas de brillantes. Ricas pulseras también de brillantes adornaban sus brazos. Y en su blanco pecho lucía un espléndido broche de brillantes. Todo ese conjunto de gusto y de riquezas, llevado por una mujer hermosa y elegante eran de un efecto admirable”.

De esa guisa seguía la presentación de cada una de las damas principales, dialogantes en tan concurrida reunión. Hay que observar un detalle: los hombres fueron casi ignorados, apenas alguna que otra pincelada de conjunto.

Llegados a este punto no he señalado un dato de suma importancia. La mano que elaboró esa crónica social rompió esta vez con los acostumbrados esquemas. En tal ocasión, la autoría correspondió a una mujer. Se trató de Luisa Úslar de Lugo. No era la primera vez que escribía para la prensa, pues lo venía haciendo desde la década anterior. Con ella la escritura femenina venezolana consolidaba un nuevo campo de dominio al incursionar en un ámbito donde, tradicionalmente, la mujer del país había estado ausente. Por otro lado, ella sostenía en su hogar valenciano una tertulia que alcanzó justa fama en su tiempo. Pero este tema es asunto de otro cantar.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com