• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

La baronesa de Wilson en Venezuela

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No obstante la significación que tuvo para Latinoamérica la producción escrita de esta novelista, poeta, dramaturga, cuentista, periodista, biógrafa, traductora, pedagoga, historiadora y viajera española nacida en 1833 o 1834 y muerta en 1923, es poco lo que sabemos en el presente de sus vinculaciones con esta parte del mundo. Es decir, no se ha estudiado suficientemente la trascendencia que tiene para nosotros la figura intelectual de Emilia Serrano, conocida comúnmente con el distintivo que eligió para identificación propia: baronesa de Wilson.

El nombre que elige como sello propio deriva de su primer matrimonio: casada con el barón de Wilson, enviuda y, poco después, adopta la nueva identificación para su trabajo intelectual. Años más tarde, acepta otro compromiso matrimonial, esta vez con el doctor Antonio García Tornel.

Durante más de doce años recorrió el territorio americano en su propósito, manifestado en reiteradas oportunidades, de escribir una “Historia de América” o “Historia general de América”, como definía indistintamente su proyecto. En su desempeño viajero podemos hablar de una proeza que abarca tres continentes, porque no solo trazó con su andar peregrino el mapa de Europa, sino también el de Estados Unidos y Canadá, y, desde luego, el de América Latina. Fue así como visitó el imperio del Brasil, República Argentina, Paraguay, Uruguay, Patagonia y Tierra del Fuego, República de Chile, República de Bolivia, República del Perú, República del Ecuador, América Central, Estados Unidos de Colombia, Estados Unidos de Venezuela, República de México, Estados Unidos, Santo Domingo, isla de Cuba y Puerto Rico.

Para el momento de su llegada a nuestro país en diciembre de 1881, era conocida sobre todo por ser autora del Almacén de las señoritas, libro leído, además, en todo el territorio hispanoamericano, donde vendió 140.000 ejemplares. En realidad, el reconocimiento en Venezuela venía de tiempo atrás, pues la revista La Caprichosa, fundada en París por Emilia Serrano de Wilson en 1857, contó con nutrida suscripción.

En su periplo venezolano no solo estuvo en Caracas sino que también recorrió otras regiones (Puerto Cabello, Valencia, los valles de Aragua y del Tuy, y poblaciones cercanas). Había tomado una embarcación marítima en Cartagena (Colombia). De ahí pasó a Puerto Cabello, donde permaneció algunas horas. El lunes 19 de diciembre de ese año de 1881 llegó la baronesa a La Guaira. Al siguiente día siguió a Caracas. Al momento de su llegada, la visitante contaba 37 años.

Como tenía un bien ganado prestigio de mujer de elevadas dotes, el presidente Antonio Guzmán Blanco giró instrucciones a las autoridades de Puerto Cabello y La Guaira para que fuera recibida con deferencia. Sus instrucciones fueron cumplidas con extremo celo. Hizo más el presidente. Por medio de un decreto dispuso que se permitiera a la visitante el examen de los archivos públicos. El mandatario sabía que la escritora estaba preparando una “Historia general de América”. Además, decidió que se entregara del tesoro público la cantidad de 16.000 bolívares para que enfrentara los gastos demandados por su investigación.

Con ese decreto tenía la visitante garantía de apoyo irrestricto en todas las instancias gubernamentales, y un monto en metálico nada despreciable si tomamos en cuenta que el salario mensual de una maestra oscilaba entre 140 y 160 bolívares, de los cuales tenía que pagar el alquiler del local que, habitualmente, era de 40 bolívares.

Nuevas demostraciones de hospitalidad presidencial recibió la española. Esta vez al ser invitada, a los ocho días de su llegada, a una fiesta oficial que daban el presidente y su esposa. Se trataba de una convocatoria solemne cursada desde la casa de gobierno en ocasión de iniciarse el año 1882. Es decir, la visitante había llegado el 20 diciembre y a los pocos días, el 1º de enero, asistía a una recepción a la que, sin lugar a dudas, todos querrían concurrir. Por todas esas medidas que la favorecían sobremanera, no es para sorprenderse las frases elogiosas que concibió en repetidas ocasiones para encomiar la labor llevada adelante por el presidente.

Todo indica que la “Historia general de América” no fue preparada por la autora. En su defecto, a su regreso a España publica varios libros donde ofrece la semblanza de escritores y escritoras que leyó y/o conoció en sus años americanos. Una de esas obras la tituló América y sus mujeres; la otra, Americanos célebres.

Este último título (en dos tomos) de la baronesa de Wilson, puede leerse como un cuestionamiento a Guzmán Blanco. Y sostengo lo anterior porque, entre los venezolanos de mérito que incluye en su obra, no está el presidente conocido con el título oficial de Ilustre Americano.

En realidad, el catálogo de venezolanos favorecidos por la autora –por cuanto no era una obra exhaustiva– es, en líneas generales, de justicia. En el primer tomo leemos las biografías de Simón Bolívar, Francisco de Miranda, Antonio José de Sucre (a quien, por cierto, llama José Antonio Sucre), José Antonio Páez y el padre de Guzmán Blanco: Antonio Leocadio Guzmán; el segundo tomo incluye datos biográficos de Juan José Flores, Andrés Bello y Joaquín Crespo.

En fuerte contrapeso, incluye a Joaquín Crespo quien, necesario es señalar, no tenía la proyección continental (ni nacional) de los otros personajes que incluyó en su obra. En uno de mis escritos he asomado que el matrimonio formado por Jacinta y Joaquín Crespo era amigo de la escritora española. Visto así, se explica que América y sus mujeres abra con el retrato de doña Jacinta y que, además, incluya como dedicatoria una cariñosa carta de la autora dirigida a la ex primera dama venezolana.

Siendo de esta manera, ¿qué la llevó a cambiar de opinión en relación con Guzmán Blanco?, ¿qué pudo haber ocurrido para que asumiera una postura tan diametralmente opuesta al cabo de cinco o seis años, después de su partida de Venezuela y mientras preparaba los dos tomos que hacen Americanos célebres?, ¿hubo inicialmente un momento de deslumbramiento ante la presencia del presidente Guzmán Blanco y, después, vino la etapa del desencanto?

Después de lo dicho creo posible sostener que para el año de 1888, cuando publica Americanos célebres, la baronesa de Wilson se había formado un juicio muy distinto sobre Antonio Guzmán Blanco, juicio que, desde luego, lo desfavorecía. Es probable que, por vía de los Crespo, haya obtenido referencias sobre el Autócrata Civilizador (como lo llamó R. A. Rondón Márquez) que la llevaron a corroborar lo que había visto u oído en Caracas durante sus cuatro meses de permanencia en el lugar. Estoy hablando del personalismo y sus secuelas.

El hecho cierto es que la permanencia de Emilia Serrano en el país visitado fue relativamente breve, si la comparamos con el tiempo que permaneció en otros lugares del continente. Tan solo estuvo en Venezuela poco más de cuatro meses. Salió de Caracas en un coche con rumbo a la población guaireña en la mañana del sábado 22 de abril de 1882.

Llaman la atención las circunstancias de su despedida. No hubo, como sí se produjo en el país que venía de visitar, Colombia, fiestas y reuniones para agasajarla; tampoco brindis en su honor o lectura de poemas u otros escritos recitados en homenaje. En Venezuela no se generaron esas gentilezas. Si hubo alguna reunión en determinada casa de habitación particular, no se supo por la prensa. Extraña este silencio porque este tipo de actividades era reseñado por los periódicos como prueba de adelanto civilizatorio. Era, en efecto, demostración que quería evidenciar cuán hospitalario se era. En todo caso, resulta llamativo el contraste cuando recordamos las señales de regocijo mostradas cuando llegó.
Esa discreta salida nos lleva a pensar que algún extraño suceso tuvo que haber ocurrido. La sospecha se refuerza porque ella pensó, incluso, regresar a Caracas a terminar la redacción de “Historia de América”. Ese proyecto lo comentó a Antonio Leocadio Guzmán en carta enviada a este. Precisamente ese propósito se lo recuerda el anciano en otra misiva enviada a la baronesa en abril de 1882 al subrayar la idea de imprimir la obra en Caracas. Vista la noticia, saltan preguntas en serie: ¿por qué no volvió a Caracas?, ¿por qué esa partida en tan extrañas circunstancias?, ¿por qué tanto silencio colectivo?

Son preguntas que aguardan profundizar en las investigaciones y comprometerse en la búsqueda de una respuesta. En todo caso, recuerdan un caso similar con otro viajero: ¿o acaso la salida de José Martí de Caracas en julio de 1881 no amerita todavía mayores indagaciones?

alcibiadesmirla@hotmail.com