• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Un banquete campestre ofrecido por Páez

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La prensa lo tituló así: “Banquete campestre”. En esos renglones ofrecían el registro puntual de la comilona (no se puede calificar de otra manera) que ofreció el Centauro de los Llanos en 1835. La ocasión era propicia, pues había concluido su primer período presidencial. Para sucederle fue elegido el médico José María Vargas, o sea, un civil.

La nutrida reunión se había concretado en la residencia del ex presidente que, para ese momento, era La Viñeta. No debe confundirnos ese nombre con el homónimo que se conoció tiempo después. Y es que esta Viñeta se encontraba en las afueras de la ciudad, cercana a las orillas del Guaire. De hecho, se señalaba que la casa de habitación estaba circunscrita por “las dos últimas calles de la ciudad”.

Para retribuir los testimonios de aprecio que había recibido de los más cercanos en afecto, el presidente saliente decidió ofrecer el banquete que he mencionado. A tal efecto, eligió los jardines de su casa de habitación. Buena parte de los asistentes consideraron un acierto la renuncia a los adornos artificiales, y el lujo que de ellos se derivan, por las bellezas de la naturaleza.

En ese bucólico escenario se levantó una tribuna donde se colocó la orquesta y los coros. Durante las horas que duró la velada, esa orquesta y coro entonaban canciones patrióticas. No faltaron expresiones de entusiasmo que se manifestaba cuando las letras de las canciones “recordaban la historia de nuestras glorias marciales”.

El número de invitados no fue tan convencional como el escenario natural que sirvió de cobijo a los concurrentes. En esa ocasión, el anfitrión se pudo jactar de recibir 500 personas al convite. Los que asistieron al lugar exteriorizaban complacencia al verse en un entorno tan atractivo.

Lo primero que llamaba la atención eran unos árboles de altura considerable debajo de los cuales se colocó un quisco. Allí se ubicó la mesa donde se habían distribuido los envases de cerveza con los que se haría el primer brindis. Ese quisco estaba al fondo del jardín.

Las mesas para los comensales estaban “vestidas con gusto y ordenadas con elegancia tenían por cobertizo la rústica techumbre de una calle de naranjos”. En el otro extremo del jardín “se dispuso la gran mesa” donde se colocaron diversos tipos de carnes y gran número de viandas. En suma, decía la crónica del día, sumaba allí “todo cuanto produce el país de más exquisito” amén de las importaciones que proveía el “comercio de Europa de más aprecio”.

En cuanto a las bebidas, no hubo aguardiente ni guarapo, se optó por “los mejores vinos de Francia y España que excitaban el gusto de los conocedores, se le dio la preferencia al de madera y champaña como los más propios para inflamar el pecho de sentimientos, y la imaginación de conceptos”.

Antes de comenzar las degustaciones, los concurrentes recorrían el atractivo paisaje. El paseo era estimulado por el perfume de las flores, y el olor de las frutas. Muchos elogiaron “el esmero del cultivador, viendo aclimatados, o hermanados en nuestro suelo los rústicos habitantes de los trópicos con los huéspedes agrestes de los polos”. Y no exageraban pues convivían en encuentro armónico “el almendro de Europa al lado del níspero de América; la nuez moscada, la canela, las peras, las guindas ya frutales, la ciruela española, las cerezas de varias especies, las manzanas, intercaladas con todas las producciones indígenas de América”.

Otros más curiosos dirigieron sus pasos a la cuadra donde se garantizaba cobijo al “fogoso caballo” del general. No era el único de su especie, pues la caballeriza contaba otros destinados por el ex presidente para las carreras a las que era tan devoto. También estaban los invitados que dirigían sus pasos al lugar que podríamos calificar de pequeño zoológico del llanero. En ese conjunto se reunía un buen número de “animales agrestes en donde se admira la singular belleza de nuestro nativo venado blanco”.

El trajín, la caminata por el vasto escenario y el correr de las horas abrió el apetito. Por eso, “a las tres de la tarde se sirvió la copa de cerveza”. En este punto, el anfitrión dio “la señal que debía llamar la numerosa concurrencia esparcida por el jardín, a su punto de reunión”. El cronista no se ocupó de describir el orden del servicio. Optó por una expresión que lo resumía todo: “Los convidados comenzaron a ejercer sus funciones, al son de una música viva y animada”.

Para cerrar la velada se oyeron palabras propias de los brindis, entre ellas, las de Páez, el presidente saliente, y José María Vargas, el recién electo para el próximo período presidencial. En suma, un encuentro campestre que durante mucho tiempo dio de qué hablar en las tertulias.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com