• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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El arzobispo Méndez y la Autobiografía de Páez

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En 1847 un periódico caraqueño ofreció en varias entregas un texto que titulaba “1838”. De acuerdo con la presentación que precedía al escrito, este habría salido de la mano del sacerdote y doctor Ignacio Méndez. En la medida que iban saliendo los sucesivos avances, se precisaban datos sobre el autor. Ya no lo llamaban “sacerdote” sino “arzobispo”. Decían que había muerto en Colombia y agregaban que el deceso ocurrió en temporada de exilio.

Lo cierto es que esa suma de detalles no lleva sino a concluir la inequívoca identidad del escritor. Sin duda –habrán pensado los lectores del momento– se trataba del arzobispo Ramón Ignacio Méndez, cuyo deceso en territorio colombiano se había producido el 6 de agosto de 1839.

La razón que persuadió al prelado de emprender la tarea de pergeñar esas páginas era muy precisa. Se propuso dar respuesta a un “manifiesto” –cuando menos es el nombre que le da–, publicado por el general José Antonio Páez en 1837. En realidad el sustantivo elegido para caracterizar el discurso del ex presidente era una fórmula muy habitual en el siglo XIX, cuando se optaba por resumir los títulos de los libros en su identificación genérica.

En realidad el material que se publicó con la firma del vástago de Juan Victorio Páez y María Volante Herrera se presentó de esta manera: José Antonio Páez a sus compatriotas. Era un folleto que el militar y político llanero se vio en el compromiso de publicar. Respondía, así, a las acusaciones y críticas en su contra que circularon durante la llamada revolución de las reformas en 1835.

Con seguridad las ediciones del periódico donde fue apareciendo el escrito del arzobispo tuvieron venta acelerada. Debió ser de esa manera porque no era cualquiera el autor del polémico material. Quien lo concibió había sido expulsado dos veces del país y, en las dos oportunidades, estuvo Páez como protagonista del Poder Ejecutivo. Las razones de ambos exilios tuvieron que ver con los desencuentros entre la Iglesia y una concepción de gobierno en propósito secularizador.

Siendo así, no fueron mieles las que fue asperjando el prelado en los párrafos que dieron forma a su acerada exposición. No voy a resumir lo dicho, porque no es el asunto que mueve mi interés actual. Solo voy a detenerme en una idea central que expongo de seguidas: la Autobiografía que el héroe de las Queseras publica en Nueva York en 1867-69, está condicionada por lo señalado en esta filípica salida de mano del religioso.

Es cierto que la necesidad paecista de dejar consignados rasgos de su afamada existencia se había visto en el folleto de 1837. Pero si revisamos el discurso del sacerdote (escrito, por cierto, un año antes de su muerte) y muchos aspectos que desarrolla Páez en su conocida oferta de 1867-69 en dos volúmenes, verá las correspondencias.

Por citar un par de ejemplos, Méndez indica que el padre de Páez era carnicero y que trabajaba y vivía en Guamo, cantón de San Felipe y que dio a su hijo el mismo oficio. Por su lado, el venezolano exiliado en Nueva York apuntará que su padre era “empleado del estanco del tabaco, y establecido entonces en la ciudad de Guanare” y que comenzó a laborar en una mercería de su cuñado.

Otro punto, no menos importante, quiero referir. El mitrado recuerda que José Antonio era jugador. En cierta oportunidad, su padre le dio cien pesos para que se los entregara a un acreedor. Pero el portador del dinero optó por apostar en el juego. Obviamente, perdió toda la suma. Sin embargo, no pasó por su mente quedar de brazos cruzados. Refiere el vocero de Dios que el esquilmado se ocultó, esperó al jugador, lo mató y huyó a Barinas. Tenía de 14 a 16 años, acota el narrador de estos hechos. En la Autobiografía el relato de los hechos difiere, pues aparece el joven Páez como acosado ante la amenaza de robo, sitiado por asaltantes y, como mecanismo de defensa, obligado a dar muerte a uno de los agresores.

Podría seguir confrontando una y otra narración, pero prefiero pasar a otro punto de interés. Dice Méndez que contaba Páez con un hombre de confianza. Era un polaco “llamado Rola” (no da más detalles onomásticos). Era comandante y “buen violinista”. A este personaje lo mandó el llanero a París “con buen dinero”. El encargo era sencillo: debía “escribir la vida del mismo Páez”, pero bajo nombre supuesto.

Pero, como si hubiera aprendido lecciones de su mentor, una vez establecido en la capital francesa el tal Rola jugó y perdió. No quedó en ese punto su proceder, pues además “hizo un robo y se huyó para Suiza”. Fue detenido y encarcelado.

Todo esto sucedía en los años treinta. Ahora sabemos que, una vez en el exilio, pudo el héroe de la independencia contar su vida. Se ha dicho que no fue él quien esgrimió la pluma. Se asegura que tuvo testaferro. Sin embargo, estarán conmigo cuando señale que este es un asunto para dirimir en otro momento.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com