• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

El álbum

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A mi amigo Arnaldo Valero, en Mérida

Como es sabido, el álbum fue un cuaderno de hojas en blanco de propiedad femenina donde, por invitación de esas propietarias, escribían los más prestigiados escritores del momento. Todos los poetas venezolanos fueron convocados a engalanar con sus producciones alguna de esas páginas.

En realidad eran muchos los folios que un escritor determinado se veía comprometido a honrar con sus versos. Por esa razón, a lo largo del siglo XIX encontramos con frecuencia que debajo del título de algunos poemas aparece la precisión: “En el álbum de...”. Andrés Bello, Abigaíl Lozano, José Antonio Maitín, Domingo Ramón Hernández, José Ramón Yépez, por citar poquísimos nombres, compilaron en sus libros esos textos surgidos por solicitud de una señora o señorita conocida.

Debe precisarse que no solo había lugar en esas hojas en blanco para la poesía, también se consignaban en los álbumes relatos cortos, reflexiones en tono ensayístico, traducciones y hasta pinturas y partituras. Pero, sin lugar a dudas, los poetas fueron los más solicitados. A ellos cupo la honra de iniciar (o consolidar) en la lectura a muchas lectoras de su tiempo.

En lo que a mí concierne, me ha llamado la atención el procedimiento (o, si prefieren, el protocolo) que se urdía entre la propietaria de un álbum y el escritor seleccionado para exornar esos folios. Las preguntas que me asaltan son pocas pero, creo, ameritan atención. Es decir, había el necesario paso previo, o sea, la joven se acercaba al escritor y le pedía que escribiera en su cuaderno. Este –compulsado por la cortesía connatural a aquellos años– no podía negarse.

Y situados en ese punto surgen las opciones: ¿la propietaria del cuaderno de hojas en blanco entregaba su propiedad al escritor y aquel, inmediatamente, improvisaba algunos versos?; por el contrario, ¿el poeta recibía el álbum y lo llevaba consigo para meditar en la resolución que daría a su escrito? La respuesta la he podido resolver hace relativamente poco tiempo y, en líneas generales, he resuelto exponerla el día de hoy.

Como punto de partida, debo indicar que el contenido del cuaderno no solo era dominio de cada uno de los autores que nutría sus páginas y del círculo familiar y afectivo de la poseedora de esta prenda. El hecho irradiaba mayor complejidad.

La mayoría de las veces, el autor llevaba el álbum con él. De manera que no será osado suponer que, si lo tenía consigo, debía leerlo en compañía de los amigos. De modo que escribir en un cuaderno que circulaba de esa manera no era asunto para tomarlo a la ligera. La idea que quiero consolidar es la de este cuaderno en blanco como instancia de circulación del producto literario tan legítimo como el de los periódicos, por ejemplo. Su efecto multiplicador para dar a conocer el producto literario no se oculta.

Cuando apareció el primer volumen de poesía (Cítara de Apure, de Rafael Agostini en 1844) ya la valiosa posesión encuadernada, de fino papel y propiedad de las damas, había logrado –junto con los periódicos manuscritos e impresos– difundir la literatura nacional y estimular su lectura.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com