• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Yara

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En Indias, esclavas, mantuanas y primeras damas su autora, doña Ermila Troconis de Veracoechea, destaca el protagonismo de venezolanas que lograron desempeño en distintos campos. Entre ellas, se ocupa de poner en alto el nombre de algunas mujeres de nuestro pasado que sumaron meritos en elogiados territorios, tales la pedagogía, la literatura, la música, el periodismo, etc., etc.

Una recepción desaprensiva de esas páginas llevaría a pensar que todas las identidades que se enumeran ahí pertenecen a venezolanas. En realidad, no sería una lectura errada porque el texto permite suponer que se trata del protagonismo de intelectuales nacidas en nuestro país. Como expresión de ese afán sumatorio, se recuperan tantos nombres relacionados con familias conocidas como algunos seudónimos. Entre estos últimos se reúnen a Violeta, María, Paulina, Carmen y Yara.

En otra oportunidad, he abordado en esta columna la cuestión referida al riesgo que plantea adjudicar seudónimos femeninos a  autoras. Lo señalaba en aquel momento, porque he podido acopiar evidencia que corre en contrario. Hablo en esos casos de seudonimia femenina que, en realidad, ocultan la identidad de un autor. Rafael Bolívar Coronado, por citar una experiencia bastante familiar, se valió de varios nombres de mujer para velar su identidad masculina.

Pero de vuelta al asunto que me incumbe el día de hoy, paso a tratar de Yara. Quedó visto que la autora de Indias, esclavas, mantuanas, y primeras damas la incluye en la lista de escritoras que publicaron en Venezuela. Por rebote, deja ver que se trata de una persona nacida en este territorio

Es cierto, Yara publicó en Venezuela, pero era cubana. En realidad desconozco si ha sido estudiada como merece en su país natal. De no ser así, puede que en un futuro algún especialista se interese en lo que voy a exponer en esta oportunidad.

La sola escogencia de ese seudónimo como señal de identidad pinta su perfil ideológico. Se suele recordar que en la población de Yara, en el oriente cubano, se produjo el combate que dio inicio en octubre de 1868 a la llamada guerra de los diez años. Como muchos habitantes de la isla, esta escritora optó por el exilio.

Se sabe que no viajó sola, su esposo le hacía compañía. Este es un dato cierto. Pero sobre otros aspectos de ese tránsito sigue dominando el desconocimiento. No obstante, creo que he adelantado más que muchos en este asunto. Por ejemplo, he podido fijar unas coordenadas ignoradas por la mayoría de los estudiosos interesados en estos asuntos: cuando menos se residenció en dos oportunidades en nuestro país.

Un primer dato que puedo demostrar: en 1872 la pareja vivía en Caracas. Otra constatación puntual: los periódicos y revistas de Caracas publicaron varios productos de su estro poético. En ellos está presente la nostalgia por la patria que dejó atrás, desde luego. Pero también hay lugar para agradecer al suelo que le da cobijo y, desde luego, a sus habitantes.

En algún momento la pareja parte de Venezuela, pero regresa en 1877. A la inseguridad que he admitido previamente, agrego una certeza. En esta segunda estada vivieron en Puerto Cabello y, muy probablemente, hicieron visitas a Maracaibo.

Sin dudas tuvo contacto con el medio intelectual. Solo de esa manera se explica que, en Caracas, le publicaron Poesías y obras dramáticas de la poetisa cubana Yara, en 1872. Un fenómeno similar se produjo en Maracaibo, pues en esa ciudad le publicaron en 1878 Poesías líricas.

Todavía no he señalado que el nombre ocultado por Yara era Catalina Rodríguez de Morales. Sirvan estas líneas para dar a conocer estos detalles que les cuento. Son apuntamientos ignorados por la mayoría de los cubanos interesados en la escritura femenina de su país.