• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Viernes Santo caraqueño

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El año pasado traté en esta columna algunas particularidades propias de la Semana Santa en Caracas y La Guaira durante la hegemonía de Guzmán Blanco. Este año traslado esta crónica a Caracas, justo el año de 1846, cuando se manifiestan prácticas urbanas que pueden ser de interés para el lector actual. Opto por detenerme en el Viernes Santo.

Ese día era el asignado para llevar en procesión los “simulados restos del Salvador” (como llaman los observadores de aquellas costumbres a la escultura simbólica) y los de su madre María. A las siete de la noche se iniciaba el recorrido, que partía por la acera norte de la catedral. Seguía por el lado oeste. Tomaba la acera donde estaba la esquina de Sociedad. Llegaba hasta el convento de las monjas Concepción (lugar que, en la época guzmancista, se eligió para construir el edificio del Congreso Nacional).

En este último punto, entraban los despojos mortales del Hijo de Dios y, después de cumplido el ritual del caso, quedaba depositado en esa sede. Por su lado, la imagen de la Virgen María continuaba en compañía de los fieles hasta la iglesia mayor.

Había una enorme concurrencia a los templos, pero esa multitud no solía dejarse arrastrar por arrebatos de fe, como es de suponer. Los cronistas y viajeros que dedicaron páginas a describir ese acontecimiento religioso coinciden en un hecho. Había dos grupos que componían el séquito de las dos imágenes. De un lado estaban los creyentes y las beatas (que eran la minoría); del otro, los que se dejaban llevar por otros intereses.

No significa esto que señalo un total desapego por las demandas religiosas. La gente pagaba el tributo propio de la fe, pero por poco tiempo. Y es que la mayor parte de las horas que tomaba cumplir el recorrido que señalo, los asistentes se ocupaban en atender asuntos profanos.

Uno de esos asuntos tenía que ver con curiosear y hablar de los demás (no siempre en buenos términos, debe decirse). Otro asunto era estar atento a quién iba y quién dejaba de “cumplir” con el compromiso del día. Pero, sin dudas, el acto que era cultivado con mayor esmero era el del flirteo.

Quienes tenían el asunto amoroso adelantado, iban a ver a la amada o amado. Desde luego, además de verse, hablar y…, también estaba la cuestión de acordar el nuevo encuentro. Sin embargo, concretar la próxima reunión no era fácil. Para ello hacía falta otra persona cuya imprescindible función era definida como “hacer el dúo”.

“Hacer el dúo” consistía en distraer a la madre, padre o compañía de la joven para que no advirtiera lo que tramaban los enamorados. Claro está, quien hacía el dúo era hombre, pues era un amigo de quien tomaba la iniciativa en la pareja a quien se confiaba el arte de distraer el obstáculo puesto en el camino del amor. Ese siglo fue hegemonía masculina dar inicio a la relación entre los sexos.

Algunas veces, la cita era para ese mismo día. Se aprovechaba la confusión producida al momento de regresar la procesión de la Virgen al templo, y cuando todos se agolpaban, estrujaban y empujaban en la puerta, la joven fingía extraviarse. Era ahí cuando se producía el encuentro en la plaza, la acera lateral o una columna cercana a la iglesia.

También el barullo era poco santo. Allá se quejaba la madre que había perdido el hijo entre la multitud; más acá estaba el honorable señor de familia, quien no podía impedir que le arrebataran el bastón y la peluca; de un lado se oía el llanto de un pequeño atacado de calor y quien, además, no podía respirar debido al apretujamiento que sufría. En suma, era un momento que muchas parejas aprovechaban para susurrarse palabras de amor y ver la manera de acordar nuevos encuentros.

Ya para esa década de los 40 el tema referido a la mujer captaba la atención de todos: tanto en la escuela como en el sermón de los curas. Este Viernes Santo el sacerdote reconvino a las mujeres y las llamó al recato. Pero, la verdad, nadie lo oyó porque hacía mucho calor.


alcibiadesmirla@hotmail.com