• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Mirla Alcibíades

Velocípedos en el siglo XIX

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Si es cierto lo que se lee en algunas páginas electrónicas, la conclusión a la que debemos llegar es que este es un pueblo que, desde hace casi dos siglos, ha estado atento a los adelantos de la técnica y la tecnología. Pero, claro, no faltará quien diga (después de leer lo que paso a referirles) que, más bien, el calificativo merecido es el de refistoleros (y no “refitolero”, como cree la Academia Española que debe decirse). Les cuento.

Se dice en esos folios inasibles que en 1868 (otros dicen que en 1867) comenzó en Francia la producción masiva de velocípedos. Con toda seguridad esa noticia se publicó en la prensa parisina y, con la misma, se supo a los pocos meses en nuestro país. Esa certeza que destaco deriva de un hecho más que comprobado: los dueños de periódicos venezolanos recibían la hemerografía europea con regularidad. Ciertamente, las embarcaciones procedentes de ese continente que llegaban a nuestros puertos, entre las mercancías que traían incluían los productos del periodismo.

El hecho comprobable es que, muy pronto, los venezolanos con bienes de fortuna supieron de la fabricación y venta del nuevo invento. Y, refistoleros al fin, inmediatamente se ocuparon de comprar directamente en Francia o, más sencillo aún, de encargar a París, el nuevo adminículo. No tengo datos concretos que me permitan afirmar si el fenómeno se produjo en todo el país. Pero sí estoy en capacidad de asegurar que, cuando menos en Caracas, el número de velocípedos alcanzó cifra destacada.

Probablemente el mismo año de haber comenzado las ventas en Francia, varios caraqueños de visita por aquellos lugares adquirieron el recién inventado dispositivo. Para los que no podían viajar o encargar a algún agente la compra, un establecimiento comercial de la ciudad lo ofreció a finales de 1869. El aviso de prensa que promocionaba el novedoso producto se cuidaba de destacar sus particularidades: “Estos nuevos vehículos de movimientos suaves y agradables, además de servir para paseos recreativos pueden ser muy útiles y reemplazan ventajosamente los caballos y mulas, especialmente en los lugares de tierra llana”.

Pero no solo se limitaban a las bondades del paseo, los vendedores también añadían otro elemento a favor del objeto de provecho: “Todos los médicos de Europa recomiendan el ejercicio en velocípedos como el más saludable para la digestión y para restablecer las fuerzas del cuerpo en jeneral”. No hacía falta más argumentos. Una sociedad que para esa fecha había descubierto la significación de la gimnástica, supo apreciar lo que se le ofrecía.

En la descripción del novedosísimo medio de transporte destacaban otras particularidades al decir que vendían: “De dos y de tres ruedas, de uno y de dos asientos para caballeros, señoras y niñas”. Las ventas eran privilegio del Almacén de Luis Razzetti, en la esquina de El Conde. Es decir, el mercado abría sus puertas a los modelos de última moda en Europa.

De manera que tenemos a toda la familia reunida en el arte del deslizamiento suave sobre superficie lisa. Habían quedado atrás los corcoveos, sobresaltos y demás mohínes de los cuadrúpedos. Pero, lamentablemente, los nuevos propietarios advirtieron un problema. El inconveniente se les presentó de inmediato: no había pavimento liso, (“llano”, como decía la publicidad) en la ciudad.

Debo recordar en este punto de mi relato lo irregular de las vías públicas de la ciudad. Eran irregularidades en las que destacaban las piedras que sobresalían, las inmundicias en los lugares más visibles y, desde luego, los huecos (que ya calificaban de “troneras”) en varias calles de la capital. Como puede verse, así no había posibilidad para los gráciles deslizamientos sobre dos o tres ruedas.

La solución la encontraron prontamente: ahí estaba la plaza Bolívar. De manera que, muy pronto, en las tardes, los velocipedistas se apoderaron del lugar. Y ya no hubo sosiego para los viandantes. Desde luego, las quejas no se hicieron esperar. Los paseantes habituales del céntrico lugar (que era una gruesa muestra poblacional) se quejaron ante la autoridad. Como sucedía en esos tiempos (en contraste con los actuales), esta actuó de inmediato. La resolución viene datada el 30 de octubre de 1869 y, con ella, se ponía coto al nuevo bochinche urbano.

Un periódico capitalino ofrecía información al respecto: “No hay ya que temer los percances que estos animales de hierro ocasionaban con sus carreras nocturnas en la plaza Bolívar, pues la celosa autoridad superior de policía de la capital ha prohibido el ejercicio de los velocípedos en la plaza Bolívar después de las seis de la tarde, lo cual será grato a los padres de familia y a las damas que suelen frecuentar dicho paseo”.

Por lo que he podido indagar en nuestros archivos y bibliotecas, tal parece que el fervor por los animales de hierro (como los destacaba la prensa) duró poco. Lo señalo porque no he podido encontrar información referida a la continuidad de su uso. Habrá que esperar un par de décadas para que haga su entrada otro medio de trasporte que fue el que, definitivamente, se instauró. Hablo de la bicicleta. Pero, para enterarse de su significación en la Venezuela del siglo XIX, habrá que esperar la próxima entrega de esta columna.

alcibiadesmirla@hotmail.com