• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Suicidios

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Entre los muchos aspectos a considerar de nuestro pasado, hay uno que ha merecido poca atención de quienes se ocupan en indagarlo. Ese aspecto tiene que ver con el título que elijo para presentar estos renglones. En efecto, después del período colonial, el suicidio apareció como fenómeno alarmante. Fue, como cabe suponer, una preocupación constante para quienes generaban opinión.

Desde los años 40 del siglo XIX eran frecuentes las noticias que hablaban de personas que optaban por quitarse la vida. Ese problema, al lado de los homicidios, dieron origen a no pocos comentarios y análisis.

Conviene señalar que tales hechos no fueron exclusivos de nuestro país. Bien mirado el asunto, era una constante que se venía generando en el mundo occidental. De hecho, aunque se daban manifestaciones en Venezuela, la mayoría de las noticias sobre el tema provenían de Europa. Es decir, la prensa de aquel continente daba cuenta de esas manifestaciones que venían dándose en sus distintos territorios.

Sí es constatable que, en lo referente a nuestro país, la situación se incrementó en el último tercio de la centuria. Fue por ello que en la prensa de todo el territorio nacional vamos a encontrar registro de lo que expongo el día de hoy.

En realidad, uno de los primeros testimonios que he podido ubicar sobre este penoso fenómeno, lo consignó el periódico caraqueño El Venezolano en fecha temprana, 1840. Trataba la edición del 7 de septiembre de ese año que invoco de los hechos generados en Londres sobre esta materia.

Pero en la medida que avanzaban las décadas, puede advertirse que la consignación de este tipo de decisiones sobre la interrupción de la vida se iban produciendo en nuestro país. También queda visto que, hechos de esa naturaleza, se iban incrementando a medida que corrían los años.

Por lo que concierne a Europa, comenzaron a aparecer los libros que meditaban sobre el fenómeno. A partir de ahí, los periódicos venezolanos decidieron consignaron esa serie de títulos. En 1882 generó recepción detenida el escrito por el doctor Henry Morelly.

De acuerdo con lo que indiqué al comienzo de esta columna, los suicidas venezolanos sumaron en proporciones alarmantes al finalizar el siglo. Y, hay que decir, también esas manifestaciones se producían en nuestro continente. En 1882, La Voz Pública, de Valencia, consignaba en la sección "Ecos del exterior" del viernes 3 de marzo dos suicidios que se habían registrado en Uruguay. Eran estudiantes del Colegio Nacional de aquella república.

En esa ocasión, ofrecían las reflexiones que hacía sobre el particular el ministro de Instrucción de ese país. Las causas que encontraba el funcionario para explicar lo que calificaba como "escándalos" no eran pocas:

“Falsas ideas en materia de religión, de moral, de derecho y libertad; la perversión del buen gusto literario, el olvido de los verdaderos preceptos de la buena educación, la ausencia de la recta noción y del sentimiento del deber".

Pocos años después, en 1889, el mismo periódico incluía en la sección de locales, (la titulada "Ecos de Valencia") una noticia que hablaba de resignación y hábito: "Los suicidios continúan efectuándose. Anoche a las 10 se quitó la vida el joven Arturo Eguiluz".

No sólo se trataba de la muerte por decisión propia. Se sumaba otro fenómeno: los homicidios. Por tal razón, el diario caraqueño La Opinión Nacional manifestaba en la edición del sábado 16 de octubre de 1896 lo que sigue: "¿De qué especie de perturbación moral arranca esa onda de sangre que nos aniega de una manera pavorosa?". Al finalizar ese año apuntaba: "Se propaga el suicidio".

Ya las reflexiones sobre el tema abundaban. Ante esos intentos de dar cuenta de tales hechos, el responsable del periódico era enfático el señalar: "En vista de actos semejantes deben abandonar sus pueriles teorías los pensadores superficiales y buscar en las intimidades del organismo las razones conservadoras, las medidas morales que defiendan al hombre de sí mismo y salven a la sociedad, asegurando su progreso". Es decir, las puntuales causas que había enumerado el ministro del Interior uruguayo eran reducidas por el editor caraqueño a una: la moral.

Los años finales del siglo abundan en noticias, análisis y comentarios sobre el tema. La frase corriente en toda la prensa nacional era la misma: continúan los suicidios. Basta leer, por citar dos casos a propósito, La Voz Pública (Valencia, sábado, 19 de diciembre de 1891) o Diario de La Guaira (martes, 16 de febrero de 1892) para comprobar lo que sostengo. Lampos Corianos (Coro, septiembre 7 de 1897) trataba el caso del párroco de Dabajuro (Arturo Sánchez), quien abandonó los hábitos, entró en política y, finalmente, se suicidó.

Como quedó visto, los protagonistas de aquellos años buscaron explicaciones para dar cuenta de esta perturbación pública. La moral, por cierto, fue una de las razones más socorridas. No obstante, en el presente podemos aventurar una explicación que no fue vislumbrada por la sensibilidad de aquellos tiempos.

No me voy a extender mucho sobre el particular. Simplemente invito a mis lectores a meditar sobre lo que significó el ingreso de Venezuela a la órbita del capitalismo internacional. Sobre todo al final del siglo, cuando son otras las potencias europeas (Inglaterra, Francia y Holanda, fundamentalmente) las que dominan el comercio Atlántico, se impuso no sólo un intercambio de mercancía sino, sobre todo, estructuras mentales poco (o nada) frecuentadas. Pero, es evidente, muchos/muchas no pudieron ajustar su psique a esas nuevas demandas culturales.

alcibiadesmirla@hotmail.com