• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Sor Juana Inés de la Cruz y Venezuela

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La mayoría de los biógrafos que se han interesado en sor Juana Inés de la Cruz señalan que con la aparición en 1910 del volumen de Amado Nervo (1870-1919) Juana de Asabaje se activó la lectura de la producción escrita de la mexicana. De acuerdo con ese enfoque, después de la muerte de la intelectual, en 1695, su obra habría caído en el olvido.

En abono de esa apreciación, recuerdan que, en 1700, se dio la publicación en España de Fama y obras póstumas del Fénix de México... Y, a partir de ese año, no hubo reimpresión de los varios libros que la Décima Musa vio salir de imprenta mientras vivió. Quizás por ese hecho se piense que no fue leída en los siglos XVIII y XIX, y hubo que esperar la propuesta de Nervo para retomar el interés por su obra.

Sin embargo, quien revise la prensa venezolana del siglo XIX podrá comprobar que ese olvido no fue definitivo. Que, cuando menos en el siglo que menciono, los venezolanos conocieron esa escritura.

Llama la atención que el poema de sor Juana reproducido en la prensa del país es el que comienza con los conocidos versos: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis”. Hasta donde he podido revisar, no hubo interés en otra manifestación del genio creativo de la mexicana durante la primera mitad del siglo.

Siendo así, hay lugar para preguntarse el porqué de este hecho que constato. Como respuesta, me he persuadido de una razón para que la recepción de esa escritura se haya producido de esa manera. Por estar los primeros años republicanos volcados a definir una nueva función pública de la mujer, todo discurso que planteara algún enfoque sobre el tema o sobre la relación entre los dos sexos cobraba interés. Visto de esa manera, se entiende la marcada predilección por ese poema en particular.

Dicho lo anterior, no puedo ignorar de qué manera se produjo esa recepción. Vale decir, qué aspectos pueden destacarse del acto promocional de ese discurso. Para dar un enfoque adecuado a este punto, comienzo por llamar la atención sobre lo señalado por un periódico caraqueño en 1863.

En realidad, el texto que voy a citar no fue escrito por un venezolano, pues lo tomaron del Boletín de Puerto Rico. La reflexión que traigo a propósito venía titulada “La monja de México” y comenzaba de esta manera: “Muchos de nuestros lectores no tendrán quizá noticia de sor Juana Inés de la Cruz./ Es una gran poetisa americana del siglo XVII, una mujer singular”. Poco después añadía la presentación: “Los cantos de la inspirada religiosa mexicana, que mereció el dictado de musa décima, son mucho más que coplas; son un tesoro de poesía y de conceptos, bastante para afianzar una reputación”. De seguidas la calificaba de “moderna Safo”, que “llenó el nuevo continente con el aroma de su genio”. Y, como constatación de lo afirmado, transcribía el poema que he mencionado.

Para que no tengamos dudas de la fragilidad de la memoria, el mismo periódico (que no fue otro sino El Federalista), ofreció en 1867 a sus lectores un poema titulado “Defensa de las mujeres” y decían que esa defensa fue “Escrita por una de ellas”.

El poema en cuestión comenzaba: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón,/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis”. Y concluía con la conocida cuarteta que sirve a la voz poética para la definitiva recriminación a los hombres: “Bien con muchas armas fundo/ Que lidia vuestra arrogancia,/ Pues en promesa e instancia/ Juntáis diablo, carne y mundo”.

Aunque han dicho al comienzo que la pieza fue “escrita por una de ellas”, colocan al final de la transcripción las iniciales A. D. C. Y, para rematar el despropósito, agregan una “Contestación” que también firma A. D. C. En esa respuesta, una voz masculina enfrenta con galantería, la “Defensa de las mujeres”. Los versos que muestro de inmediato dan cuenta de parte de la réplica: “Y si en cualquiera ocasión/ Perseguimos vuestro encanto,/No os debe causar espanto,/ Pues achacarlo debéis/ A la virtud que tenéis/ Para hacer pecar un santo”.

Antes, en 1857, otro periódico caraqueño había publicado en seis entregas la biografía de sor Juana (en verso), escrita por el español Eduardo Asquerino. No obstante ese hecho, hemos podido comprobar el desliz en el cual incurrió El Federalista.

Para hacer justicia, no fue el único que contribuyó a la confusión. En 1854, la publicación zuliana El Mara ofreció con el título de “Inconsecuencia de los hombres” los mismos versos que se leerían años después (1863 y 1867) en El Federalista. Pero lo que particulariza la edición zuliana es que atribuyen el texto a “Una Venezolana” y, al final, calzan las iniciales de R. G.

No fue la única impropiedad que hacen suya. También optan por intervenir el material, por cuanto le suprimen los últimos cuatro versos. Probablemente pareció impropio a los editores ese final que fue resuelto de esta manera por la monja mexicana: “Bien con muchas armas fundo/ que lidia vuestra arrogancia,/ pues en promesa e instancia/ juntáis diablo, carne y mundo”. ¿Habrán pensado que había allí sobrada dureza contra los hombres?

A partir de los años setenta del ochocientos la situación es otra. Hay mayor conciencia de la significación de la escritora y de la trascendencia de su apuesta estética. Diarios como La Opinión Nacional, por ejemplo, incluyen poemas de la mexicana y se la atribuyen sin medias tintas. Fue un proceso lento de afirmación y negación pero, sobre todo, queda la constatación de que esa poesía (aunque no siempre su autora) escapó del olvido durante esa centuria.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com