• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Sociedades de beneficencia

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A José Alberto Medina M., en Puerto Ordaz, ingeniero metalúrgico, devoto lector y escritor de alto vuelo.

Cuando se pregunta a algún desprevenido qué piensa del siglo XIX venezolano, de inmediato se deja ganar por la imagen de revueltas, alzamientos, revoluciones y montoneras. Si peca una de confianza al decir a esta persona que no fue así, les aseguro que se recibe una dura mirada, mezcla de duda, recelo e incredulidad.

A partir de lo dicho (y teniendo en mente la imagen de tantos venezolanas y venezolanos estudiosos, como, por ejemplo, José Alberto Medina M.) voy a presentar una estampa poco frencuentada de la Venezuela del XIX. Esa estampa tiene que ver con la voluntad de asociación que se manifestó a lo largo del siglo.

La primera de estas asociaciones que tengo en mente fue la Sociedad Económica de Amigos del País. Como es sabido, fue ésta una reunión de inteligencias que, en los campos económico, científico, cultural y político acudieron al llamado que les hiciera el presidente José Antonio Páez para echar a andar la república.

Como su nombre lo indica, esa Sociedad Económica de Amigos del País tuvo ambiciones nacionales: atender los ingentes problemas derivados de la devastación que significó la etapa de Independencia. No pudieron atenderlo todo, pues las carencias eran de tal magnitud que no era factible satisfacerlas en su conjunto.

Es en este punto cuando intentos más modestos –de alcance local o regional– comienzan a manifestarse. La mayor parte de las veces se denominaron "Juntas de fomento". Estas juntas pueden definirse como una reunión de vecinos que, con apoyo en determinado grado de solvencia económica, asumían la construcción de un camino, una carretera, un puente, etc. Desde luego, para enfrentar esa responsabilidad, requerían la aprobación gubernamental.

También estuvieron las Sociedades de Beneficencia. En sus comienzos, estas agrupaciones nacieron vinculadas con la Iglesia. Su propósito no iba más allá de emprender acciones caritativas. Son incontables las que sumaron en todo el país. Sin embargo, poco a poco estas asociaciones orientan su campo de competencia al trabajo social.

Ese trabajo que he definido como 'social', ya no se limitaba a acciones filantrópicas: comida o ropa a los pobres, arreglos a las iglesias, en suma, actividades organizadas en comunión con los sacerdotes. Ahora de lo que se trata es de asociarse para favorecer la población que se habitaba. Se siguieron llamando "Sociedades de Beneficiencia" pero los retos que se plantearon se dirigían a resolver demandas del colectivo.

Una de esas sociedades se fundó en 1865 en la población de Barrancas, en el estado Bolívar. La noticia referida a sus proyectos se pudo leer en Boletín Comercial de Ciudad Bolívar. ¿Y cuál era el propósito de esa agrupación? Nos lo cuenta una nota de prensa aparecida en junio del año que indico.

En primer lugar, debo señalar que la sociedad contó con el apoyo del Concejo de Barrancas. Con base en el soporte legal que le brindaba ese cuerpo, pudieron construir dos escuelas: una de varones y otra de niñas. Decía la nota periodística, que la primera de esas instituciones de enseñanza era dirigida por "el joven Antonio Vince Bonttur, y la segunda por las estimables señoritas Josefa María y Concepción Centeno".

No quedaban en ese punto los provechos obtenidos por la mencionada población. También vieron cómo refraccionaron el templo del lugar ("a expensas de la Sociedad de Beneficencia", decía el periódico). Es decir, los particulares poseedores de bienes (que habrán sido modestos, me atrevo a lucubrar) no se cohibían al momento de usar su peculio para utilidad de todos.

Y no cerraba en este punto el inventario de aciertos. También se volcaron en "la construcción de un cementerio católico, que allí, la inacción o la apatía del antiguo sacerdote, destruyó". Vale decir, la autoridad llamada a aliviar el paso del mundo de los vivos al de los muertos se había desentendido del asunto. Sin embargo, hay que decir que para consolidar esta nueva acometida los asociados contaron con el apoyo del nuevo presbítero, José Carmen Caraballo.

No puedo concluir esta columna sin apuntar que el siglo XX consagró el modelo según el cual sólo el gobierno tenía la responsabilidad de satisfacer las necesidades colectivas. En posición contraria, durante el XIX fueron mayoritariamente los civiles quienes se ocuparon de construir escuelas, caminos, paseos, cementerios, y un amplio, amplísimo, etcétera.

Pero, desafortunadamente, nos hemos acostumbrado a oír, más bien, el estruendo de las balas y los cañones que estremecieron ese siglo. En posición contraria, hemos sido indiferentes al hacer del pensamiento y de los buenos propósitos, porque no parece que estemos dispuestos a indagar en las obras que sólo se consagran con paciencia y lejos del ruido ensordecedor.

alcibiadesmirla@hotmail.com