• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Seudonimia femenina venezolana

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Recibo el comentario del colega Emad Aboaasi El Nimer sobre la importancia de abordar la cuestión referida a los sinónimos femeninos utilizados en Venezuela. El planteamiento de este colega (profesor de la Universidad de los Andes, en Mérida) me interesó, por cuanto hay varias consideraciones que se deben tomar en cuenta sobre esta materia. Son consideraciones que no suelen ser tomadas mayormente en cuenta por quienes se interesan en estudiar la producción escrita de nuestras escritoras en el pasado.

El primer aspecto a considerar es que fue en el siglo XIX cuando las venezolanas comenzaron a publicar sus manifestaciones escritas. Por ser una actividad poco acostumbrada en ellas, la mayoría optó por el uso del seudónimo o, en su defecto, por valerse solo del nombre, con prescindencia del apellido, aunque no faltó quien acudiera a las iniciales del nombre o de este último y el apellido.

Sin embargo, lo anterior no era absoluto. Cuando la producción escrita se dedicaba a la poesía luctuosa, aquella que recordaba el fallecimiento de un familiar o persona amiga, no estaba mal visto que la autora identificara sus versos. Esto ocurrió, por citar un caso, con Trinidad Ramos, hija del celebrado letrado José Luis Ramos, quien firmó con todas las letras los versos titulados “Lamentaciones sobre la tumba de mi padre” en 1849.

Valerse de un seudónimo puede verse en tres sentidos: en uno de ellos, primaba el temor a los comentarios denigrantes sobre el honor/moral personal; en el otro, a las críticas mordaces contra lo escrito (eran dos hechos que alimentaban la timidez de la autora); en tercer lugar, los géneros literarios no tenían ganado la aceptación generalizada. Este último aspecto que señalo se produjo en las primeras décadas de vida republicana. En esos años la función pública de la novela y la poesía estaba en fase de definición, por tal razón la autoría (tanto masculina como femenina) era irrelevante.

El segundo aspecto a considerar me lleva a tomar en cuenta un fenómeno muy común en la centuria del 800. Cuando nos encontramos con un nombre de mujer al pie de un escrito, no siempre significa que la autoría provenga de mano femenina. Muchas veces los escritores (sobre todo cuando querían auspiciar la polémica o ensayar la crítica mordaz) se escudaban en nombre de mujer.

Por ejemplo, el texto “Misterios del alma” que firma Felicia en El Vigilante (Puerto Cabello, 1863), muestra claras evidencias de ser generado por mano masculina. Como ese, hay muchos ejemplos similares a lo largo del siglo. De manera que, cuando un escrito (sobre todo en prosa) viene cargado de un fuerte tono polémico, o cultiva un humor sarcástico o paródico o, sobre todo, cuando se embarca en críticas sobre la política de partidos, aun cuando venga firmado por mujer, seguramente provendrá de un autor.

Hay que tener presente que la mujer venezolana solo se interesó por el cultivo del humor en el último tercio del siglo. El primer discurso que conozco donde una escritora apela al tono humorístico fue en 1881 en la revista La Audacia de la población de Macuto. Tampoco las venezolanas hicieron análisis o crítica política (me refiero a la política nacional) ni incursionaron en materia científica (hasta los años sesenta). Pero muchos textos de las temáticas que acoto fueron firmados con nombres femeninos, lo que me lleva a asegurar que ninguna mujer tuvo que ver con ellos.

De manera que, cuando encontremos un material firmado por nombre femenino, ello no quiere decir que nos hayamos topado con una escritora venezolana. Es evidente que hay una resolución, un estilo, propio de ellas, como los que apunto sobre el humor o la política, pero no fueron los únicos. Desde luego, abordar este aspecto demanda mayores argumentaciones de las que puedo ofrecer en estos pocos renglones.

El tercer aspecto que tomo en cuenta es el siguiente. Al llegar a los años finales del siglo XIX había seudónimos que se continuaban usando más por inercia que por afanes de ocultar identidad. A mi entender, uno de los más prestigiados fue el de Rebeca. La hemos recordado en esta columna algunas semanas atrás: se trató de Concepción Acevedo de Taylhardat, la celebrada poeta, narradora, ensayista, pedagoga, periodista de nuestro territorio literario, nacida en Upata, estado Bolívar. No menor importancia nacional obtuvo Zulima, onomástico que respaldó a la novelista caraqueña Lina López de Arámburu.

 Muchas eligieron usar el nombre de pila. Ana Yépez (de quien traté la semana anterior) optó por Ana, así como Julia Áñez Gabaldón prefería mayormente presentarse solo como Julia. Ambas nacieron en Maracaibo. En La Guaira, fue conocida Felicia Sterling, quien incursionó en amenas notas periodísticas y relatos aparecidos en los diarios de su población natal como Felicia desde los años ochenta. Por los lados de Barquisimeto, Niobe optó por guardar el apellido que le correspondía cada vez que publicaba; había sido bautizada como Niobe Jiménez.

Otras eligieron las iniciales del nombre y apellido. Aquí la lista es larga. En mi opinión la que mostró mayores dotes para el periodismo fue Luisa Úslar de Lugo. Desde Valencia se dio a conocer tanto por las tertulias que organizaba en su casa de habitación, como por las crónicas sociales que comenzó a firmar como L.U.

No todas alimentaron la seudonimia o eligieron las iniciales del nombre y apellido o, en su defecto, el nombre a secas. Suelo citar un ejemplo al respecto, Polita de Lima (de Coro), que alcanzó prestigio nacional e internacional sin velar su registro de nacimiento. A finales de siglo esta tendencia se convirtió en la mayormente aceptada. No había razones para ocultamientos. Se había creado un circuito de consumo del producto literario generado tanto por hombres como por mujeres. Se respetaba la producción estética de sello femenina. Nacía, así, una nueva etapa para la escritura venezolana con marca de mujer.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com