• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

República y civilidad

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Entre las muchas distorsiones que persisten en nuestra percepción del pasado nacional, está aquella que quiere ver una república totalmente dominada por el estigma militarista. Cuando oímos hablar de la etapa de construcción republicana, de inmediato saltan como referencia que nos define los levantamientos armados. Más todavía, muchos se empeñan en ver el siglo XIX venezolano en total dominio de las armas.

Sin embargo, no abrigo dudas al señalar que los hechos se dieron de otra manera. No quiero significar la inexistencia de las pugnas de partido y que esas pugnas nos llevaron hasta la guerra civil (negarlo sería una necedad), lo que me interesa dejar sentado es que el desempeño de la sociedad civil fue mucho más determinante que la opción marcada por las balas.

De hecho, esa sociedad del pensamiento también estuvo cansada de que le endilgaran al país el fantasma de la guerra como signo caracterizador. Por tal razón, ella misma se encargó de hilvanar los argumentos en contrario.

Uno de esos argumentos llevó a algunos a exponer que las guerras en Europa se sucedían con mayor frecuencia que en esta parte del planeta. La verdad es que no estaban faltos de razón. Otro argumento se dirigió a demostrar que, frente al pragmatismo y materialismo de la sociedad estadounidense, estaban los rasgos de espiritualidad y humanismo de la parte latina del continente.

Al margen de esos argumentos, quiero traer uno a colación porque ellos mismos no fueron conscientes de su significado. Al respecto, es necesario comenzar por decir que, a partir de 1830, fue alto el grado de compromiso que asumieron muchos venezolanos en su empeño de hacer república.

En mi libro La heroica aventura de construir una república he querido mostrar la enorme carga valorativa que tuvo el componente moral. El deseo de consolidar el perfil moral de cada ciudadano fue uno de los valores-signos que particularizan el período. Otro de esos valores signos fue la educación. Incluso personas que pertenecían a sectores sociales excluidos del reparto de los pocos bienes nacionales participaban de esa idea. Solo así se explica la existencia de algunas escuelas nocturnas para la instrucción en el primer nivel.

Aunque parezca un exabrupto en el presente, mucho podemos aprender de las razones que agilizaron el quehacer de nuestros antepasados en esta materia. Sabían que, en buena medida, la consolidación de la república dependía de la adecuada formación intelectual (académica) de sus ciudadanos. No se les ocurría pensar que un compañero de bandería política, por el solo hecho de decir que apoyaba al presidente de turno, se hacía merecedor de un cargo de responsabilidad pública.

Como el Estado no disponía de fondos suficientes para garantizar la escolaridad de todos los aspirantes a ingresar en el circuito educativo, muchos ciudadanos daban apoyo económico para garantizar ese usufructo. La idea era formar ciudadanos diestros en el manejo del Estado tanto como en el comercio y la agricultura. En aras de ese convencimiento, se explica lo ocurrido en Aragua de Barcelona.

El Colegio del Entusiasmo es muestra cabal del proceder de los civiles. Por iniciativa de “varios particulares, sin más auxilios que sus propios recursos”, decía un comentarista de prensa, se inauguró el 5 de julio del año que indico el citado establecimiento de enseñanza. Comenzó solo con nueve con alumnos por estipendio, lo que deja ver que no se autosostuvo durante un lapso relativamente prolongado.

El grupo de ciudadanos que auspició su fundación alegaba que era tiempo “de que los padres de familia, aunando sus esfuerzos, doten a la República de buenos establecimientos de enseñanza elemental”. ¿Qué esperaban estos ciudadanos como recompensa?, “la gratitud pública”, observaban. La prensa del país hacía votos “porque no sea perdido para el resto de la república ejemplo digno de ser seguido”.

Muchas otras demostraciones de lo que estuvo dispuesta a emprender la sociedad civil en Venezuela podría enumerar en este instante. En síntesis, la lección que se obtiene al detenernos en esos aportes entusiastas es una: la guerra es obra de destrucción, pero para construir se requieren ciudadanos con luces y virtudes sociales, como demandaba Simón Rodríguez.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com