• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

Al instante

Rada de La Guaira

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¿Cómo olvidar a mi colega de la ULA y amigo de siempre, Álvaro Contreras?

 

Constituye un buen ejercicio de imaginación retrotraernos en el tiempo para visualizar la significación que tenía en la cotidianidad el arribo de una nave a cualquier puerto venezolano. En esta ocasión ese ejercicio lo sitúo en La Guaira, por cuanto era el destino de buena parte de las embarcaciones que visitaban nuestro país. Plantados en este punto geográfico, imaginemos.

Lo primero que tengo presente es una palabra que no faltaba en la crónica periodística de entonces: aburrimiento. Llegaba una compañía de teatro; arribaba otra de ópera o zarzuela; se instalaba por buen tiempo un circo o carpa de maromeros; estaba el Carnaval; advenía la Semana Santa; celebraban los días de santo con reuniones, cantos y bailes; había procesiones a lo largo del año; contaban, obviamente, con los baños de mar; no faltaban los de río, en suma, todo el año se presentaban las más disímiles actividades, pero los periodistas seguían con la palabra de marras: estaban aburridos.

Pues bien, para muchos el aburrimiento desaparecía cuando llegaba un vapor. Es decir, estamos tratando de embarcaciones de gran calado, las mismas que llegaban casi todo el año. En 1880, por ejemplo, de los 1.630 buques que entraron en el puerto, 246 eran extranjeros. Ello significa que había actividad. También significa que los pasajeros serían mirados, analizados, sometidos a escrutinio público tan pronto pusieran pie en tierra.

Antes de que fuera visible alguno de esos buques extranjeros, su presencia quedaba anunciada por la cresta de humo que se divisaba desde la costa. De inmediato se generaba los procedimientos habituales. Desplegaban las banderas que lo identificaban, desprendían el ancla que estaba a un costado del buque y disparaban un tiro de cañón. El ruido de la cadena del ancla (que se escuchaba desde la costa) y el estallido del cañón significaban que la nave había fondeado. Debido a la poca profundidad y al fuerte oleaje de la costa, el barco anclaba a milla y media del muelle. En términos métricos, ello se traduce en poco más de dos kilómetros y medio.

A partir de ese momento, se activaban los movimientos. A bordo, los pasajeros empezaban a desperezarse, a lavarse el rostro, peinarse y disponer el equipaje. Los que habían sido golpeados por el mareo, trataban de contener los malestares. Tenían que estar preparados para la acometida de sanidad (funcionarios de la marina y médico con cargo oficial). Con esa visita que venía de tierra firme, se precisaba si había algún pasajero enfermo de algún mal contagioso de cuidado. Si era así, el vapor quedaba en cuarentena. De lo contrario, se autorizaba el desembarque.

Es de imaginar las conversaciones suscitadas al estar en cubierta la comisión de sanidad. Quién preguntaba al oficial de mayor jerarquía si había noticias trascendentales que comentar. Aquel otro indagaba sobre el tiempo y los calores. La de más allá, dueña de la casa donde trabajaban una prima del conductor de la falúa, se enteraba que el marido había estado muy sospechoso últimamente. En fin…

Cuando la falúa de sanidad regresaba a tierra, era cuando se permitía a las embarcaciones dirigirse a la nave para proceder a desembarcar los pasajeros, equipajes y mercancías. Los bomboteros tenían el encargo de descender a los pasajeros y sus baúles y bultos respectivos; los canoeros, de poner en tierra firme la carga. Había mucho trabajo por delante y muchas horas de sol, sobre todo para los últimos que menciono.

Todos los viajeros describían una escena similar. Los bogueros se situaban al costado del vapor. No se quedaban en ese punto, sino que subían a bordo. Ahí comenzaba el cabildeo marítimo. Uno que otro cronista pintaba la oferta de servicio que, con todo el entusiasmo de que eran capaces, voceaban los remeros:

“—¡Venga usted conmigo!”.

“—¡Mi bote es el más ligero y el mejor!”.

“—¡Deme usted su equipaje!”.

“—¡Yo lo llevo más barato!”.

“—¡Yo lo llevo más seguro!”.

“—¡Musiú, venga conmigo!”.

Gritos, impertinencias, empujones, riesgos y llegaban los pasajeros a tierra: maltrechos, cariacontecidos y, sobre todo, dando gracias a Dios.

Al llegar al muelle, se procedía a requisar los equipajes. Este trámite era ineludible. Se sabía el nombre de cada viajero, pues la falúa de sanidad había elaborado la lista correspondiente, al tiempo que examinaba la salud de pasajeros y tripulación. En la aduana los registraban, los despachaban y caían en mano de los pacotilleros.

Estos últimos estaban designados para cobrar el impuesto correspondiente; digamos en términos actuales, la tasa portuaria. La tarifa existía pero estos funcionarios preferían aplicar el: “Pague lo que usted crea”. Al final de la negociación había que apretarse el bolsillo porque la contribución era alta, pero voluntaria. En lo que había consenso era en que nunca se perdía un equipaje.

Acto seguido se planteaban dos opciones: o el viajero se quedaba ese día a descansar en La Guaira o continuaba viaje. En este último caso debía tomar el coche a Caracas que salía a las 3:00 de la tarde, porque debido a todos los trámites no alcanzaban a tomar el de las 10:00 de la mañana.

Siendo que se quedaran en La Guaira o que decidieran continuar estaban obligados a ir al Hotel Neptuno. Era el más prestigiado y, por añadidura, allí se tomaban los coches que subían a Caracas. Todavía no he dicho que el ejercicio de imaginación de hoy lo situamos en el periodo guzmancista, cuando se activaron las relaciones comerciales con las potencias europeas de entonces.

A partir de 1883 llegó el tren y el negocio de coches se fue a pique, pero esa estación la comentaré en otra columna.

 

alcibiadesmirla@hotmail.com