• Caracas (Venezuela)

Mirla Alcibíades

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Policarpa Salavarrieta

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Con seguridad, entre las personas que lean estas líneas algunos la tendrán presente por la telenovela que se transmitió hace un par de años en nuestro país. Otros la identificarán por ser su rostro la imagen de los billetes de 10.000 pesos colombianos. Los menos, habrán buscado datos fundamentales sobre su vida “en Internet”, como coloquialmente se designa este tipo de acceso informativo.

Dicho lo anterior, debo hacer otro comentario antes de entrar en la materia que me interesa. Voy a esquivar una incursión en su biografía, porque el último punto que acoto en el párrafo precedente me aligera de ese comprometimiento.

A lo que me quiero dedicar en este momento es a un hecho que, hasta donde conozco, no ha sido objeto de interés por parte de los estudiosos de nuestra literatura. Ese hecho tiene que ver con la constante atención que hubo en Venezuela por el protagonismo que alcanzó Policarpa Salavarrieta –o La Pola, como la nombraban sus más cercanos– en los tiempos de Independencia.

Comienzo por señalar al respecto que nuestros intelectuales del siglo XIX, los dedicados a la escritura de poemas, obras de teatro, ensayística que tenían a La Pola como figura central no precisaron por qué ella y no una compatriota. No puede sino llamar la atención este hecho. Lo señalo por cuanto ninguna venezolana conocida por su decidida participación en los años libertarios ganó el afecto de los escritores como sí pudo consolidarlo La Pola.

Más todavía, nombres como la yaracuyana Cecilia Mujica, quien también murió ejecutada, o Eulalia Ramos Sánchez de Chamberlain, sacrificada en compañía de su segundo esposo en la Casa Fuerte, no ganaron un interés similar. El caso de Luisa Cáceres de Arismendi, novelable desde muchos puntos de vista, solo mereció un libro en la década de 1880 (y como parte de la biografía de su esposo).

¿Por qué, entonces, La Pola estuvo en el centro de atención? Pienso que se conjugan un par de factores. En primer lugar, en las décadas iniciales de la república (a partir de 1830) muchos escritores mantuvieron adhesión a la estética romántica. Una de las líneas de esa estética privilegió la imposibilidad de la pareja por la vía del amor. En ese sentido, Policarpa Salavarrieta era una figura ad hoc.

En segundo lugar (el más importante), la historia de Policarpa fue objeto de atención por parte de los historiadores del período. Ya en 1823, la revista londinense que publicaban el venezolano Andrés Bello y el neogranadino Juan García del Río, Biblioteca Americana, publicó en varias entregas el ensayo histórico “Las ilustres americanas”.

El texto presentaba como subtítulo “De la influencia de las mujeres en la sociedad, y acciones ilustres de varias americanas”. Allí dedican varios párrafos a La Pola. En forma de libro, ese material se reeditó varias veces y se siguió reproduciendo en periódicos venezolanos hasta la década de 1870.

No queda ahí el asunto. En 1824, El Observador Caraqueño dedica información referida al martirio de la neogranadina. Para engrosar la lista, en la compilación de Cristóbal Mendoza y Francisco Javier Yanes (publicada entre 1826 y 1833), aludo a la Colección de documentos relativos a la vida pública del Libertador de Colombia y del Perú, Simón Bolívar, para servir a la historia de la Independencia de la América), tampoco la olvidan. Como también la toman en cuenta José Félix Blanco y Ramón Azpurúa en los volúmenes que titulan Documentos para la historia de la vida pública del Libertador (años setenta y ochenta del siglo XIX).

Como se advierte, a lo largo de esa centuria los historiadores la mantuvieron en la memoria de todos. Esas dos razones: una biografía signada por la tragedia que, por esa condición, sintonizaba con el gusto estético del momento y una historiografía venezolana que la privilegió a todo trance explican el fenómeno.

Visto así, podemos explicar por qué escribieron poemas sobre ella como el de Rafael Agostini, “La Pola”, o ensayística moralizante, tal “La mujer reflejada en dos distintos espejos” de Daniel Mendoza, ambos en 1844. No olvido mencionar las piezas teatrales de Lisandro Ruedas, La víctima de la libertad, o Policarpa Salavarrieta (1850); de Heraclio Martín de la Guardia, Policarpa Salavarrieta (1851) y de Eduardo Calcaño, Policarpa Salavarrieta, monólogo en verso (1891). Tengo certeza de que la primera y la tercera fueron representadas con elogios y abundancia de público.

Más decisiva fue la cobertura periodística en forma de biografía, reseña de actos en recuerdo de la mártir colombiana que se leyeron en repetidas oportunidades en los capitalinos La Opinión Nacional y Diario de Caracas, en Diario de La Guaira, en El Fonógrafo (Maracaibo), en La Voz Pública (Valencia), en El Impulso (Barquisimeto).

¿No sería oportuno que el venidero 2017, cuando se conmemoran los doscientos años de su inmolación, la recordáramos los venezolanos del siglo XXI?